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Autor: | Editorial:



La acedia en las Sagradas Escrituras


Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas sus formas, desde la indiferencia al odio. Y nos dan también pistas para comprender su naturaleza. Pistas que nos podrán orientar luego para reconocerla en sus formas históricas y actuales, y podrán encaminarnos para comprender su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se aprende una semiología de la acedia y también mucho acerca de su etiología.


2.1.) La Unción en Betania

Este pasaje evangélico es un ejemplo de acedia que bien puede considerarse arquetípico. En él vemos en ejercicio al gozo de la caridad y cómo es atacado por las razones aparentes de la oculta acedia.

Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Jesús sentados a la mesa. María, tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del perfume. (Juan 12,1-3)

La caridad - según la define Santo Tomás de Aquino - es amor de amistad con Dios. El gesto de María manifiesta el gozo de su caridad. Es un gesto gozoso y gratuito que honra, en Jesús, al amigo divino: huésped, Maestro y Señor. Ese gesto expresa, con una dádiva costosa, el aprecio de María por Jesús y el gozo que ese aprecio le produce.

Pero - prosigue contando el evangelio - Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo había de entregar, dijo: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?" (Juan 12,4-5)

La objeción de Judas se opone hipócrita y sofísticamente a la misericordia en nombre de la misericordia. Al descalificar el gesto de María, descalifica su amor. Lo que para María es expresión gozosa de su amor a Jesús, es para Judas motivo de tristeza, mezclada de fastidio e irritación. El que ya no comparte la amistad con Jesús, no puede compartir los mismos sentimientos de la amistad. Peor aún, tiene sentimientos contrarios: de acedia.

En el relato de este episodio que nos hacen Marcos y Mateo, la reacción contra el gesto de María, es calificada de indignación: "se indignaron". Ese es uno de los síntomas o manifestaciones de la acedia: indignarse, irritarse por lo que es motivo de gozo para los amigos de Dios (Marcos 14,3-9; Mateo 26,6-13).

Al discípulo avinagrado, las muestras de amor a Jesús le dan bronca. Si esa bronca quiere vestirse de ira santa, disfrazándose con falsas razones, es para no evidenciarse y guardar aún las apariencias; por puro cálculo hipócrita.

Hay en este detalle de la historia que nos cuenta el evangelio, la revelación de una importantísima ley del acontecer espiritual: el gozo de la caridad es atacado con razones. Ley que rige también el acontecer cultural: el espíritu del desamor es racionalista.


2.2.) La acedia de Mikal, esposa de David

Vayamos ahora al Antiguo Testamento y recordemos el pecado de Mikal, hija de Saúl, esposa de David. Mikal se irritó viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslación. La danza de David era una manifestación del gozo de la caridad. Y, por el contrario, la irritación de Mikal por la devoción de David, era manifiesta acedia.

David trasladaba el Arca con grandes ceremonias y fiestas populares. El Arca era el signo visible de la Presencia del Señor en medio de su Pueblo. Leemos que:

"David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, castañuelas, panderetas y címbalos... David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor, ceñido con un efod de lino (=vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entró en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al Rey David saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón" (2 Samuel 6,l4-l6)

Y cuando se volvía David para bendecir al pueblo, terminada la fiesta: "Mikal le salió al encuentro y le dijo: ´¡Cómo se ha cubierto de gloria hoy el Rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera´!" (v.20)

Mikal, ciega para el sentido religioso y gozoso de la acción de David, percibía la danza con una mirada profana y exterior, despreciando lo que hubiera debido admirar y compartir. Mikal no estaba de fiesta ni en la fiesta; miraba desde arriba, por una ventana.

Tanto el hombre de Dios como el pueblo de Dios, cuando celebra públicamente sus fiestas religiosas, se expone - es decir: se muestra y se arriesga - al desprecio de los que miran desde su ventana, desde su óptica exterior al fervor religioso. A veces, esa burla y ese desprecio consigue acobardar o avergonzar a algunos fieles.

El Via Crucis y la vuelta ciclista

Pienso en una experiencia recogida en Semana Santa en un pueblo del interior del Uruguay. Al día siguiente del Via Crucis que habíamos hecho recorriendo las calles en la noche del Viernes Santo, una mujer me confiaba los sentimientos de vergüenza que la habían asaltado durante el Via Crucis, debido a la actitud fría e indiferente de los que nos ignoraban viéndonos pasar. En un pueblo chico, sentirse ignorado por gente conocida, que muestra avergonzarse de uno, es doblemente hiriente.

Esta mujer había percibido perfectamente la afectada indiferencia de algunos frente al paso de los fieles en el Via Crucis. Tanto más chocante, cuanto que en un pueblo chico, cualquier acontecimiento es motivo para que la gente se amontone en la vereda a observar con simpatía lo que pasa. Y así, efectivamente, habíamos visto amontonarse junto al cordón de la vereda de la misma plaza, por esos mismos días de la Semana Santa, a los espectadores de la Vuelta Ciclista.

¿Cómo no iba a sentir esta sensible mujer de pueblo, la diferencia de temperatura, viendo a los que se metían en el bar, en el club, en la heladería, como si no estuvieran pasando tres cuadras tupidas de fieles por la calle principal? Frente a nosotros eran incapaces de la simple simpatía humana que saben brindar como puebleros a todo lo humano. En pueblo chico, donde no estar enterado queda mal, no darse por enterado es ofensivo o descalificador.

Ante esta actitud de acedia, la tentación del creyente, como en este caso, es la vergüenza. Pero David, hombre de Dios, nos enseña con su ejemplo, la actitud de firmeza que ha de tener el creyente, ignorando a los que lo ignoran.

La respuesta de David a Mikal

Respondió David a Mikal: "Yo danzo en presencia del Señor [y no, como tú dices, delante de las mujeres de mis servidores], y danzo ante El porque El es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo del Señor. Vive el Señor, que yo danzaré ante El y me haré más despreciable todavía; seré despreciable y vil a tus ojos, pero seré honrado ante las criadas de que hablas". Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte (vv. 21-23). David la repudió.


2.3.) La acedia de los hijos de Jeconías

Narra el Primer Libro de Samuel (6,13-21) cómo el Arca fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada.

He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia.

Estaban los de Bet-Shémesh segando el trigo en el valle, y alzando la vista vieron el Arca. El momento era inoportuno, pues la siega era la ocupación más importante del año, e interrumpirla para una fiesta era un gravísimo trastorno.

Sin embargo, los piadosos labriegos, al ver venir el Arca se llenaron de alegría: "y fueron gozosos a su encuentro. Al llegar la carreta al campo de Josué de Bet-Shémesh, se detuvo. Había allí una gran piedra. Astillaron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas que venían tirando de ellas en holocausto al Señor. Los levitas bajaron el Arca del Señor y el cofre que estaba a su lado y que contenía los exvotos de oro ofrecidos en desagravio por los filisteos y lo depositaron todo sobre la gran piedra. Los de Bet-Shémes ofrecieron aquél día holocaustos e hicieron sacrificios al Señor."

"Pero de entre los habitantes de Bet-Shémesh,los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron el Arca del Señor."

Es de presumir que los hijos de Jeconías lamentaron esa llegada porque interrumpía la siega. La siega era en sí misma una ocasión festiva. El fastidio por la aparición del Arca, sugiere que la raíz de la acedia, suele estar, como en este caso, en el conflicto de los intereses materiales con los religiosos.

A causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías castigó el Señor a setenta de sus hombres y el pueblo hizo duelo porque el Señor los había castigado duramente.


2.4.) El Menosprecio de un Profeta

Relacionado con el desprecio hacia el fervor de David, y por lo tanto apropiado para ejemplificar la acedia en forma de burla o menosprecio, es el episodio que narra el Segundo Libro de los Reyes. Cuenta que el profeta Eliseo iba subiendo por el camino hacia Betel cuando unos niños pequeños salieron de la ciudad y se burlaban de él, diciendo: "¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!"

Él se volvió, los vio y los maldijo en nombre del Señor. Salieron entonces dos osos del bosque y destrozaron a cuarenta y dos de ellos (2 Reyes 2,23-24)

El relato tiene, al parecer, una intención didáctica, admonitoria, destinada a inculcar el respeto hacia los hombres de Dios entre la gente menuda, la cual puede inclinarse, por ligereza infantil, a quedarse festivamente en las posibles extravagancias exteriores de los hombres de Dios y a incurrir en la burla irrespetuosa. Como veremos, el menosprecio de los profetas - que no siempre se queda en burlas - es algo que Dios reprocha con frecuencia a su pueblo, y uno de los temas de la diatriba de los profetas y de Jesús.

La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo de la caridad o envidia. Hay por eso necesidad de educar, cultivar y corregir el corazón de los niños. A ellos y a nosotros les inculca este episodio que no hay que distraerse con los lunares de la santidad; que los hombres de Dios, son hombres de Dios, y que no hay que menospreciarlos ni reírse de ellos, por más cómico o despreciable que nos resulte su aspecto. Porque reparar en sus lunares y no ver su santidad, es ceguera y necedad. Y esos dos osos han destrozado cruelmente a muchos irreverentes.

La burla: hija de la acedia

La Sagrada Escritura conoce esa forma de impiedad militante, que no es sólo cosa de niños sino también de grandes: la burla.

Los burlones son los que en el salmo primero se llaman, en hebreo, letsím: "Dichoso el hombre que no camina según el consejo de los impíos, que en la senda de los pecadores no se detiene, que no se sienta en el corrillo de los burlones." (Salmo 1,1)

La burla implica desconsideración, ligereza, irreverencia. Es una expresión de menosprecio. Es injuriosa, sobre todo cuando se la infiere a quien se debería honrar y respetar.

En el reproche de Judas a María está ya implícita la lógica del menos-precio que se irá manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.

En el Antiguo Testamento, el Señor amenaza a su pueblo con convertirlo en irrisión y en espectáculo del mundo: " ...los convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldición, pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones a donde los arroje, porque no oyeron las palabras que les envié por mis siervos."

El pueblo elegido se lamenta de que a causa de sus pecados, el Señor los ha entregado a la burla de sus enemigos: "Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones." Así es, por dar un ejemplo, el caso del impío Nicanor, quien se burla de los sacerdotes y de los ancianos y escupe el Templo. (1 Macabeos 7,34)

En el Nuevo Testamento, la burla que padecen los buenos cristianos, ya no es un castigo. Es participación en la suerte de su Maestro, que fue burlado y escupido. La Carta a los Hebreos enumera la burla a la par de los azotes entre los sufrimientos de la persecución: "unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones, apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada..." (Hebreos 11,35-37)

Detrás de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y símbolos sagrados, hábitos religiosos, objetos de culto, espacios sagrados, está la acedia: tristeza e irritación por los bienes que se escarnece. Esa burla, hija de la acedia, sigue acompañando hoy a la Iglesia como forma de persecución, y es tan habitual que a muchos ya no les causa extrañeza y pasa a menudo inadvertida hasta de las mismas víctimas.

Esaú menosprecia la primogenitura

Cuenta la Escritura (Génesis 25,29-34) cómo Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de guiso.

Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio - y consiguiente postergación y pérdida - de los bienes espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito.

Esaú llegó hambriento del campo y Jacob aprovechó la ocasión: "Véndeme ahora mismo tu primogenitura". Esaú respondió: "¿Qué me importa la primogenitura?" Jacob lo urgió para que se la vendiera con juramento: "Y él se lo juró, vendiendo su primogenitura a Jacob. Jacob dio a Esaú pan y el guiso de lentejas, y este comió y bebió, se levantó y se fue. Así desdeñó Esaú la primogenitura", concluye melancólicamente el relato.

Y ya que hablamos de acedia en el corazón de los herederos de las Promesas e hijos de los Patriarcas, también los hermanos de José menosprecian envidiosamente a su hermano, ignorantes de que sería él quien los salvaría. (Génesis 37-45)


2.5.) Rehusar el gozo y el llanto

La acedia se opone al gozo de la caridad y por lógica induce a gozarse y a alegrarse por lo que entristece a la caridad. Los apetitos de la acedia y de la caridad son contrarios, como los de la carne y el Espíritu.

Puesto que la Caridad es amistad entre la creatura y Dios, el amigo de Dios se alegra en el Bien que es Dios y quiere que Dios sea reconocido y amado. El amigo comparte los gozos y tristezas de su amigo.

La acedia impide precisamente esta participación y comunión en los sentimientos de Dios. El texto que cito a continuación, en el que Jesús les reprocha su indiferencia a los que se han rehusado a compartir sus sentimientos, ilustra el rol que juega la acedia en el drama evangélico:

"¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿Y a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero, la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos."(Lucas 7,3l-35)

La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, la ilustran las parábolas de los invitados al Banquete. En estas parábolas queda claro cómo las preocupaciones de este mundo ocultan el bien verdadero a los que les entregan el corazón. Los invitados se excusan de la fiesta a causa de sus ocupaciones, como los hijos de Jeconías en Bet-Shémesh. Los hombres que siguen su apetitos carnales y no creen (= esta generación"), descalifican a los que obran movidos por impulsos y apetitos espirituales. No puede haber entre ellos comunión de sentimientos: ni de gozos ni de tristezas. Por eso pueden parecer insensatos los unos a los otros.

En la enseñanza de Jesús se puede espigar otros ejemplos de esta distonía de sentimientos entre sus discípulos y los que no lo son: "Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, vienen a decirle: ¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunarán en aquél día." (Marcos 2,18-20)

Las dos parábolas que siguen a este pasaje, la del parche sobre el vestido viejo y la del vino nuevo en los odres viejos, aluden a la necesidad de convertirse totalmente, para poder entrar en comunión con los sentimientos de Jesús y sus discípulos y poder comprender lo que hacen. (Marcos 2,20-22)

Los gozos y los dolores de los discípulos son contrarios e incompatibles con los del mundo, como los apetitos del espíritu son contrarios a los de la carne. (Gálatas 5,17) Por eso dice Jesús a sus discípulos: "Yo os aseguro que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará" (Juan 16,20). En esta oposición tiene su explicación la acedia. De ahí que Pablo nos invite a tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús. Miro en este instante a mi Jesús y me río del mundo entero con Él. Déjeme llorar entre sus brazos todo el día, mientras los demás se ríen y se divierten, que poco me importa a mí llorar mirando a la Alegría infinita, gustar la amargura junto a la dulzura divina de Jesús. (p.160). Citas tomadas de: PURROY Marino, Teresa de los Andes cuenta su vida, Ed. Carmelo Teresiano, PP. Carmelitas, Santiago, Chile l992,l92 pags.


2.6.) El clamor de las piedras

Los que al tiempo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se escandalizaban por el fervor popular que deberían haber compartido en vez de reprobar, padecían de esta insensibilidad característica de la acedia:

"Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a voz en cuello, por todos los milagros que habían visto. Decían: Bendito el Rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas. Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: Maestro, reprende a tus discípulos. Pero Jesús les contestó: Yo les aseguro que si éstos callasen, las piedras gritarían." (Lucas l9,37-40)

San Lucas oye en la boca de la multitud de discípulos que aclama a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, palabras que recuerdan a las que cantan los ángeles anunciando el nacimiento a los pastores: "Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lucas 19,38, ver 2,14). Los ángeles y los humildes hablan, en un mismo idioma celestial, de los bienes que sólo ellos pueden ver. Al niño lo anunciaron los ángeles, ahora al Rey lo anuncian los pequeños. Allá los pastores creyeron, aquí los doctores se indignan.

San Lucas - notémoslo aquí de paso -es celebrado justamente como el evangelista de los pobres y sencillos, así como del gozo y de la alegría del Espíritu Santo. Pero es menos reconocido como el evangelista más sensible para la acedia y que muestra una mayor aversión a este pecado. Es, por ejemplo, el evangelista de los Ayes sobre los acediosos (Lucas 6,24-26; 11,39-44). Y en el pasaje que hemos trascrito antes, contrapone a la fe y al gozo de los discípulos, la protesta indignada, malhumorada y sombría, característica de la acedia y de la incredulidad militantes. El hijo mayor, en la parábola del Hijo Pródigo, es otro ejemplo típico de la misma actitud atrabiliaria (Lucas 15,25-32).

Como se ve, a los acediosos, el júbilo de los buenos les parece reprensible. El motivo de esta distonía emocional es que no comparten su fe. Verdaderamente son opuestos el gozo de los discípulos y la tristeza de los que no lo son, aunque le digan Maestro. Este mismo esquema de comportamiento volveremos a encontrarlo en la civilización de la acedia de la que trataremos en el capítulo cuarto.


2.7.) El pecado de Caín

Habitualmente se considera el pecado de Caín como un pecado de envidia hacia su hermano Abel. Y lo es. Pero no de envidia simplemente. Sino de aquella especie de envidia que llamamos acedia.

Hay acedia en el Pecado de Caín (Génesis 4, 3-8). Acedia respecto del bien de su hermano, cuya ofrenda fue acepta a Dios. Pero también acedia, respecto de la complacencia de Dios sobre la ofrenda de Abel. Si Caín hubiese estado en actitud de amistad con Dios, se habría alegrado por el beneplácito de su Amigo divino, porque el verdadero amigo se alegra por las alegrías de su amigo.

Es verosímilmente por esa falta de amistad cordial, por lo que dice el texto que: "el Señor no miró propicio a Caín y su oblación." Si Caín hubiera buscado con su ofrenda exclusivamente agradar a Dios, se habría alegrado con el gozo divino, fuera por el motivo que fuese; y en el caso concreto, con motivo de la ofrenda de su hermano. Caín no envidiaba en Abel ningún bien profano, sino precisamente su condición de amigo de Dios, de elegido y grato a Dios.

Lo que generalmente se llama envidia de Caín a su hermano es, por lo tanto, propiamente acedia. Y esta precisión hay que hacerla cada vez que encontramos envidia hacia un hombre de Dios: profeta, justo o elegido, ya sea en las Escrituras, ya sea en la historia o en la vida de la Iglesia.

Acedia en la historia de Salvación

San Clemente romano en su Carta a los Corintios, para explicar el mal que está aquejando a dicha comunidad eclesial, se remonta a trazar un panorama de la acedia en la historia de la salvación, comenzando justamente por el pecado de Caín. Parece oportuno y provechoso insertar aquí ese recuento:

"Ya véis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su misma tribu: ´¿Quién te ha constituído árbitro y juez entre nosotros? ¿Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste ayer al egipcio?´ Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés. Por acedia no sólo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Saúl, rey de Israel."


2.8.) El Pecado Original

Después de haber dado ejemplos de la acedia como distonía con el sentir y el beneplácito divino, después de un análisis más afinado del mal de Caín, y después de los ejemplos bíblicos de desafecto a los elegidos de Dios que compendia Clemente romano, el lector podrá ahora advertir más fácilmente cuánto de acedia tuvo el Pecado Original.

Acedia tanto en el Tentador, como en Adán y Eva: "Por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24)

La Serpiente es la primera que "tiende lazos a los justos que la fastidian" (Sabiduría 2,12). Lo hace con Adán y Eva y lo hará con Job. (Job 1,1-22) Después de ella, la raza de sus descendientes se airará de igual modo contra el justo y querrá también ponerlo a prueba: "Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sigue caminos extraños... sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza." (Sabiduría 2,14-15.19)

El Tentador los indujo a acedia. Tristeza de no ser como Dios, tristeza a causa del mandamiento, y de allí se siguió la desobediencia. Así comenzaron:

  • el desacuerdo entre los apetitos
  • el trastorno de los sentidos, característicos de la naturaleza caída.


    Apetito y visión

    En el relato bíblico de la caída se nos enseña, en primer lugar, que el apetito gobierna la visión: "el día en que comiereis, se os abrirán los ojos." Y en segundo lugar, que la visión, a su vez, excita el apetito: "como viese la mujer que era bueno para comer y apetecible a la vista."

    El pecado ha modificado la manera de percibir. Ha trastornado precisamente la capacidad de conocer el bien y el mal: "entonces se les abrieron a entrambos los ojos y conocieron que estaban desnudos." (Génesis 3,5-7)

    Esta relación entre apetito y visión es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Ella nos orientará a la hora de ocuparnos de la pneumodinámica de la acedia. (Ver 7.) La acedia, como tristeza por el bien, supone una ceguera para percibirlo. Sólo la insensibilidad para el bien puede explicar la aversión hacia él. Este mal implica pues, un trastorno de las facultades.


    2.9.) Dos ayes proféticos sobre la acedia

    Nos ayudará a avanzar en la comprensión de la naturaleza de la acedia, recordar dos ayes proféticos referentes a ella.

    El primer Ay que deseamos recordar es el de Jeremías:

    "¡Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su corazón! Es como el tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga." (Jeremías l7,5-6)

    No ver el bien: acedia como apercepción

    "No verá el bien cuando venga". He ahí la a-percepción del bien que caracteriza la acedia. La tristeza por el bien del que se goza la caridad, sólo es posible cuando no se ve ese bien o se lo ve como un mal. El texto de Jeremías instruye sobre las causas de esa ceguera.

    Si el impío no ve el bien: "los rectos - por el contrario - lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca." (Salmo 106,42)

    Es propio de Dios el mostrar o hacer ver los bienes salvíficos: "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Ábreme Señor los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios." (Salmo 49,23)

    Sin la ayuda de la gracia de Dios, ni los mismos miembros del pueblo de Dios serían capaces de ver y reconocer las grandes gestas de la salvación: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oír." (Deuteronomio 29,1-3)

    En cuanto a los bienes del Nuevo Testamento, Jesús afirma que es necesario nacer de nuevo y de lo alto para "ver el Reino." (Juan 3,3.5)

    Llamar "mal" al "bien": acedia como dispercepción

    El otro Ay profético contra la acedia, se encuentra en el libro de Isaías:

    "¡Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos!" (Isaías 5,20-21)

    Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien; es dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas. El texto de Isaías describe el mecanismo perverso de la acedia y lo explica por la soberbia que se guía por el propio juicio, sometido y esclavizado por la pasión caída. Son los que, como dirá San Pablo, aprisionan la verdad con la injusticia. (Rom 1,18)

    Esta confusión de bien por mal, este trastorno de la percepción, puede llamarse dispercepción y es característica de la acedia. Podría hablarse, en otras palabras, de falta de discernimiento: "Vosotros que odiáis el bien y amáis el mal." (Miqueas 3,2) "Justificar al malo y condenar al justo, ambas cosas abomina el Señor." (Proverbios 17,15)

    El alimento del niño mesiánico, y el del pueblo de los tiempos mesiánicos será "cuajada y miel para que aprenda a rehusar lo malo y elegir lo bueno." (Isaías 7,15-16; 22) La cuajada agria y la miel dulce enseñan a distinguir los sabores del bien y del mal: de la dulzura y el gozo de la caridad, y del agriamiento de la acedia. Aquí también, los sabores adiestran la visión.

    La divina presencia que tiene lugar con la llegada del Emmanuel, enseña al pueblo a discernir el bien y el mal.


    2.10.) La Acedia como ceguera

    La relación entre apetito y visión, que establece la Sagrada Escritura, es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Los dos ayes proféticos sobre la acedia que acabamos de recordar, el de Jeremías y el de Isaías, se complementan para enseñarnos cuál es la naturaleza de este mal. Primero como apercepción del bien: "no verá el bien cuando venga." Y luego como dispercepción: "dar el bien por mal y el mal por bien."

    Trataremos a continuación de una serie de episodios y temas bíblicos que ilustran la apercepción - dispercepción características de la acedia: la idolatría de las naciones y del pueblo elegido; la ceguera de los discípulos de Jesús; la ceguera de los guías espirituales de Israel; el menosprecio y rechazo de los profetas; el desprecio de la Tierra prometida, el menosprecio del testimonio de Jesús, la acedia de Pedro frente a la Cruz.

    La idolatría como ceguera

    La ceguera para el bien, mal común de la humanidad, como que es consecuencia del pecado original, es la causa del pecado de idolatría, común a todas las culturas vecinas del pueblo de Dios. En ocasiones también incurre en idolatría el pueblo de Dios, para cuyos miembros es una tentación perenne, como lamentan Moisés y los Profetas.

    La polémica contra la idolatría, los idólatras, los ídolos y los fabricantes de ídolos, es un tema recurrente en la Sagrada Escritura, desde el Pentateuco hasta los Sapienciales. Y continúa en el Nuevo Testamento, en la predicación de Jesús y de los Apóstoles.

    La idolatría aparece tipificada, en una serie de textos bíblicos, como apercepción: ceguera, insensibilidad, embotamiento de los sentidos. Y también como dispercepción: dureza del corazón, al cual, como órgano del discernimiento, le corresponde distinguir el bien y el mal.

    Los idólatras son tan insensibles - o casi - para percibir el bien y el mal, o para discernir el uno del otro, como los ídolos que se fabrican.

    Isaías dice: "¡Escultores de ídolos! Todos ellos son vacuidad; de nada sirven sus obras más estimadas; sus servidores nada ven y nada saben, y por eso quedarán abochornados... no saben ni entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón no comprende. No reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento... A quien se apega a la ceniza, su corazón engañoso lo extravía. No salvará su vida. Nunca dirá: ´¿Acaso lo que tengo en la mano es engañoso?´" (Isaías 44,9.l8-l9a.20)

    En esto, los sabios coinciden con los profetas. El autor del libro de la Sabiduría pondera el enceguecimiento de los egipcios idólatras y por eso mismo, enemigos del pueblo de Dios: "¡Insensatos todos en sumo grado y más infelices que el alma de un niño (que no discierne el bien del mal), los enemigos de tu pueblo que un día lo oprimieron! Como que tuvieron por dioses a todos los ídolos de los gentiles que no pueden valerse de sus ojos para ver, ni de su nariz para respirar, ni de sus oídos para oír, ni de los dedos de sus manos para tocar, y sus pies son torpes para andar." (Sabiduría 15,14-15)

    También el Salmista considera que los idólatras son tan ciegos e insensibles como la obra de sus manos: "Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza." (Salmo 113b(115),4-8) Esta ceguera les impide ver la Gloria de Dios y por eso preguntan: "¿Dónde está su Dios?" (v.2) Son ciegos para la Omnipresencia, que es, en cambio, evidente para los fieles: "nuestro Dios está en los cielos y en la tierra y hace todo lo que El quiere." (v.3)

    Algo más matizada y benévolamente juzga a los idólatras el Sabio. El idólatra - dice - "vale ciertamente más que los ídolos que adora: él, por un tiempo al menos, goza de vida, ellos jamás." (Sabiduría 15,17b)

    Lo cual no impide que el sabio considere que es una misma clase de ceguera la que llevaba a los impíos:

  • a ignorar al verdadero Dios
  • a adorar a los ídolos
  • a perseguir al pueblo elegido
  • a desoír la voz del Dios que quería sacar a su pueblo de Egipto. Eran tan ciegos para las obras de Dios como para sus designios. Y esa ceguera, no sólo los privó de los grandes y verdaderos bienes sino que los precipitó en la destrucción y la ruina causada por tremendos castigos. Terrible mal, la acedia.


    Ceguera del pueblo elegido

    Desgraciadamente, Israel no les va en zaga a las naciones cuando se enceguece detrás de los ídolos. En la Escritura se habla en los mismos términos de la idolatría de los gentiles que de la del pueblo elegido: ceguera, insensibilidad del corazón.

    Aún previendo el endurecimiento del corazón y la incredulidad de su pueblo, y sólo por fidelidad consigo, el Señor les envía, a pesar de todo, a Isaías: "Ve y di a ese puebo; ´Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien pero no comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure´" (Isaías 6,9-10)

    Como se ve, el tema bíblico del corazón endurecido y el corazón de piedra que Dios quiere transformar y cambiar en un corazón nuevo, de carne, corre paralelo con el de la ceguera y la insensiblidad de los sentidos y tiene que ver con la salvación del mal de acedia. Es el mal del corazón insensible para el bien verdadero e incapaz de conocer a Dios. Jeremías no exceptúa al pueblo elegido de esa ceguera, semejante a la idolatría de los paganos: "Pueblo necio y sin seso, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen." (Jeremías 5,21) Y a Ezequiel lo compadece el Señor en estos términos: "Tú vives en medio de una casa de rebeldía: tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír y no oyen." (Ezequiel 12,2)

    El pueblo de la Alianza se había precipitado en la idolatría desde sus más tempranos comienzos, apenas Moisés tardó un poco en bajar del monte Sinaí con las tablas de la alianza:

    "Anda - le dijeron a Aarón - haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto." (Exodo 32,1) Terrible ceguera y blasfemia, no ver en la salida de Egipto la obra de Dios, sino la de "el hombre" Moisés. Y mayor atrocidad aún atribuir al ídolo la salvación obrada por Dios: "Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: ´Este es tu dios, Israel, el que te ha sacado de Egipto´"(Exodo 32,8)

    Por lo tanto, hasta el pueblo elegido puede enceguecerse para el bien y entristecerse por lo que debería ser su alegría en la Alianza. Puede comportarse como un pueblo de dura cerviz, que provoca la ira de Dios. (Éxodo 32,9)

    No está libre de tentación de acedia ni siquiera el buen Josué, cuando cela a Eldad y Medad porque profetizan, en vez de alegrarse como Moisés. (Números 11,26-29)

    Aún en los casos en que el pueblo elegido ve mejor y más que los paganos, la Escritura enseña que eso no se debe a méritos o capacidades propias, sino porque el Señor le hace capaz de ver: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oír." (Deuteronomio 29,1-3)

    Conviene notar por último, antes de abandonar este recorrido por los textos, y en vistas a los análisis sobre las causas de la acedia que haremos más adelante, que lo que precipita al pueblo elegido en la acedia suele ser o la impaciencia o el miedo. Impaciencia en los sufrimientos de la travesía por el desierto o miedo a sus enemigos. Las privaciones borran la memoria de las gestas divinas de liberación, debilitan su esperanza en las promesas de Dios, le impiden ver las obras del Señor que lo acompañan, y esperar que lo auxiliará contra sus enemigos, como le asegura.

    Ceguera en el Nuevo Testamento

    Jesús entiende la situación espiritual de sus discípulos como prolongación de la incredulidad de Israel. Los sabe sometidos a las mismas tentaciones y debilidades. Por eso los amonesta en el mismo estilo y parecidos términos. Veamos un ejemplo.

    En un momento en que se preocupan más de su pan que del Reino, Jesús los ve en peligro de contagiarse de la "levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes", y los reprende así: "¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil?"

    El hambre, que fue una celada fatal para Esaú y para la generación del desierto, amenaza ahora con hacer caer a los discípulos en su lazo.

    Es que - como enseñaba Jesús - las preocupaciones de esta vida ahogan la semilla de la Palabra sembrada en los corazones (Marcos 4,19). Y, como explica ulteriormente San Pablo: la avaricia, la codicia, el afán de los bienes de este mundo, son como un pecado de idolatría (Colosenses 3,5): a fuerza de perseguir los bienes materiales con afán desmedido, hacen insensibles y ciegos para los bienes espirituales.

    El Apóstol se hace eco de la diatriba bíblica contra los idólatras, cuando les reprocha a los gentiles su ceguera e insensibilidad para percibir al Creador a través del espectáculo de las creaturas:

    "En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles."

    Aquí también, la perversión de la visión está vinculada con la perversión de los apetitos: "Aprisionar la verdad con la injusticia", como dice el Apóstol, es distorsionar la percepción del bien por la pasión y el apetito desordenados. Y una vez aprisionada la verdad, ya no es posible liberarse y se queda esclavizado y a merced de los apetitos.

    He aquí la misma doctrina, a la que aludimos antes, acerca de la circularidad entre gusto y visión, entre conocimiento y pasión, entre percepción y apetito, inteligencia y voluntad. La ceguera de los ojos tiene que ver con las pasiones del corazón.

    Por no haber reconocido a Dios a través de las creaturas, se desviaron sus apetitos y se pervirtieron: "Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón, hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a las creaturas en vez del Creador... Por eso los entregó Dios a pasiones infames... entrególos a su mente réproba." (Romanos 1,24-28)

    Hemos citado largamente estos textos de Pablo, porque ellos ofrecen una descripción del fenómeno de la acedia como apercepción y dispercepción, así como de los pasos de su proceso.

    "Ciegos guías de ciegos"

    No solamente los gentiles idólatras reciben el epíteto de ciegos, también a los guías espirituales del pueblo elegido les reprocha Jesús su ceguera: "Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo" (Mateo 15,14). Los discípulos - como hemos dicho - no están exentos de incurrir en la misma insensibilidad y hacerse merecedores del mismo juicio. A continuación del reproche a los escribas Jesús, vuelto hacia Pedro lo amonesta: "¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia?" (15,16) Los discípulos tienen que guardarse de la levadura de los escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocresía, porque les es igualmente fácil incurrir en ellas. Por eso los ayes de Jesús, pueden tener también algo de advertencia disuasoria para sus propios discípulos:

    "¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas!... ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el Santuario que hace sagrado el oro?... ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda?... ¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello!" (Mateo 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24)

    "Esta generación pide una señal"

    La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jesús.

    Dándolos por inexistentes, le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: "Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: ´¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: No se le dará a esta generación ninguna señal´... Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes." (Marcos 8,11-12.15)

    A esta altura del relato evangélico de Marcos, Jesús ha hecho innumerables curaciones y milagros. Acaba de dar el signo de la segunda multiplicación de los panes ante una multitud, como va a recordárselo a sus discípulos un poco más adelante (8,19-20). Esa capacidad del pueblo elegido para tentar a Dios, se mezcla, como una levadura agria, con los prodigios del maná.

    El salmista refiere las quejas y gemidos de Dios por esta dureza de corazón de sus elegidos: "Volvían una y otra vez a tentar a Dios, a exasperar al Santo de Israel." (Salmo 77(78),41)

    ¿Cuál es pues la levadura de la que los discípulos deben guardarse?: es la actitud de los que piden signos en el cielo, como resultado de su apercepción y ceguera para ver los signos de Dios.

    Los discípulos deben guardarse de esa misma actitud agria.

    No hay que pedirle a Dios que haga signos "en el cielo", es decir visibles para nosotros y que podamos ver desde donde nosotros estamos, sin movernos ni cambiar de posición ni de lugar, o sea sin convertirnos. Somos nosotros, quienes siguiendo a Jesús, tenemos que estar allí donde El hace sus signos; como estaba la multitud que lo seguía en descampado y asistió a la multiplicación de los panes. Ese es el gran signo que han olvidado los discípulos hambrientos.

    Tenemos que ser capaces de ver los signos que Dios dio, sin que se los pidiéramos. Los que El soberanamente quiere dar y allí donde a su divino arbitrio quiera darlos. Pero pedírselos, es tentarlo y menospreciar los que ha dado.

    Mataron a los profetas

    Los ayes sobre escribas y fariseos concluyen con unas palabras de Jesús que ponen en relación su incredulidad con la de sus antepasados: "Sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!" (Mateo 23,31-32)

    Es éste un tema de la predicación de Jesús que pone de manifiesto otra faceta del pecado de acedia: la ceguera hereditaria para reconocer a los mensajeros de Dios.

    "Edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ´Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas´ con lo cual atestiguáis que sois hijos de los que mataron a los profetas! ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

    ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la Gehenna? Por eso, mirad: os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el Santuario y el altar. Yo os aseguro que todo esto recaerá sobre esta generación." (Mateo 23,30-36)

    El mártir Esteban se hace eco de esta diatriba de Jesús. Ella proviene del mismo celo caritativo por la corrección del pueblo amado, de la misma fortaleza ante el martirio y de la misma capacidad de perdonar que tuvo Jesús:

    "¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como fueron vuestros padres así sois vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquél a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado, vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado" (Hechos 7,51-53).

    "Despreciaron una Tierra envidiable"(Salmo 105(106),24)

    El Salmo se refiere, con esta frase, al episodio narrado en Números caps. 13-14 y en Deuteronomio 1,19-46. Lo comenta, y da en una pincelada su significación espiritual, que es una acusación de acedia: despreciar el bien. Recordemos el episodio.

    El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. El pueblo, en cambio, prefirió creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos porque estaban enceguecidos por el miedo a los habitantes de la Tierra. El miedo les hacía olvidar las promesas del Señor, desconfiar de su asistencia, dudar de su amor y en consecuencia calumniar acrimoniosamente la tierra.

    Pero menospreciar la tierra de la Promesa, equivalía a menospreciar al Señor que había prometido introducirlos en ella para dársela en propiedad: "¿hasta cuándo me va a despreciar este pueblo? ¿hasta cuándo van a desconfiar de mí, con todas las señales que he hecho entre ellos?" (Números 13,11). "... Ninguno de los que han visto mi gloria y las señales que he realizado en Egipto y en el desierto, que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz, verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. No la verá ninguno de los que me ha despreciado." (Números 14,22-23)

    Los exploradores habían subido a explorar la tierra en "el tiempo de las primeras uvas." (Num 13,20) Es decir el tiempo más hermoso y en el que la fertilidad de la tierra que mana leche y miel lucía en el esplendor de sus frutos: "una espléndida tierra, tierra de torrentes y de fuentes, de aguas que brotan del abismo en los valles y en las montañas, tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce. Comerás hasta hartarte y bendecirás al Señor tu Dios en esta espléndida tierra que te ha dado" (Deuteronomio 8,7-10)

    "Subieron pues, y exploraron el país, desde el desierto de Sin hasta Rejob, a la entrada de Jamat. Subieron por el Négueb y llegaron hasta Hebrón donde residían los descendientes de Anaq. Llegaron al valle de Eshkol (que significa racimo) y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva que trasportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos" (Números 13,20-23). Los exploradores llevaban consigo la evidencia del Bien de la Promesa, capaz de regocijar con su vista. Pero ellos no los vieron.

    "Tomaron en su mano los frutos del país, nos los trajeron y nos comunicaron: ´Buena tierra es la que el Señor nuestro Dios nos da´. Pero vosotros - les reprocha Moisés - os negasteis a subir y os rebelasteis contra la orden del Señor vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar en vuestras tiendas: ´Por el odio que nos tiene nos ha sacado el Señor de Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos. ¿A dónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han descorazonado al decir: ´es un pueblo más numeroso y más alto que nosotros, las ciudades son grandes y sus murallas llegan hasta el cielo. Y hasta gigantes hemos visto allí." (Deut. 1,25-28)

    El pueblo estaba ciego no sólo para las obras de Dios, sino para sus motivos: atribuía a odio las obras de amor; confundía el plan de salvación con un plan de destrucción. Por eso, debido a su incredulidad, raíz de acedia, se entristecía por lo que debería alegrarse.

    Moisés trató de alentarlos moviéndolos a creer en el amor y en la asistencia de Dios: "Yo os dije: `No os asustéis, no tengáis miedo de ellos. El Señor vuestro Dios, que marcha delante de vosotros, combatirá por vosotros, como visteis que lo hizo en Egipto, y en el desierto donde has visto que el Señor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo de este camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar. Pero ni aún así confiasteis en el Señor vuestro Dios que era el que os precedía en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la noche para alumbrar el camino, y con la nube durante el día." (Deut. 1,29-33)

    A pesar de las muestras de amor y de asistencia divina que el pueblo había visto - como le recordaba Moisés - se mantenía ciego. ¿Cuál iba a ser el castigo?: "esta generación incrédula, no verá la tierra prometida ni entrará en ella".

    Su ceguera, su increduliad, su acedia, se harán proverbiales. Los rabinos hablarán de ella como "la generación del desierto" y la enumerarán en una misma lista con otras generaciones impías: la generación del Diluvio y la generación de Sodoma. Ninguna de esas generaciones, piensan los maestros de Israel, heredarán la tierra, ni entrarán en el siglo futuro: "El Señor oyó el rumor de vuestras palabras y en su cólera juró así: ´Ni un solo hombre de esta generación perversa verá la espléndida tierra que yo juré dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Yefunné´" (Deut. 1,34-36)

    Jesús: Explorador y Testigo

    El diálogo de Jesús con Nicodemo (Juan 3,1-21) presenta a Jesús como Explorador, que viene a dar testimonio de la verdadera Tierra Prometida: el Reino de Dios, que viene. El pasaje del evangelio según San Juan está lleno de alusiones al episodio que tratan Números 13-14 y Deuteronomio 1,19-46.

    Jesús se presenta como testigo de lo invisible, sabiendo de antemano que lo hace ante un pueblo rebelde que no ha creído en otros testimonios acerca de lo visible: "En verdad, en verdad te digo, nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la Tierra no creéis ¿cómo vais a creer si os digo cosas del Cielo? Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre que está en el Cielo." (Juan 3,11-13; ver Num 14,7-9)

    En aquel entonces la generación incrédula no pudo ver ni entrar en la Tierra Prometida y tuvo que venir una nueva generación para verla y entrar en ella. Ahora, para ver el Reino y entrar en él, es necesario nacer de nuevo, pertenecer a la nueva generación bautismal, nacida del agua y del Espíritu. (Juan 3,3.5)

    Jesús ve en la incredulidad contra la que él choca, la prolongación de un mismo misterio. Jesús hablará de "esta generación", no en sentido temporal cronológico, sino con el mismo sentido acuñado por la escolástica rabínica:

    "Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser dice: ¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal" (Marcos 8,12)

    "Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Marcos 8,38)

    "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?" (Marcos 9,19)

    "¿Con quién compararé a esta generación? Se parece a los niños sentados en las plazas..." (Mateo 11,16).

    "Esta generación", en boca de Jesús, se dice en el sentido de raza; de descendencia rebelde de la serpiente rebelde. Es la acedia hereditaria que hemos señalado antes. Son los descendientes de los que quisieron apedrear a Moisés y a los exploradores (Números 14,10; Exodo 17,4), de los que se burlaban de Eliseo y de los que no recibieron a los enviados de Dios. A ellos refiere Jesús la parábola de los viñadores homicidas (Marcos 12,1-12).

    La acedia de Pedro ante la Cruz

    Por eso, cuando Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la Cruz, se hace acreedor del nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de escándalo (Mateo 16,18), no sólo para los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo. (Mateo 16,23)

    También Pedro estaba ciego. Una vez curado de su mal de acedia, el mismo apóstol, "confirmará a sus hermanos" (Lucas 22,31-32) y enseñará la bienaventuranza de la Cruz: "Si sufrierais a causa de la justicia, dichosos vosotros... Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado... No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el nombre de Cristo... Si alguno tiene que sufrir por ser cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre."

    Esta es la fe de Pedro, la "piedra" fundamental de la doctrina y de la parenesis martirial sobre el bautismo.

    Pablo hablará, llorando, de los enemigos de la Cruz de Cristo (Filipenses 3,17-19). La suya es una tristeza cristiana a causa de la tristeza carnal. Para Pablo la gloria estará en la Cruz de Cristo. En su perspectiva, cristiana, el horror a la Cruz, el horror al martirio, el horror al sufrimiento por ser cristiano, el horror a la bienaventuranza, es acedia.

    Esta recorrida algo prolija por episodios y textos bíblicos relativos a la acedia, pero muchos de ellos no referidos por lo común explícitamente a ella, habrá servido - esperamos - para familiarizar al lector con el ámbito de actitudes de espíritu ejemplares y arquetípicas de la acedia. Servirá de orientación y fundamento de lo que sigue.



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