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Autor: | Editorial:



Acedia y Martirio


A partir de esta fe, se elabora la espiritualidad martirial de los primeros siglos de la Iglesia, en la cual la acedia aparece en un triple aspecto:

  • la causa del martirio es acedia en el perseguidor
  • el miedo al martirio es acedia en el cristiano que lo teme
  • el Demonio, por acedia, inspira y mueve a los perseguidores; procura de todos modos corromper el juicio y sentir de los mártires, hacerlos apostatar mediante los tormentos y el temor a la muerte. Y, cuando no lo logra, trata de impedir o postergar su martirio, para evitar su victoria.


    3.1.) Acedia de los perseguidores

    Veamos en primer lugar algunos ejemplos de la acedia de los perseguidores, quienes por dispercepción persiguen a los buenos como si fueran malos.

    A esa acedia o envidia, cuando es de parte del pueblo elegido, las fuentes cristianas le dan el nombre de "celo". En el Nuevo Testamento y en la literatura cristiana primitiva - como por ejemplo la carta de San Clemente - tanto Jesús como sus discípulos han sido perseguidos por los judíos "dia zelon": por acedia.

    Pilatos sabía que le habían entregado a Jesús "por acedia." San Justino se hace eco de esa convicción de la Escritura y de la Tradición cristianas en el siguiente pasaje: "En los libros de los profetas, hallamos anunciado de antemano, que Jesús, nuestro Mesías, había de venir... había de ser envidiado (fthonouménon), no reconocido y crucificado."

    Los judíos "se llenan de acedia" viendo la multitud que escucha a Pablo (Hechos 13,45). También "llenos de acedia" se le oponen en Tesalónica y promueven una persecución violenta (Hechos 17,5) Pablo dirá en otro lugar que hay quienes predican a Cristo "por acedia" y por afán de afligirlo y de oponérsele.

    San Clemente romano, en su Carta a los Corintios, al hacer su diagnóstico pastoral acerca de las causas de la división de la iglesia en Corinto, afirma que se trata del mismo mal de acedia a causa del cual fueron perseguidos Pedro, Pablo y, tras sus huellas, innumerables cristianos:

    "Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles. A Pedro, quien por inicua emulación, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más trabajos. Y después de dar así su testimonio, marchó al lugar de la gloria que le era debido. Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. Por seis veces fue cargado de cadenas; fue desterrado y apedreado; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanzó la noble fama de su fe; y después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite del Occidente y dado su testimonio ante los príncipes, salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de paciencia.

    "A estos hombres que llevaron una conducta de santidad vino a agregarse una gran muchedumbre de escogidos, los cuales, después de sufrir por envidia muchos ultrajes y tormentos, se convirtieron entre nosotros en el más hermoso ejemplo. Por envidia fueron perseguidas mujeres, nuevas Danaidas y Circes, las cuales, después de sufrir tormentos crueles y sacrílegos, se lanzaron a la firme carrera de la fe, y ellas, débiles de cuerpo recibieron generoso galardón."

    El judaísmo se opuso a los cristianos por intereses religiosos y alegando motivos religiosos. Las primeras resistencias que levantó en ambiente pagano tuvieron, en cambio, motivos económicos.

    Un arquetipo de esta acedia pagana por motivos económicos es el episodio de los porquerizos de Gerasa (Marcos 5,14-17). En Filipos los amos de la muchacha esclava que les producía mucho dinero, alborotan la ciudad para expulsar a Pablo, porque éste la había exorcizado y les había arruinado su negocio (Hechos 16,16-24). La revuelta de los orfebres en Éfeso se debe a que el cristianismo amenazaba la venta de idolillos y los negocios dependientes del templo de Artemisa. (Hechos 19,23-40)

    Sólo más tarde, a partir de Nerón, la persecución a los cristianos tuvo motivaciones político-culturales bajo pretextos jurídicos. Pero siempre subsiste el componente económico. Plinio el Joven, hacia el año 112, escribe a Trajano:

    "El contagio de esta superstición ha invadido no sólo las ciudades sino también los campos; mas al parecer aún puede detenerse y remediarse. Lo cierto es que como puede fácilmente comprobarse, los templos, antes ya casi desolados, han empezado a frecuentarse, y las solemnidades sagradas, por largo tiempo interrumpidas, nuevamente se celebran, y que, en fin, las carnes de las víctimas, para las que no se hallaba antes sino un rarísimo comprador, tienen ahora excelente mercado."

    De parte de los paganos y de las autoridades imperiales, la acedia se manifiesta ante la constancia de los mártires en la profesión de su fe, la cual ellos confunden con rebeldía y contumacia.

    Así por ejemplo Plinio el Joven, no ve en la constancia de aquellos cristianos ante su tribunal sino una pertinacia inflexible, una rigidez, que debe ser castigada.

    Cuando prenden al anciano obispo Policarpo, unos paganos lo suben primero lisonjeramente a un carruaje, pero ante su negativa a apostatar lo arrojan del carruaje en marcha y lo arrastran al juez.

    El emperador Marco Aurelio también juzga duramente la firmeza de los mártires. Para él es pura obstinación, afán de contradecir y de oponerse, alarde de teatralidad. Bajo su gobierno, fueron torturados los mártires de Lyon, las actas de cuyo martirio recoge Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica. La pasión de estos mártires es un ejemplo de cómo su constancia exasperaba a sus torturadores porque no podían comprenderla y en vez de conmoverlos los impulsaba a extremar las crueldades:

    "Maturo y Santo, como si nada hubieran sufrido antes, tuvieron que pasar otra vez en el anfiteatro por toda la escala de torturas; o por mejor decir, como habían ya vencido a su adversario en una serie de combates parciales, libraban ahora el último sobre la corona misma. Restallaron pues, otra vez los látigos sobre sus espaldas, tal como allí se acostumbra , fueron arrastrados por las fieras, y sufrieron, en fin, cuanto una plebe enfurecida ordenaba con su gritería, resonante de unas y otras graderías. El último tormento fue el de la silla de hierro al rojo, sobre la que dejaron carbonizarse sus cuerpos hasta llegar a los espectadores el olor a carne quemada. Mas ni así se calmaban, antes bien se ponían más frenéticos, empeñados en vencer la paciencia de aquéllos. Mas ni con toda su rabia y empeño lograron oír de labios de Santo otra palabra que la que estuvo repitiendo desde que empezó a confesar su fe. Así, pues, estos dos, como aún seguían con vida para mucho rato no obstante el magno combate sostenido, fueron finalmente degollados, hechos aquel día espectáculo para el mundo, supliendo ellos solos todo el variado y extenso programa de espectáculos que solían dar los gladiadores."

    El tormento - como se ve - no tenía lugar privadamente, en el cadalso de una cárcel, de una guarnición o de un tribunal, sino en el estadio o anfiteatro, delante de la multitud. Prueba de hasta qué punto se sentía la contumacia de los cristianos como un desafío, y la lucha por doblegarla como un grandioso y excitante espectáculo circense. El circo dio notoriedad pública a la conducta cristiana. Fue un cruel género de propaganda, pero propaganda al fin - como lo demostró la historia - para la fe cristiana.

    La acedia de los torturadores está clara: ceguera para el bien y furia como si fuera un mal:

    "Unos bramaban y rechinaban los dientes contra los cadáveres, buscando tomar de ellos no sabemos qué otra venganza peor; otros se reían y hacían chacota, al mismo tiempo que exaltaban el poder de sus ídolos, atribuyéndoles el castigo infligido a los cristianos. Otros, por fin, más moderados y mostrando al parecer cierta compasión, nos dirigían el mayor sarcasmo diciendo: ´¿Dónde está el Dios de esta gente y de qué les ha valido una religión por la que no han vacilado en sufrir la muerte?´"

    El martirio se convertía así en una especie de sangrienta competición deportiva entre la mansedumbre de los cristianos y la violencia y crueldad de los que se empeñaban en doblegar su fidelidad y hacerlos apostatar: el juez, los verdugos, la multitud impía. Todos los tormentos imaginables se empleaban para doblegarlos.

    En Lyon la acedia, convertida en odio se extendió a las santas costumbres cristianas y a los contenidos de la fe. Tanto para evitar que los cristianos pudieran recoger amorosamente los cuerpos de sus mártires, como para oponerse a la resurrección en la que los mártires creían y por la cual eran capaces de sufrir la muerte, los perseguidores quemaron a sus víctimas y arrojaron sus cenizas al río, pensando en su ingenuo materialismo que con eso aniquilaban la esperanza cristiana:

    "Así pues, los cuerpos de los mártires, sometidos a todo género de ultrajes (dejados insepultos, arrojados a los perros) permanecieron seis días a cielo raso, y luego, quemados y reducidos a cenizas fueron arrojadas éstas en un montón al río Ródano, que corre allí cerca, con la deliberada intención de que no quedara rastro de ellos sobre la tierra: ´que no les quede, decían los paganos, ni esperanza de resucitar, pues fundados en esa esperanza tratan de introducir entre nosotros una religión extranjera y nueva y desprecian los tormentos, dispuestos a morir y aún a morir alegremente. Vamos a ver ahora si resucitan y si su Dios puede socorrerlos y sacarlos de nuestras manos´."

    Este trágico malentendido de los incrédulos ante los creyentes recuerda el conciliábulo de los impíos en el libro de la Sabiduría: "Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues según él, Dios le visitará" (Sab. 2,20).

    Burla a los mártires

    La acedia de los perseguidores no se manifestaba solamente como crueldad y odio. A la violencia se sumaba, y se mezclaba con ella, la burla y el menosprecio. Es famoso el graffitto romano del Palatino, del siglo III, que representa a un hombre adorando a un crucificado con cabeza de burro y la leyenda explicativa: "Alexamenos adora a su Dios". Teófilo de Antioquía escribe: "En cuanto a reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices... Nosotros nos llamamos cristianos [es decir: "ungidos"] porque nos ungimos con el perfume de Dios."

    Los compañeros del judío Trifón se ríen una y otra vez de los argumentos de Justino: "Soltaron entonces nuevamente la carcajada los compañeros de Trifón, y se pusieron a gritar descortesmente." Justino, dignamente, amenaza con irse, interrumpiendo el diálogo, pero cede a las instancias de Trifón: "Con tal de que no se alboroten tus compañeros, y no se conduzcan tan descortesmente. Si quieren, que escuchen en silencio."

    Uno de los motivos del menosprecio hacia los cristianos, como es sabido, eran las calumnias que corrían acerca de ellos entre los paganos. Esas calumnias tenían su origen en malinterpretaciones de los sacramentos y costumbres cristianas. El misterio de la Eucaristía - por ejemplo - dio lugar a la acusación de antropofagia. La costumbre de llamarse hermanos, a la acusación de incesto.

    Justino interpela al judío Trifón y a sus compañeros, preguntándoles si también ellos creen de los cristianos lo mismo que los paganos: "¿Hay alguna cosa más que nos reprochéis, amigos, o sólo se trata de que no vivimos conforme a vuestra ley, ni circuncidamos nuestra carne, como vuestros antepasados, ni guardamos los sábados como vosotros? ¿O es que también nuestra vida y nuestra moral es objeto de calumnias entre vosotros? Quiero decir, si es que también vosotros creéis que nos comemos a los hombres, y que, después del banquete, apagadas las luces, nos revolcamos en ilícitas uniones."

    El texto de Justino reviste especial interés porque resume los motivos de la acedia anticristiana entre judíos y paganos. Calumnias de este tipo motivaban y justificaban el odio público y las crueldades populares contra los cristianos, a quienes, desde el rescripto neroniano, se los acusaba del crimen de "odium generis humani". Algo así como de "enemigos del hombre".

    Justino, como vimos, argumenta afirmando que los cristianos son ungidos y por eso perfumados con un perfume divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos "buen olor de Cristo". San Agustín alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores: "Somos buen olor de Cristo en todo lugar... Siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para otros, olor de muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven. En efecto, si los santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los santos comenzó a sufrir persecución; pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los rompían, tanto más se difundía su aroma."

    La acedia de Herodes

    Bien puede considerarse la acedia de Herodes como un ejemplo arquetípico de acedia persecutoria (Mateo 2,1-18). En el relato de Mateo no se nos dice explícitamente que Herodes quería matar al niño Mesías por considerarlo su rival. Era innecesario decirlo por obvio.

    Herodes es, pues, un arquetipo evangélico de las motivaciones de la envidia anticristiana en el corazón de los poderosos de este mundo,los cuales tiesnen su gloria en el poder, el honor y el dinero. Ven la gloria del Mesías como una amenaza para su propia gloria. Herodes en vez de alegrarse con la llegada del Deseado de los justos de Israel: "se turbó" (2,3) y luego, al verse burlado por los Magos "se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo" (2,16)

    A lo largo de su historia, la Iglesia volverá una y otra vez a tener que enfrentar el recelo y la emulación de los poderosos de este mundo: de los emperadores romanos, de los reyes absolutistas, de los estados ilustrados, racionalistas, liberales, totalitarios.


    3.2.) Acedia de los perseguidos

    Padecen también acedia los cristianos que no aceptan el martirio - ya sea para sí, ya sea para otros - y "se avergüenzan" de la Cruz de Cristo, del combate de los mártires, o de los sufrimientos que ellos mismos han de abrazar para ser verdaderos discípulos y alcanzar la vida eterna.

    La literatura cristiana confortatoria comienza ya con las enseñanzas de Jesús mismo. Los Santos Padres, Ignacio de Antioquía, Justino, Orígenes, Tertuliano, San Cipriano, y otros escritores eclesiásticos como Prudencio, han dejado escritos con enseñanzas sobre el martirio.

    Aunque la perspectiva del martirio siempre es temible, y la pastoral del martirio puedan hacerla competentemente sólo los que tienen pasta para padecerlo, la doctrina es clara y aceptada en la Iglesia. Y no necesitamos demostrar que el temor al martirio sólo pueda provenir de nuestra ceguera y acedia.

    A este propósito pueden traerse aquí las palabras del mártir Ignacio de Antioquía cuando ruega a los romanos que no traten de intervenir para impedir su martirio. Ignacio califica esa mal entendida piedad como un acto de acedia:

    "Perdonadme: yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga por acedia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo. De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra... Perdonadme hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios; no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a mí me apremia, que tenga lástima de mí."

    El mártir considera el martirio contra toda apariencia humana:

    "Estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es encontrarse en medio de Dios. Lo único que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo."

    Y eso no es fácil. Ignacio confiesa que debe luchar - valga la redundancia - contra la acedia que lo asedia:

    "En realidad, altos son mis pensamientos en Dios; pero he tenido que moderarme a mí mismo, para no perecer por vanagloria. Porque ahora tengo mayores motivos de temer y necesito no prestar atención a los que me engrandecen. A la verdad los que me alaban es como si me azotasen. Cierto que deseo sufrir el martirio; pero no sé si soy digno de ello. Porque mi acedia (zélos) no la ven los demás, pero tanto más me combate a mí. Necesito pues de la mansedumbre en la cual se desbarata al príncipe de este mundo."

    La única explicación de que alguien pueda buscar el martirio como Ignacio, a pesar de la tentación de acedia, es que una fe muy grande y un amor apasionado por Jesucristo determinan su manera de ver y de pensar, imponiéndose sobre la óptica contraria: "Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo... Si lograre sufrir el martirio, quedaré liberto de Jesucristo y resucitaré libre en Él. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno."

    La doctrina tradicional sobre el martirio, no es invención de teólogos teorizantes, ni pastores edificantes o rigoristas. Fue formulada por los mismos mártires y abonada por el testimonio de su vida y muerte.

    Y bien, esa doctrina es terminante. San Ignacio de Antioquía la enseña: cuando el mártir desea sufrir su martirio, empeñarse en impedírselo es acedia, y equivale a hacerle el juego al diablo. Las Actas de los Mártires abundan en ejemplos que abonan lo dicho.


    3.3.) Acedia del Demonio

    El Príncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es él el principal antagonista de los mártires. Es él el que inspira y azuza a los perseguidores. Él, el que pretende "corromper el pensamiento y el sentir" del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer apostatar al cristiano, previendo el triunfo del mártir, trata de impedir o de postergar la hora del martirio.

    El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina común en la Iglesia de los primeros siglos acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para Prudencio, la historia de la salvación, no sólo en las situaciones de martirio sino también en las luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de confrontaciones entre la envidia destructiva del demonio y la Gracia Salvadora de Dios.

    En su obra Peristéfanon el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo, mediante su pasión y resurrección, sobre la envidia del demonio.

    Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Peristéfanon, son modelos que el poeta destaca para inspirar y animar a los cristianos del común, que están empeñados en el combate de la vida cristiana: modelos que han de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna de redimidos que rechazan las tentaciones.

    En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y manifiesta su temor de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio usa una expresión tradicional en la Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y para la Iglesia de su época, el demonio era el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que trata del origen del pecado, Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima autoridad divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder del hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y perseguían injustamente al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del Tirano.

    Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca del juez sin que éste comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la muerte de Cipriano, con lo que impedía su coronación.

    En atención a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como ejemplo de fidelidad a las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atrás hacia la vida supersticiosa y pecadora de su pasado pagano. La envidia tiránica, cobrando forma de clemencia acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atrás. Pero Cipriano quiere dar ejemplo de fortaleza a toda su grey y Jesús le concede la gracia de convertirse en un conductor de mártires (dux cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, creíble y autorizado porque practicó lo que predicaba.

    Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio. El martirio de Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un ejemplo influyente y un modelo de conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes. Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos comunes vencerían las tentaciones de la carne con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo efímero.

    En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una gracia que hay que implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido a morir.

    Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a la lucha de los fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos que exige la vida cristiana, han de comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia satánica, la cual sigue operando en sus tentaciones.

    Otro autor en el que encontramos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la persecución y el martirio es San Justino. Este les reprocha a los paganos el injusto trato que infieren a los cristianos y lo atribuye a instigación de los demonios, en estos términos: "nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y de no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta, y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento."

    En el Acta del Martirio de Policarpo leemos que es el diablo quien instigaba a los que "sentados a su lado, con taimado e insistente discurso, trataban de arrancarle alguna palabra sacrílega, y así le decían: ´¿Qué mal hay en decir: ¡Señor César! y sacrificar?´ Y todo lo demás que por instigación del diablo se suele en estos casos sugerir."

    En el martirio de Perpetua y Felicidad leemos: "contra estas mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre."

    En las visiones que tiene Perpetua en la prisión, se ve a sí misma en lucha contra el demonio, que se le muestra en forma de dragón o en forma de un gladiador egipcio, al que ella vence, transformada en gladiador varón y asistida por un misterioso "lanista" o entrenador de gladiadores que parece ser Cristo: "Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza. El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo de premio. El me besó y me dijo: Hija, la paz sea contigo. Y me dirigí radiante hacia la puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte."

    Perpetua superó también otras pruebas del Maligno: las de los afectos del corazón humano. Pruebas estas mucho más crueles y dolorosas, y por las que podía agigantarse, para un corazón femenino, la tentación de entristecerse por su martirio: desprenderse de su hijo de pecho, desoír las súplicas desgarradoras de su padre, permaneciendo inflexible ante sus clamores desesperados. Perpetua era la hija predilecta de su padre. Este era un cristiano débil que no comprendía ni quería saber nada de martirio y a quien la persecución, arrebatándole con el mismo zarpazo a la esposa y los hijos, iba a dejar solo y desesperado. Como dice Perpetua dolorida y pensativamente: "era el único que no iba a alegrarse". Pero ella cargaba sobre sí también ese dolor de su progenitor, y el que le producía la imposibilidad de ceder para consolarlo; pasando así por insensible, desamorada o despiadada, ante el autor de sus días. No poder doblegarse a esos ruegos fue quizás mucho más duro para Perpetua que desoír las amenazas y superar los tormentos de los enemigos.

    La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el sacrificio de sus mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar más que a los suyos; más que a su esposo, que a su padre y a su hijo.

    Es clarísimo, pues, para los mártires, que la lucha, su lucha, no es "contra hombres" (Efesios 6,12); sino contra las potestades demoníacas. O como prefiere llamarlas Ignacio de Antioquía: el príncipe de este mundo.

    El martirio se prorroga a menudo, por obra del demonio, porque éste teme su derrota. Por eso, es el mártir mismo el que, lejos de huirla, sale al encuentro de la muerte como a una victoria.

    La mártir Felicitas, ruega para que se adelante el parto de su hijo y poder así obviar el impedimento legal que no le permite participar en el martirio con su amiga Perpetua y sus demás compañeros. El Señor atiende sus oraciones y se sirve adelantar su parto al octavo mes.

    De Perpetua, leemos que: "ella misma llevó a la propia garganta la diestra vacilante del gladiador novato. Tal vez mujer tan grandiosa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella misma no lo hubiera querido." A esa altura del martirio, la muerte de la santa era una derrota para el enemigo. Y lo fue la decisión de Perpetua de aceptarla tan animosa y decididamente.

    Ya vimos cómo Ignacio de Antioquía previene a los fieles de Roma para que no impidan su martirio convirtiéndose en aliados del demonio que se lo quiere impedir, ya sea haciendo que lo rechace por acedia, ya sea que acepte ser sustraído por los buenos oficios de otros, ya sea evitando que las fieras lo despedacen o postergándolo de cualquier otro modo:

    "El príncipe de este mundo está decidido a arrebatarme y corromper mi pensamiento y mi sentir, dirigido todo a Dios. ¡Que nadie pues, de los aquí presentes le vaya a ayudar; poneos más bien de mi parte, es decir de parte de Dios. No tengáis a Jesucristo en la boca y luego codiciéis el mundo. Que no more entre vosotros ninguna clase de envidia [baskanía]"

    También es el mismo demonio quien impide que se recojan las reliquias del mártir para honrarlas con amor: "El diablo, que siempre es enemigo de los justos, como viera la fuerza del martirio y la grandeza de la pasión, su vida entera irreprensible y el mérito aún mayor de su muerte, excogitó el modo para que no pudieran retirar los nuestros el cuerpo del mártir, por más que había muchos que deseaban tener parte en sus santos despojos."



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