ECOS QUE TRASCIENDEN
No fui todo lo que soñé, pero amé con todo
Por: Antoine Abraham | Fuente: Catholic.Net

Hay una pregunta que me ha acompañado durante años. No apareció en una iglesia. Ni leyendo la Biblia. Apareció una noche cualquiera, de esas noches en las que uno repasa la vida antes de dormir. Más específicamente la noche del día del padre. Y la pregunta era simple: ¿He sido suficiente? No soy el mejor de los hijos. Tampoco el mejor de los esposos. Olvido fechas de los cumpleaños y aniversarios. No siempre soy atento ni es una fiesta vivir conmigo. No soy el mejor de los padres. No les pude regalar la casa ni el auto que les prometí a mis padres cuando tenía 5 años. Pierdo la paciencia y a veces grito. No siempre digo las cosas que tienen que decirse o hago las cosas que deben hacerse. No soy el mejor de nada y tengo muchos defectos...
Es gracioso, porque cuando uno es joven cree que algún día llegará a convertirse en la persona que imaginó. El hijo que hará sentir orgullosos a sus padres o el esposo que nunca se equivoca. El padre que siempre sabe qué decir o el hombre que tiene todas las respuestas. Pero pasan los años y uno descubre algo. La vida real no se parece a los planes. Yo no cumplí muchos de los sueños que alguna vez prometí. No siempre he tenido la respuesta correcta para mis hijas. No siempre he sido paciente. No siempre he sabido amar de la mejor manera. Y definitivamente no despierto abrazado a mi esposa como en las películas. Y si soy sincero... hay días en los que me he sentido en deuda con todos. Como si siempre faltara algo. Como si nunca fuera suficiente.
Y entonces recordé algo que aparece constantemente en la Biblia… Sí…. esa que de la que tanto hablo. Aquella noche dejó de hablarme de los demás y me habló de mí. Dios nunca llama a personas perfectas, llama a personas que siguen caminando. Moisés dudó, Pedro negó, los discípulos huyeron…Ninguno fue perfecto. Pero todos tenían algo en común. A pesar de sus errores, siguieron entregando lo mejor que tenían. Y quizá ahí comprendí algo que necesitaba escuchar. Dios no me pedirá cuentas de la vida perfecta que nunca tuve. Me preguntará qué hice con el corazón que sí tuve. Si amé, si intenté levantarme después de caer. Si seguí adelante cuando las cosas no salieron como esperaba.
Porque al final, el amor verdadero no consiste en no fallar. Consiste en seguir entregándose aun sabiendo que uno tiene límites. Por eso hoy miro mi historia con más paz y decido perdonarme. Sé que no fui el mejor en muchas cosas. Todavía cometo errores, todavía tengo defectos, muchos. Todavía hay cosas que me gustaría haber hecho mejor y a tiempo. Pero también sé algo. Quizá nunca fui todo lo que soñé ser. Quizá me equivoqué más veces de las que quisiera admitir. Quizá llegué tarde a algunas cosas y fallé en otras.
Pero si algún día Dios me pregunta qué hice con la vida que me entregó... podré responderle algo con absoluta paz: No amé perfectamente. Pero amé con todo. Porque lo que ocurrió hace siglos... tiene eco en la eternidad. — Antoine Abraham















