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ECOS QUE TRASCIENDEN

La herencia que nunca escribimos
Hace poco salí a cenar solo con mi hija. Esos pocos momentos que se han vuelto tan especiales.


Por: Antoine Abraham | Fuente: Catholic.Net



Hace poco salí a cenar solo con mi hija. Esos pocos momentos que se han vuelto tan especiales. Sin prisas, Sin celulares. Solo ella y yo conversando de cualquier cosa. En un momento quiso pedir otra bebida. Levantó la mano, llamó al mesero y le dijo: —Disculpa, flaco… Confieso que sonreí. No por el mesero. Por ella. Porque esa expresión es mía. Siempre llamo así a los meseros. Nunca le enseñé a hacerlo. Nunca le dije que lo hiciera. Simplemente… lo aprendió viéndome. Y mientras seguíamos cenando pensé algo que me dejó completamente en silencio. Los hijos escuchan menos de lo que creemos… pero observan mucho más de lo que imaginamos. Entonces intentado recordar que cosas de mi padre se quedaron en mí, llegué a ¿Qué van a conservar mis hijas cuando yo ya no esté?

Lo primero que vino a mi cabeza fueron las cosas de siempre. La casa, Algunos recuerdos, Fotografías, Quizá algún reloj o algún libro con mis anotaciones. Y entonces me di cuenta de algo. Con el paso de los años… todo eso terminará deteriorándose. La madera se desgasta, Los autos envejecen, La ropa desaparece. Hasta las fotografías comienzan a borrarse… Y regresé a mi padre, Hay muchas cosas materiales que ya no conservo de él. Pero todavía hay algo que sigue apareciendo casi todos los días. Hay frases que todavía escucho dentro de mí, aunque creo que tristemente estoy olvidando el tono de su voz. Consejos que siguen llegando justo cuando los necesito. Maneras de responder, maneras de trabajar, maneras de tratar a las personas….hasta su aroma de tabaco-café en algunos momentos. Fue entonces cuando entendí que la herencia comienza mucho antes de que exista un testamento. No empieza cuando un padre muere. Empieza cada día que un hijo nos ve vivir.

Los hijos no heredan primero una casa. Ni un automóvil, Ni una cuenta bancaria. Antes que todo eso… heredan nuestra manera de hablar, nuestro aroma, cuando y a quién sonreímos. Nuestra forma de tratar a las personas. La manera en que miramos a nuestra esposa. Cómo reaccionamos cuando algo sale mal. Cómo pedimos perdón y si pedimos perdón. Cómo damos las gracias. Cómo vivimos la fe. Y entonces recordé un pasaje que siempre me había parecido hermoso, pero que aquel día entendí de una manera distinta. San Pablo le escribe a Timoteo (2Tim 1,5): «Traigo a la memoria la fe sincera que hubo primero en tu abuela y en tu madre …» Pablo no habla de una herencia de dinero. Habla de una fe que fue pasando de una generación a otra. Porque hay cosas que ningún notario puede escribir. Y ningún banco puede guardar. Las virtudes. Los principios. La forma de amar. La forma de servir. La manera de tratar a los demás. Todo eso también se hereda. Y quizá sea la herencia más importante de todas.

Aquella noche entendí algo. la verdadera pregunta. No es: ¿Qué les voy a dejar? Es: ¿Qué parte de mí seguirá viviendo en ellas? Mis hijas probablemente olvidarán muchos de los regalos que les compré. Quizá un día ya no recuerden la ropa que les regalé. Ni los juguetes, Ni muchas de las cosas materiales que con tanto esfuerzo pude darles. Pero deseo con todo mi corazón que nunca olviden cómo intenté amar. Cómo traté a su madre, Cómo saludaba a las personas o Cómo daba gracias. Porque un hijo puede olvidar muchas de nuestras palabras… pero difícilmente olvida nuestra manera de vivir. Y comprendí que el verdadero legado no es lo que dejamos en las manos de nuestros hijos. Es lo que dejamos para siempre en su corazón. Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad. — Antoine Abraham







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