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Mito 26

La adoración a la hostia y la idolatría
Después, resucitado, el mismo Jesucristo,que en el Cielo está como víctima glorificada, se hace presente en nuestros altares. La Iglesia, entonces, no ofrece ni ofrecerá jamás otro sacrificio que el de Cristo, el que murió en el Calvario y el que ahora es


Por: Catholic,net | Fuente: Catholic.net



Mito 26: La adoración a la hostia, fue decretada por el Papa Honorio en el año en 1220 A.D. La iglesia Romana adora a un dios hecho por manos humanas. Esto es idolatría y absolutamente contrario al Espíritu del Evangelio. (Juan 4:24)

Refutación y Argumentos Católicos

Una vez más se percibe retorcimiento en la expresión del mito: se da a entender que la Eucaristía se adora a partir de 1220, y que por lo tanto, antes la Iglesia no creía que Cristo estuviera realmente presente en ella. De ahí a la siguiente falsedad, hay sólo un paso: "la Iglesia católica adora a un Dios hecho por manos humanas". No es verdad tampoco esto. La Iglesia católica rinde un culto de adoración al Smo. Sacramento porque es verdaderamente Cristo quien está presente en ella, en su cuerpo, alma y divinidad. Es Dios quien por las palabras de la consagración decide de modo misterioso, sacramental y real quedarse siempre en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

No está por demás volver a poner tres testimonios elocuentes de la Iglesia antigua sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía:

Ignacio de Antioquía escribe contra los que no creen que Cristo haya asumido la carne humana, por ello es que niegan asimismo la Eucaristía, pues no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la que por su benignidad resucitó el Padre. "Los que contradicen el donde Dios litigando, mueren. Más les convendría amar para que resucitaran" (Ad Smirniotas c.7, No. 1 PG 5,731).

Justino hablando de la Eucaristía dice: "Este alimento se llama entre nostros ´Eucaristía, del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, ya que ha sido purificado por el bautismo para el perdón de los pecados y para la regeneración; y que vive como Cristo enseñó. Estas cosas nos las tomamos como pan ordinario ni como bebida ordinaria, sino que así como por el Verbo de Dios, que se encarnó, tomó carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la palabra de oración que procede de él (alimento con el que nuestra carne y nuestra sangre se nutren con arreglo a nuestra transformación) es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó" (Apología 1,65,ss).

Ireneo dice: ¿Cómo, pues, les constará que este pan en el que han sido dadas las gracias, es el cuerpo del Señor y el cáliz de su sangre, si no dicen que él es el Hijo del hacedor del mundo, su Verbo, por el que el leño fructifica y las fuentes manan, y la tierra da primero tallo y despues espiga y finalmente trigo pleno en la espiga? (Adv. Haer 4,18; PG 7,1027). También contra los herejes se pregunta cómo ellos no admiten la resurrección de la carne, siendo que en la Eucaristía nos alimentamos de la carne resucitada de Cristo (Adv. Haer 4,18; PG 7,1027).


En Juan 4,24 no se dice que la adoración a la Eucaristía sea idolatría. Se trata del diálogo de Cristo con la mujer de Samaría que previamente ha hablado de la disputa que había entre judíos y samaritanos sobre el lugar donde había que rendírsele culto a Dios. Jesús le responde: "Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Jn 4,21-24). Ahora bien, se habla de adoración a Dios en Espíritu y el sacramento se compone de una parte espiritual y una material. La dimensión espiritual está en la presencia real de Cristo a partir del momendo de la consagración; el aspecto material son los accidentes de pan y vino. Así que con la adoración eucarística la Iglesia sigue a Cristo y no se opone a sus palabras: por el aspecto espiritual, la Iglesia enseña que es el mismo Dios quien está presente en el sacramento, y la Iglesia además nos dice que está verdadera y realmente presente. Si esto no es seguir la enseñanza de Cristo, ¿cómo demuestra el protestantismo que sin tener la sucesión apostólica se pueda adorar la Eucaristía en espíritu y verdad, siendo que para ellos consiste en un mero recuerdo de la cena del Señor? Esto sí sería idolatría.

Veamos ahora qué es lo que enseña la Iglesia católica sobre el culto reservado a la Eucaristía:

1378 El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (MF 56).

1379 El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380 Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado "hasta el fin" (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

1381 "La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios´. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros´, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente" (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.
Visus, gustus, tactus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.
La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

Ahora pasemos al Papa Honorio y a la fecha de 1220:

Se trata del Papa Honorio III (1216-1227). Se llamaba Cencio Savelli, un piadosísimo anciano, que había repartido sus bienes entre los pobres, fue un distinguido como buen administrador de los bienes de la Iglesia con la redacción de su "liber censuum". Se interesó por fomentar la V cruzada, que desgraciadamente no tuvo el éxito esperado. Fue árbitro entre Felipe II de Francia y Santiago I de Aragón; logró que Francia no invadiera Inglaterra. Ayudó para que Enrique III se ciñera la corona inglesa pese a ser menor de edad. Otros hechos relevantes del Papa Honorio III fueron la aprobación de los dominicos en 1216 y la confirmación de la orden para el año siguiente; la coronación en 1217 de Pedro de Courtnay, emperador latino de Constantinopla; el apoyo prestado a las misiones en los países bálticos, el respaldo de una cruzada contra los moros en España (1218); exhortó a Luis VIII de Francia a intensificar la lucha contra los albigeneses, etc. Glorias dignas de este pontífice fueron la aprobación de las reglas.

Los datos históricos que consulté afirman que con Honorio se abre una nueva fase en la historia de las colecciones canónicas, como la "Compilatio Quinta" que había iniciado Tancredi y que concluyó en febrero-mayo de 1226, que consistió en la primera recopilación de decretales que se realizó por petición expresa de un Papa, y confirmó el carácter de una "carta universitaria por excelencia". Esta compilación fue dirigida a los estudios de Boloña y París. En 1219 Honorio publicó su célebre bula "Super speculam" con que el Papa reforzaba los estudios de teología en París; en ella se confirman las resoluciones del concilio de Tours (1163).

Inocencio III decretó la adoración de la Hostia en 1220 no lo he encontrado en los diversos manuales de historia que he consultado. Más bien, ¿cómo se explica esta tremenda afirmación con los siguientes testimonios? En la Iglesia primitiva la Eucaristía se adoraba públicamente pero sólo en el marco de la Misa y de la comunión. ¿Cómo es que san Agustín dice que no sólo no pecamos adorando la carne que Cristo nos da a comer, sino que pecamos no adorándola"? (Enarr in Ps 98,9; PL 37,1264).

Lo que ocurre es que en el S. XII se introduce en occidente la elevación de la Eucaristía en el momento de la consagración (cf P. Browe, Die Verehrung der Eucharistie im Tittelalter, Múnich 1993, 28-29), y en el S. XIII comenzó la práctica de la adoración fuera de la misa a partir de la institución de la fiesta del "Corpus Christi" celebrada por vez primera en la diócesis de Lieja, e instituida para la Iglesia universal por Urbano IV en su bula "Transsiturus" de 1264 (surge la costumbre de la procesión eucarística; y en el S. XIV surgirá la de la exposición sacramental; nacen los himnos en honor de la Eucaristía, como el "Adoro te devote" que contribuye tanto a la formación de la piedad católica sobre la Eucaristía) . Asimismo ha de decirse que las colecciones canónicas asumen la doctrina eucarística desde la Burchard de Worms hasta el decreto de Graciano. La piedad popular se concentra en la presencia real del cuerpo y sangre de Cristo como reacción contra las tesis de Berengario. En los monasterios de Bec y Cluny se comienza a doblar la rodilla y a incensar la Eucaristía; se enciende también una lámpara ante las especias consagradas hacia fines del S. XII. No cabe duda que la profundización en el tema de la presencia real de Cristo en la Eucaristía es lo que causa esta devoción, a lo que ha de sumarse el deseo ardiente de contemplación.

"Vosotros dividís un pan, y este es el remedio para conseguir la inmortalidad, bálsamo que nos preserva de la muerte, y nos da la vida eterna en Jesucristo. (S. Ignacio, carta a los de Efeso, n. 14, Tric. T. 1, sent. 2, p. 3 l.)"

"Jesucristo tomó el pan, sustancia criada, dio gracias a Dios, y dijo: Este es mi cuerpo. Tomó el cáliz que también es criatura destinada a nuestros usos, y aseguró que era su sangre. Así enseñó la oblación del Nuevo Testamento, la Iglesia recibió de los Apóstoles, y ofrece este sacrificio en todo el mundo al Dios que nos sostiene como primicias de sus frutos en la nueva Ley. La Iglesia es como un paraíso plantado en este mundo. De todos sus árboles podemos comer, nos dice Dios, pero no tomemos de la doctrina de los herejes, no la toquemos, porque aunque se aprecian de saber del bien y del mal, son soberbios que arrojan sus impías doctrinas contra Dios, su Criador. (S. Ireneo, sent. 5, Tric. T. 1, p. 86 y 87.)"

"Si toma el alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (S. Cipriano, lib. de la Oración, sent. 35, Tric. T. 1, p. 305.)"

"Supuesto que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? y pues que dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que no lo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Caná de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre? para que le recibamos como que es ciertamente su cuerpo y su sangre, porque bajo del pan nos da su cuerpo, y bajo del vino su sangre, para que tomando su cuerpo y sangre, nos hagamos un mismo cuerpo y sangre con El y seamos Cristíferos, esto es, hombres que llevamos a Jesucristo, en habiendo recibido en nuestro cuerpo su cuerpo y sangre, y según la expresión de San Pedro, vengamos a ser participantes de la naturaleza divina. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. Mystag., 4, sent. 7, Tric. T. 2, p. 337.)"

No consideréis ya estas cosas como que son pan y vino comunes, supuesto que son el cuerpo y sangre de Jesucristo, como El mismo dijo, porque aunque los sentidos os digan que no lo es, la fe os debe persuadir y confirmar en que lo es. No juzguéis por el gusto, sino por la fe, la que nos debe hacer creer con toda certidumbre, y sin que os quede duda en contrario, que os ha dado el cuerpo y sangre de Jesucristo. (S. Cirilo de Jerusalén, ibid., sent. 8, Tric. T. 2, p. 337.)"

"¿Cuál es la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino par el que murió y resucitó por ellos. (S. Basilio, Reg. 80, sent. 58, Tric. T. 3, p. 199 y 200.)"

"El que es eterno, se nos da a todos para que le comamos con el fin de que recibiéndole en nosotros mismos, lleguemos a ser lo que El es, porque dice: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. Cualquiera, pues, que ama esta divina carne, no ama la suya; y cualquiera que tiene amor a esta divina sangre, está purificado de todos los sentimientos que la sangre camal puede causarle. Porque la carne del Verbo, y la sangre de esta carne son suaves par los que las gustan, y deseables para los que las pretenden. (S. Gregorio de Nisa, in Eccles. 11. 8, sent. 4, Tric. T. 4, p. 113.)"

"Así como un poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa, así también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el principio de nuestra vida, entra en nuestro cuerpo, nos le muda y transforma todo en sí. Porque al modo que un veneno que se ha derramado por los miembros sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina naturaleza. (S. Greg. de Nisa, c. 37, sent. 29, Tric. T. 4, p. 118 y 119.)"



"Sírvanos de ley el hecho de Joseph de Arimatea, para que cuando recibamos aquella prenda del sacrosanto cuerpo, no le envolvamos en lienzo de una conciencia sucia, ni le depositemos en el monumento del corazón, cuando está lleno de huesos de muertos y de todo género de inmundicias. Cada uno se prueba y examine, como dice el Apóstol: No le sirva de juicio de condenación si la recibe indignamente. (S. Greg. de Nisa, in Christ. Resurr., sent. 19, adic., Trie. ´F. 4, p. 364 y 365.)"

"Con carne y con maná que nos figuran el precioso cuerpo de Jesucristo, se alimentó el pueblo de Israel: Jesucristo es para nosotros verdadera comida y verdadero maná, no ya en figura, sino en verdad; por su verdadera humanidad es realmente carne, y un pan que vive por su divinidad; de suerte, que cuando comenos el cuerpo de Jesucristo, participamos de su divinidad y de su humanidad. (S. Ambrosio, sent. 26, Tric. T. 4, p. 318.)"

"Acercaos al alimento del cuerpo de¡ Señor a aquella bebida que de tal suerte embriaga a los fieles, que los llena de contento con la remisión de sus culpas, y los libra de los cuidados del mundo, del miedo de la muerte y de las inquietudes de esta vida. Esta santa embriaguez no hace titubear al cuerpo, antes bien, le confirma, no turba el espíritu, sino que le consagra y santifica. (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 65, Tric. T. 4, p. 326.)"

"Jesucristo es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamó el Profeta pan de Angeles: mas aquel no era el verdadero pan, sólo era sombra del que había de venir. El Pan Eterno me tenía reservado este verdadero pan que viene del cielo, y este es el pan de vida. Aquel, pues, que come la vida, no podrá morir, porque ¿cómo había de morir el que tiene por alimento la misma vida? (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 69, Tric. T. 4, p. 326.)"

"Puede ser que me digáis que el pan que recibís del altar, es pan común y ordinario. No hay duda que antes de ser consagrado era pan común; pero al punto que se dijeron las palabras de la consagración, se convirtió ese mismo pan en la carne de Jesucristo. Si me preguntan: ¿Qué palabras son las que sirven en esta consagración? Digo que nos valemos de las palabras propias de Jesucristo. (S. Ambrosio, lib. 4, de Sacram. c. 4, setit. 107, Tric. T. 4, p. 335.)"

"Antes de consagrar, no es más que pan; pero pronunciadas las palabras de Jesucristo, es el cuerpo de Jesucristo. Oid lo que el mismo dice: Tomadle y comedle todos, porque este es mi cuerpo. Antes de las palabras de Jesucristo sólo hay en el cáliz vino y agua mezclados; pero después de lo que han obrado las palabras de Jesucristo, se convierte en su sangre, la cual redimió su pueblo. (,S. Ambrosio, ibid., c. 5, sent, 108, Tric. ibid., ibid.)"

"Si el pan de la Eucaristía es el pan cotidiano, ¿por qué le recibís una vez al año solamente? Recibidle todos los días para conseguir todos los días el fruto. Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días, a la verdad, el que no es digno de recibirle todos los días, tampoco merece recibirle una vez al año. Sabéis que el Santo Job ofrecía sacrificio por sus hijos, receloso de que hubiesen pecado en pensamiento o en palabras: ¿cómo, pues, sabiendo vosotros que siempre que se ofrece el sacrificio se hace memoria de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, y de la remisión de los pecados? ¿,Cómo, vuelvo a decir, lo que esto sabéis, no recibís todos los días este pan de vida´? El que se siente herido, busca el remedio para sanar. Todos estamos heridos, pues hemos pecado. Ahora bien, este venerable y celestial sacramento es el remedio de todas nuestras heridas. (S. Ambrosio, lib. 5, c. 4, sent. 109, Trie. ibid., ibid.)"

"Llegad a el y saciaos, porque es divino pan: llegad y bebed, pues es fuente: llegad a El para ilustraros, pues es luz: llegad y libraos, porque en donde está el espíritu del Señor, está la libertad; llegad y quedad absueltos, pues es perdón de los pecados. (S. Ambrosío, in Psalm 118, sent. 36, adic., Tric. T. 4, p. 404.)"

"Pruébese cada uno, y lléguese después al cuerpo de Jesucristo. No es decir que un día o dos que difiera la comunión, haga al cristiano más santo, ni que yo merezca mañana o después de mañana lo que hoy no he merecido; sino que el dolor que debo sentir de no haberme hallado en estado de comulgar, me obligue a separarme por algunos días del consorcio, de mi propia mujer, prefiriendo al amor que la tengo, el que debo a Jesucristo. (S. Jerónimo. Epist. 48, ad Pammach., sent. 40, Tric. T. 5, p. 245.)"

"Debemos saber que el pan que partió el Salvador y le dio a sus discípulos, era su propio cuerpo, según lo que el mismo Señor dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Moisés, pues, no fue el que nos dio el verdadero pan, sino nuestro Señor Jesucristo: éste es el que está sentado en el convite y el mismo es nuestro convite: El es el que come y el que es comida. (S. Jerón., Quaes, 2, ad Hedib., ep. 120, sent. 59, Tric. T. 5, p. 248.)"

" Como la carne de nuestro Señor es un verdadero alimento, y su sangre una verdadera bebida, el único bien que nos resta en este mundo, es comer su carne y beber su sangre, no solamente en los santos misterios, sino también en la lección de las Escrituras, porque las luces que en estas hallamos, son el sustento y la bebida que sacamos de la palabra de Dios. (S. Jerón., in Ecclesiast., c. 3, sent. 82, Tric. T. 5, p. 253.)"

"Vosotros ofrecéis sobre mi altar un pan profanado y manchado. Sin duda profanamos y manchamos el pan, esto es, el cuerpo de Jesucristo cuando nos acercamos al altar en un estado indigno de participarle: cuando estando impuros bebemos aquella sangre pura; y no obstante decimos: ¿Es que es despreciada y deshonrada la mesa del Señor? No porque haya quien se atreva a decirlo, ni a proferir con delicuente voz la impiedad que tiene su alma, pero las malas obras de los pecadores son las que efectivamente deshonran la mesa de Dios. (S. Jerón., in Malach., e. 1, sent. 88, Tric. T. 5, p. 25 l.)"

"Así como aquel que no se siente reo de iniquidad alguna, debe comulgar todos los días; por el contrario, el que ha pecado y no ha hecho penitencia no lo puede hacer con seguridad ni en los de fiesta. (S. Juan Crisóst., Homil. 31, sent. 26, Tric. T. 6, p. 305.)"

"Vamos como la Hemorroisa a tocar la orla de la vestidura de Jesucristo, o por mejor decir, vamos a poseerle todo entero: pues tenemos ahora su cuerpo en nuestras manos. Ya no es sólo su vestido el que permite tocar, sino que nos presenta su mismo cuerpo para que lleguemos a comerle. Acerquémonos, pues, con ardiente fe, los que estamos enfermos. Si los que entonces tocaron solamente la orla de sus vestidos sintieron tan grande efecto, ¿qué no podrán esperar los que aquí le reciben todo entero? (S. Juan Crisóst., Homil. 5 1, sent. 62, Tric. T. 6, p. 31 l.)"

"Cuántos hay que dicen: Yo quisiera ver a nuestro Señor Jesucristo con aquel mismo cuerpo con que conversaba con los hombres; mucho me alegraría de ver su rostro y su traje. Yo os digo, que al mismo Señor véis, tocáis, y aun coméis. Deseáis ver sus vestidos, y veis aqui que os permite tocarle y recibirle en vuestro pecho. (S. Juan Crisót., Homil. 83, sent. 70, Tric. T. 6, p. 312 y 313.)"

"¿Quién debe estar más puro que aquel que participa de semejante sacrificio, que aquella mano que distribuye esta divina carne, que aquella boca que está llena de este fuego espiritual y aquella lengua que rojea con esta preciosa sangre? Imaginad bien la honra que recibís y a que mesa os sentáis. Aquel mismo a quien los ángeles miran con temblor, es el que ahora nos sirve de alimento, se une con nosotros, y somos con el un mismo cuerpo y una misma sangre. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 71, Tric. ibid., ibid.)"

"¿Qué pastor ha dado jamás su sangre para alimentar sus ovejas? Vemos muchas madres que habiendo parido sus hijos, los dan a criar a otras mujeres, pero no procede Jesucristo, así con nosotros: El mismo nos alimenta con su carne, nos junta y une consigo estrechamente. (S. Juan Crisóst., ¡bid., sent. 72, Tric. ibid., ibid.,)"

"No nos quedemos insensibles a tan grande honra, y a un amor tan religioso. Reparad con que ímpetu se arrojan los niños al seno de sus madres, y con qué ansia chupan los pechos. Imitémosles acercándonos con las mismas ansias a esta divina mesa, bebiendo, por decirlo así, la leche espiritual de aquellos sagrados pechos: pero vamos corriendo con mayor ardor para atraer a nuestros corazones, como hijos de Dios, la gracia del Espíritu Santo: sea nuestro mayor dolor el vemos privados de este alimento celestial. (S. Juan Crisóst. Homil., 87, sent. 73, Tric. T. 6, p. 313.)"

"Si vosotros no os atrevéis a arrojar del sagrado altar los indignos, decídmelo a mi, que yo no permitiré que se lleguen a él: porque primero perderé la vida, que dar el cuerpo del Señor al indigno; y primero permitiré que derramen mi sangre, que presentar tan santo y venerable cuerpo al que no se halla en estado de recibirle. Si vosotros ignoráis que los que se acercan son indignos, entonces no es falta vuestra, si antes habéis puesto el mayor cuidado en conseguir este discernimiento; porque no hablo ahora de aquellas personas que públicamente son conocidas por viciosas. (S. Juan Crisóst., íbid., sent. 74, Tric. ¡bid., ¡bid.)"

"Muchos una vez al año se acercan al Santo Sacramento: otros llegan más a menudo. ¿A quiénes estimaremos más? a los que comulgan a menudo, o a los que comulgan una vez? Solamente debemos estimar a los que comulgan con conciencia pura y sincera, con un corazón limpio y con una vida irreprensible; los que se hallan en esta disposición, lleguen todos los días; los que no, ni una vez se acerquen: porque no hacen otra cosa que
irritar contra sí el juicio de Dios y hacerse dignos de la más rigurosa condenación. (S. Juan Crisóstomo. Homil. 17, ad Hebr., sent. 147, Tric. T. 6, p. 327.)"

"¿Pensáis que comulgando una vez al año serán suficiente 40 días de penitencia para puríficaros de los pecados que habéis cometido en tanto



 

 

 



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