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LOS PRIMEROS MIL DÍAS
LA INVERSIÓN MÁS RENTABLE DE UNA NACIÓN


Por: Ivette Laviada | Fuente: Catholic.Net



Cuando se habla de inversión pública solemos pensar en carreteras, puertos, aeropuertos o grandes obras de infraestructura. Sin embargo, existe una inversión mucho más rentable que cualquier proyecto material y cuyos beneficios perduran durante toda la vida de una persona: los primeros mil días, que comprenden desde la concepción hasta los dos años de edad.

La ciencia ha demostrado que durante este periodo se desarrolla el cerebro a una velocidad que jamás volverá a repetirse. En esos meses se forman millones de conexiones neuronales que influirán en la capacidad de aprender, regular las emociones, relacionarse con los demás, cuidar la salud y afrontar los desafíos de la vida adulta.

No es casualidad que organismos como UNICEF, la Organización Mundial de la Salud y el Pacto por la Primera Infancia hayan insistido durante años en que esta etapa debe ocupar un lugar prioritario dentro de las políticas públicas. Invertir en la primera infancia no sólo beneficia a cada niño; genera mejores resultados educativos, disminuye la violencia, reduce enfermedades, fortalece la productividad y contribuye al desarrollo económico de un país.

El economista James Heckman, Premio Nobel, ha demostrado que las inversiones realizadas durante la primera infancia producen el mayor retorno social y económico de cualquier política pública. En otras palabras, prevenir siempre será más humano y también más inteligente que intentar corregir años después las consecuencias del abandono.

Pero ningún niño comienza su historia el día de su nacimiento. Su desarrollo inicia desde el embarazo. La adecuada nutrición de la madre, el control prenatal, la atención médica especializada, el parto seguro y el acompañamiento durante los primeros meses de vida constituyen el primer gran regalo que una sociedad puede ofrecer a sus nuevas generaciones.



Por ello, cuando hablamos de hospitales materno-infantiles no estamos hablando únicamente de edificios o servicios médicos. Estamos hablando de espacios donde comienza la historia de miles de familias y donde se protege el capital humano más valioso que posee una nación.

La ciencia también ha confirmado la importancia del apego temprano. Un bebé que recibe afecto, contacto, lactancia y la presencia cercana de sus padres desarrolla con mayor facilidad seguridad emocional, confianza y habilidades sociales que influirán durante toda su vida. El cariño también educa; el amor también construye cerebro.

Por eso resulta indispensable que las políticas públicas no concluyan con el nacimiento. Licencias de maternidad y paternidad suficientes, apoyo a la lactancia, programas de crianza positiva y condiciones laborales compatibles con la vida familiar representan inversiones que generan beneficios durante décadas.

Con frecuencia los gobiernos buscan soluciones para disminuir la violencia, mejorar la educación o incrementar la productividad. Sin embargo, muchas de esas respuestas comienzan mucho antes de la escuela: empiezan en el vientre materno y continúan durante los primeros mil días de vida.

Quizá ha llegado el momento de cambiar nuestra manera de entender el desarrollo. El verdadero progreso de un pueblo no comienza cuando inaugura una gran obra pública, sino cuando garantiza que cada niño tenga la oportunidad de iniciar su vida en las mejores condiciones posibles.



Porque el futuro de una nación no empieza en las urnas ni en los mercados; comienza en los brazos de una madre.

 







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