¡Todo para Dios!
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

¿Qué tan seguido agradeces, te encomiendas u ofreces algo a Dios? A veces solo nos acordamos de Él cuando tenemos un examen difícil, una entrevista de trabajo o cuando México va perdiendo 1-0 al minuto 89. Pero Dios no quiere ser nuestro “plan de emergencia”. Quiere caminar con nosotros todos los días. Y aprovechando que estamos en temporada deportiva, te invito a observar algo muy curioso: ¿Ya te diste cuenta de que muchas selecciones y jugadores se reúnen antes de los partidos para rezar? Por un momento dejemos de lado la pregunta de si todos son católicos o de qué religión son. Fijémonos mejor en el gesto: se toman de las manos, inclinan la cabeza y ponen en manos de Dios el partido que están por disputar.
Muchos podrán pensar que eso son “cábalas” o una especie de superstición para ganar. Pero entonces surge una pregunta interesante: ¿Por qué muchos de ellos también rezan cuando pierden? Porque la oración nunca ha sido una fórmula para conseguir lo que queremos. La oración es una forma de reconocer que, gane o pierda, Dios sigue estando ahí. ¡Eso es ofrecer! ¡Ojito! Ofrecer no significa decir: “Señor, si me haces ganar, te prometo que...”. Ofrecer significa poner en las manos de Dios nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestros sueños y aceptar con confianza el resultado que Él permita.
San Pablo lo expresa de una manera preciosa: “Ya coman, ya beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10,31). No dice: “Háganlo solo cuando les salga bien”. ¡Dice todo! También las derrotas, en los días difíciles o en esos partidos de la vida que sentimos que perdimos. Jesús mismo nos enseñó esta actitud en el huerto de Getsemaní. Antes de su Pasión oró diciendo: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mateo 26,39). Ahí encontramos el verdadero significado de encomendarse a Dios. No se trata de buscar que Él haga nuestra voluntad, ¡es confiar en la suya!
Tal vez tú no vas a jugar un torneo internacional, pero todos los días sales a disputar un partido diferente. El estudiante que presenta un examen, la mamá que trabaja por su familia, el médico que entra al quirófano, el joven que busca trabajo, el músico que sube a un escenario, el maestro que entra al salón de clases... ¡todos tenemos algo que ofrecer! Y cómo cambia el corazón cuando antes de comenzar decimos: “Señor, este día es para Ti”. Y cuando termina, podamos decir: “Gracias”. Aunque el resultado no haya sido el que esperábamos.
Porque la mayor victoria nunca será levantar una copa, la mayor victoria es saber que, en cada paso de nuestra vida, caminamos de la mano de Dios. Así que la próxima vez que veas a un deportista persignarse antes de competir, o levantar la mirada al cielo al terminar un partido, recuerda que ese gesto puede enseñarnos algo muy sencillo y muy profundo: la vida se disfruta más cuando todo se ofrece a Dios.
















