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Autor: | Editorial:



La civilización de la acedia


Después de habernos referido a las enseñanzas sobre la acedia que se desprenden de la Sagrada Escritura y de la experiencia del martirio, corresponde ahora describir diversas formas de este mal espiritual, tal como se ha dado y se da en nuestro tiempo y entre nosotros. Ya tuvimos ocasión antes, a propósito de algunos pasajes bíblicos - como por ejemplo el de Mikal en la traslación del Arca - de referirnos, por adelantado, a fenómenos de acedia tomados de nuestra actual experiencia.


4.1.) El abandono del fervor religioso

Dijimos cómo la dulzura del amor a Dios puede agriarse y el fervor enfriarse.

Esto es algo que sabemos, tanto en teoría como por experiencia, sobre todo los religiosos. Y digo sobre todo nosotros, porque es sobre todo a nosotros que se nos ha advertido de ese peligro ya desde el noviciado, cuando por lo común nos parecía una posibilidad más bien teórica; pero también, porque es sobre todo a nosotros que nos pasa el enfriarnos, y agriársenos el vino de la caridad, a pesar de todas las advertencias. A Santa Teresa le pasó; y en sus escritos se puede ir a ver la descripción de su crisis espiritual, que fue una crisis de acedia.

Sin saber cómo ni por qué - esto es cosa que vamos a tratar de comprender y explicar en el capítulo séptimo - por una lenta e insensible transformación espiritual, lo que un día resultaba dulce y fuente de dulzura, lo que encendía en calor de devoción, lo que hacía fácil pagar los costos de vivir según Dios, termina haciéndose tedioso, insoportable. Entonces, si no se supera la prueba, perseverando en la noche, se puede involucionar y regresar del espíritu a la carne.

Entonces se descalifica lo vivido para justificar lo que se vive. Se justifica - racionalizándola - la ruptura de la conciencia con su historia anterior.

Junto con lo vivido se descalifica a los autores, libros y maestros espirituales, que iluminaron y nutrieron un día el fuego de los entusiasmos y los fervores de la conversión. Se queman, real o figuradamente, libros, notas y diarios espirituales; algunas veces con asco, y en ocasiones hasta con saña; otras veces con vergüenza por aquel tiempo en que sinceramente se buscaba a Dios; a menudo por simple pérdida del interés y deslizamiento en la indiferencia.

La vida sacramental, que fue fuerza y alimento para andar alegres por el camino de Dios y los rumbos de sus promesas, se convierte en una obligación y una carga. Cuando se puede, como es el caso de los laicos, se la abandona. Cuando no se puede, como suele ser el caso de los religiosos, por lo general más atados por compromisos institucionales, se la mantiene formalmente: "este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí." (Isaías 29,13) O refunfuñando, como murmuraban los israelitas en el desierto: "estamos hartos de este manjar miserable." (Números 21,5)

A semejanza del pueblo de Israel que "se impacientó por el camino" (Números 21,4), se abandona el de las virtudes teologales y se rumbea por otros, de vuelta a Egipto y a los consuelos que dan las creaturas.

Este fenómeno no es exclusivo de la vida religiosa. Se da en todos los ámbitos de la vida eclesial, en todos los cuales, sin excepción, es dable observar procesos de regresión espiritual, en sentido contrario al de la conversión.

Después de haberse convertido de la embriaguez de las creaturas y del mundo y haberse vuelto hacia Dios, se retorna de Dios hacia la mundanidad. Como lo lamentaba ya el apóstol en la comunidad primitiva:

"Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido,volverse atrás del santo precepto que les fue trasmitido. Les ha sucedido lo de aquel Proverbio (26,11) tan cierto: `el perro vuelve a su vómito´ y `la puerca lavada, a revolcarse en el barro´" (2°Pedro 2,22)

El retorno al mundo y la apostasía son a veces claros y ruidosos. Otras veces, en cambio, lo mundano se reencuentra y se instala dentro del ámbito eclesial o congregacional, y es ahora allí donde se busca el vano honor, el poder y hasta el lucro. En estos casos, la apostasía puede seguir recubriéndose con las formas de la religiosidad.

En ese mundo de apariencia intraeclesiástica, donde las etiquetas de la piedad siguen usándose para encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios intereses en vez de los de Cristo, se ha perdido el gozo de la gracia. Por eso prospera allí la acedia de quienes se ensombrecen ante los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía. En lugar del gozo de la gracia puede encontrarse entonces, como sucedáneos, unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la realización de los propios planes y propósitos.

Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos
entre las últimas cenizas del amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita algún calor, se le proporciona el de las emociones - que ojalá sean siempre inocentes - de la industria del entretenimiento. Da pena ver a religiosos - y porqué no, también a los cristianos, destinados por vocación bautismal a fermentar el mundo - en contemplación ante la televisión como ante un sagrario.


4.2.) La honorable apostasía

"No se trata de apostasías alocadas" decía Dimas Antuña, describiendo el abandono o el descuido práctico de las virtudes teologales en la vida de muchos "buenos cristianos". A veces la acedia es una melancólica renuncia a los gozos de la caridad, para refugiarse, quizás con desesperanzadas o desesperadas añoranzas, en la práctica honrada de las virtudes morales y humanas. Para eso - observaba agudamente Antuña - no se necesita el Bautismo, y los paganos supieron escalar dignamente, sin él, altas cumbres morales.

Cuando se ha agriado el mosto de las virtudes teologales, hay una forma de compensar el desconsuelo y la desesperanza resultantes del alejamiento de lo divino, que consiste en volcarse a la búsqueda de la grandeza de lo humano.

La acedia es tristeza opuesta al gozo de la caridad, pero no se opone a otros gozos. Antes al contrario, impulsa a volverse, por compensación, hacia otros; como son la afabilidad, la elevación y la nobleza del trato, la generosidad, el culto de las amistades, de los vínculos familiares o sociales, la beneficencia, las actividades generosas y altruistas, la cultura literaria y artística, el culto del trabajo o de la profesión.

Cuando se cultiva las virtudes humanas en lugar de las teologales, volcando en ellas todas las energías del alma, hasta parece que se las hace florecer más que entre los creyentes. Y, si se hace de ellas motivo de gloria, se las cultiva con fervor religioso.

Pero no hay que dejarse deslumbrar incautamente por el brillo de las virtudes humanas cuando éstas se nutren de la savia restada a las teologales.

Cuando el hombre ha perdido de vista la bondad de Dios y busca consuelo en la contemplación de su propia bondad, logrará quizás extremarse en el cultivo y el logro de metas morales, aventajando en apariencia en eso incluso a muchos creyentes, pero su esfuerzo moral está secretamente viciado en su raíz por la autocomplacencia y, no raras veces, por el menosprecio hacia la fe de los creyentes. No estamos lejos de la autojustificación por las obras de la ley, contra la que Pablo luchó siempre tan ardientemente y que vuelve a introducirse por la puerta de atrás.


4.3.) De la tristeza a la aversión

La acedia va animada por la doble dinámica que define al pecado: Aversio a Deo et conversio ad creaturas (apartarse de Dios y volverse a las cosas.)

Fuerza teófuga y cosípeta

Hay que reconocer, con todo, que ir a refugiarse en el consuelo de las virtudes morales y humanas cuando se han abandonado las teologales, no es la peor forma de fuga hacia las cosas. Dice Santo Tomás, citando a Aristóteles: "nadie puede permanecer largo tiempo en la tristeza, sin delectación". Y comentando estas palabras del Filósofo, continúa: "es necesario que de la tristeza se origine alguna otra cosa. Y esto puede suceder de dos maneras: la primera, alejándose el hombre de las cosas que lo contristan [llamémosle la fuerza teófuga de la acedia], y la otra, pasando a otras cosas en las que se deleita [llamémosle la fuerza cosípeta de la acedia]. Como es el caso de aquellos que no pueden gozarse en las delectaciones espirituales y por eso se entregan a las corporales."

Por una lógica interna, la pérdida del gozo de Dios, que tiene su fuente en la fe, tiende a dejar al hombre a merced de los apetitos y placeres naturales. En la "rodada cuesta abajo" que origina la fuerza cosípeta de la acedia, hay muchos niveles y escalones. Y el que nos ha ocupado no es el más bajo.

En cuanto a la fuerza teófuga, tiende, como vimos, a convertirse en teófoba. Es decir, a convertirse de tristeza en odio a Dios. Santo Tomás, sobre las huellas de Aristóteles, explica convincentemente la mecánica de dichas pasiones en estos términos: "así como de la delectación se origina el amor, así de la tristeza el odio. Porque así como somos movidos a amar lo que nos deleita, en cuanto que por eso mismo lo consideramos bajo la razón de bien, igualmente nos inclinamos a odiar las cosas que nos contristan, en cuanto por este concepto las consideramos malas."

Siendo la acedia tristeza por el bien de Dios, y por todos los bienes espirituales derivados y conexos con dicho bien, esos bienes, en cuanto que entristecen, terminan por hacerse odiosos como veremos comprobado por múltiples hechos de experiencia.


4.4.) El combate de la filantropía contra la caridad

Del odio contra Dios y contra el nombre católico nació la impugnación de la caridad en nombre de la filantropía.

La reducción de las Virtudes Teologales a su versión secularizada, operada por la Ilustración racionalista, apuntaba a "aplastar a la infame", o sea a la Iglesia Católica. La acedia alcanzaba así - en ese movimiento histórico, primero religioso (la Reforma), luego cultural (la Ilustración racionalista) y por fin político (la Revolución Francesa y el Terror) - su culminación lógica en el odio. Por odio se pretendió la sustitución de todo lo católico, la ruptura con el pasado y la Tradición, la aniquilación de la Iglesia, sin retroceder ante la eliminación selectiva de cabezas o el etnocidio. Se sustituyó el almanaque y el culto; la fe por la razón, la caridad por la fraternidad, la esperanza por las utopías sociales y se intentó terminar con la era cristiana.

Los mitos dieciochescos reaparecieron en el siglo diecinueve con ligeras variantes. A la fraternidad como sucedáneo de la caridad vino a sustituirse la filantropía.

La fuga desde Dios hacia la humano se convirtió en dogma y en sistema de racionalistas y librepensadores, herederos de la saña anticatólica de raíz protestante y tronco jansenista.

El mito del progreso legitimó el etnocidio de las poblaciones católicas, consideradas bárbaras y atrasadas.

El catolicismo y el clero fueron considerados como causas del retraso y la barbarie de esos pueblos. Con estos esquemas dogmáticos pensaron en el Río de la Plata un Domingo Sarmiento y un José Pedro Varela, voceros de una clase de doctores, sacerdotes y levitas de la nueva religión del Progreso. Fue razón contra fe, filantropía contra caridad, progreso contra esperanza.

La sustitución de la trilogía de las virtudes teologales por una trilogía de virtudes humanas, cambió al Dios Trino y Uno de la Revelación, primero por el Dios de la Razón deísta y luego, desembozadamente, por los naturalismos crasos, los panteísmos, los materialismos. Era a la cultura entera, a la civilización de Occidente, a la que se pretendía - y se logró en gran medida - apartar de Dios y reconducir a las cosas. Siglo tras siglo, desde el XVIII hasta el nuestro, la acedia no cejó de corroer los bienes de que se goza la caridad, con una constancia sobrehumana y por lo tanto no fácilmente explicable por factores puramente intrahistóricos.

Se ha de ponderar que cuando decimos: "bienes de los que goza la caridad" no se trata de abstracciones. Esos bienes, no fueron simplemente ideas, ni siquiera instituciones eclesiásticas. Fueron personas: hombres, familias, pueblos católicos, naciones católicas, portadoras de un modo de ver la vida, de una cultura, de una fe, de convicciones propias, y de un modo propio de concebir la existencia. El martirio alcanzó así, durante esos siglos, dimensiones de etnocidio.

Los siglos de la acedia. La civilización de la acedia

Serían nombres adecuados para darle a esa época, que habitualmente llamamos Edad Moderna, en una historia de la Virtudes Teologales que todavía está por hacerse.

No se entenderá cabalmente nuestro presente y las formas anónimas de que se reviste actualmente la acedia, a menos de examinar lo sucedido realmente en la historia con las virtudes teologales, y en particular con el gozo católico de la Caridad.

Romano Guardini ha diagnosticado sagazmente la actitud hipócrita que él llama el fraude de la Edad Moderna: "aquella doblez, que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras se reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de esa doctrina y de ese orden. Esto hizo que el cristiano se sintiera inseguro en sus relaciones con la Edad Moderna: por todas partes encontraba en ellas ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, y que, sin embargo, eran presentadas como pertenecientes al patrimonio común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio cristiano, que, sin embargo, eran esgrimidos contra él."

El nombre de la Edad Moderna parece denotar esa condición modal de oponerse al catolicismo, que la caracteriza. El anticatolicismo moderno imita los modos cristianos para combatir lo cristiano; desde la Reforma protestante misma, invocó principios de cuño cristiano e introdujo modalidades cristianas para oponerse a lo cristiano y abolirlo. Fue, como lo señala Guardini, una época que se opuso al cristianismo por impostura.

Ante esta hipocresía de la Edad Moderna, Guardini reclama: "Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación, apropiándose sin embargo de los valores y energías desarrolladas por ella; es preciso que ponga en práctica seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por El, y que tenga la experiencia de lo que eso significa."

Nosotros agregaríamos que sería conveniente y quizás necesario para que se pudieran abrir los ojos de algunos, que los gobernantes ateos de pueblos creyentes hiciesen de una buena vez la experiencia de tener que gobernar masas totalmente descristianizadas. Pues históricamente les fue fácil imponerse despóticamente a poblaciones católicas dóciles, acostumbradas a respetar la autoridad, lo que les permitió aprovecharse de sus reservas morales al mismo tiempo que hacían todo lo posible para destruir las fuentes y las raíces de esas reservas. Les fue muy fácil deshumanizar a la vez que se apoyaban en las reservas de humanidad acumuladas por siglos de fe. Guardini previno que "se va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el primero... Si el hombre actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo anterior a Cristo." Asistiremos entonces a "una tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción con la Revelación Cristiana, sino de basarla en fundamentos independientes de la misma y totalmente secularizados... La edad futura tomará en serio aquellos aspectos en que se opone al Cristianismo. Hará ver que los valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos, y el ambiente será transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y sincero."

Sería necesario - como lo ha hecho Guardini con éste -advertir y reparar también en otros hechos históricos silenciados y tenazmente ignorados, a pesar de que rompen los ojos, para comprender que la acedia, la aversión y finalmente el odio, fueron el resorte de movimientos religiosos, culturales y políticos, cuyas consecuencias continúan haciéndose sentir en nuestros días. Debido a la tiranía del pensamiento que instauró la Civilización de la acedia, hasta la misma memoria histórica ha quedado distorsionada y cercenada. Hay hechos que no se considera de buen gusto recordar y que sólo es posible volver a traer a la memoria a riesgo de ser descalificado. Hay también evaluaciones que están proscritas. Hay, por fin, una historia oficial contada por la acedia.

De poco ha valido que los grandes mitos modernos - del Progreso, de la Filantropía, del Hombre naturalmente bueno, del Estado bienhechor, de la Libertad de Pensamiento, Prensa y Comercio, de la Sociedad justa, libre y sin clases, de las Leyes del Mercado - hayan ido siendo desmentidos sarcásticamente y de manera cruel por las guerras mundiales calientes o frías, la ruina social de los pueblos colonizados, los totalitarismos de estado más brutales y embrutecedores de las sojuzgadas naciones, las persecuciones religiosas más sangrientas o taimadas y tenaces.

De poco ha valido, ante la fragilidad de la memoria de muchos y ante la penetración de la acedia en las academias históricas, que los horrores vistos en los últimos siglos, dieran el mentís más formal al optimismo antirreligioso y a las ideologías del progreso nacidas de la acedia y del odio a Dios. Aún no se han reconocido las verdaderas raíces del fenómeno que ha sumido a Occidente, y desde él al mundo, en una lluvia ácida: una lluvia de acedia.
Sería tarea y misión de algún historiador creyente ofrecernos una comprensión profética del rol que la acedia jugó como motor de la historia en los siglos de la Modernidad hasta nuestro días. Quedaría en evidencia lo que hemos tratado de esbozar aquí: que la acedia no es sólo una fuerza negativa en el ámbito individual, del alma del hombre frente a Dios, sino un espíritu que se ha mostrado históricamente como generador de filosofías, políticas, legislaciones, revoluciones, culturas y conductas; y que lamentablemente ha inspirado persecuciones a las poblaciones católicas, con guerras, deportaciones, liquidaciones, empobrecimiento y extinción por medios socio económicos, como son las medidas de política habitacional y demográfica. Un conato de etnocidio semejante al sufrido en Egipto por Israel, que - por lo visto - era prefiguración del que había de padecer la Iglesia.

Acedia y Apostasía

Consecuencia de los factores metahistóricos que han dominado estos últimos siglos del segundo milenio, ha sido la gran apostasía.

Las persecuciones siempre produjeron apostasías. Y la persecución en gran escala la produjo en gran escala. Es dentro de esa gran apostasía histórica donde han de enmarcarse las apostasías individuales para poder comprenderlas en vistas a encararlas pastoralmente. Y es - pienso - en ese marco, en que serán sopesadas por el Señor en el Juicio.

A menos de integrar entre los instrumentos intelectuales de comprensión de la historia las categorías teológicas - acedia, persecución, apostasía - las interpretaciones históricas de los creyentes, y muy particularmente las de los teólogos, seguirán girando en círculos, o resbalando por la superficie, sin encontrar rumbo cierto; sin penetrar en la comprensión espiritual de fenómenos que, sin embargo, rompen los ojos.

Pongamos por ejemplo la tirria inexplicable de estados y gobiernos contra sus propias naciones católicas; la tristeza, vergüenza o fastidio de los gobernantes por el catolicismo de sus gobernados; los ingentes esfuerzos por combatir la fe católica de los pueblos, como si la fe fuera fuente de todos los males y atrasos; o la indiferencia y la abstención de todo estímulo o protección jurídica de este bien de la Humanidad.

Esas indiferencias o tristezas por bienes que deberían alegrar, son acedia. Espontáneamente acude a la memoria el ejemplo de los diarios de viajeros protestantes a través de países católicos, como España o América española, que miraron a estos pueblos desde afuera y fustigaron sus costumbres desde sus prejuicios anticatólicos. Si en ellos esos prejuicios son comprensibles, lo son menos en gobernantes que mamaron en pechos de piadosas criollas católicas. Sin el conocimiento de la acedia y de la lluvia ácida, nos hubiera resultado del todo incomprensible la verdadera entidad espiritual y religiosa de estos hechos.


4.5.) Los "empachados" de Cristo

Como me los definió con frase certera una religiosa,son otro tipo humano que padece de acedia.

Son con frecuencia exalumnos de colegios católicos. Provienen a menudo de familias señaladas en la piedad. Suelen excusarse de no practicar ni ir a Misa los domingos, con el slogan: "ya me obligaron a ir a Misa para el resto de mi vida".

Puede decirse a veces, en su descargo, que son fruto de una cierta forma de violencia religiosa, por imposición de las formas exteriores de la piedad, desentendiéndose de la motivación interior. Pero el fenómeno merece atención y análisis, para comprender que se trata de acedia.

No pecaron de acedia cuando se los obligaba, pero sí ahora. En efecto, como nota Santo Tomás: "si uno se entristece de que alguien le obligue a hacer obras de virtud a las que no está obligado [por ejemplo asistir a la misa diaria del colegio], no peca de acedia", pero sí "cuando se contrista de las que debe hacer por Dios", como es ir a alegrarse con los demás cristianos "de la Resurrección de su Salvador y de los demás bienes de la salvación."

Como incapacidad de alegrarse en, con y por Dios, la acedia es la causa de que no se le vea sentido a la práctica dominical. Santo Tomás observa que: "La acedia contraría el precepto de la santificación del Domingo, en el cual, en cuanto es precepto moral, se manda el descanso de la mente en Dios, y a la cual santificación del Domingo se opone la tristeza de la mente acerca del bien divino."

Los católicos que no van a Misa por acedia - porque no es la acedia el único motivo de la inasistencia - son creyentes tristes o tristes creyentes, en cuanto están privados del gozo de la caridad. Lo cual no significa negar que puedan ser gente muy sana y divertida por otros motivos y en otros sentidos.

La inasistencia dominical de los católicos es un problema pastoral de primera magnitud, y la acedia que la causa es de larga data. Me ha tocado conocer catequistas que no iban a Misa los domingos y párrocos que los consideraban buenos catequistas. Nadie ignora que durante mucho tiempo se les dijo a los jóvenes que sólo había obligación de ir a Misa "si uno lo sentía". Pero no se les enseñaba - posiblemente por crasa ignorancia o crasa inadvertencia - que "no sentirlo" pudiese ser acedia, una tentación que aparta del amor a Dios. Ni se les enseñaba tampoco, que consentir la tentación de acedia, pudiese ser un pecado contra el amor a Dios. No se les enseñaba, en suma, a cumplir el primero y tercero de los mandamientos. Lo cual no es friolera.

Hay que reconocer - es verdad - que las Misas dominicales no siempre ni en todas partes relucen con el brillo festivo del gozo de la Caridad. A veces una predicación algo - o muy - jansenista, un moralismo y legalismo que culpabiliza a los asistentes, descargando sobre ellos el reproche que merecen los ausentes o los que nunca vienen, ensombrecen "la fiesta de Dios". Otras veces, como si no le bastara a la fiesta con ser fiesta y manifestar el gozo, se instrumenta la Eucaristía para otros fines, como buscándole sentido y justificación en alguna utilidad. Hay que reconocer también, que algunas manifestaciones de gozo - gritonas, estentóreas, grandilocuentes o declamatorias, echando mano a músicas profanas con letra religiosa, o a instrumentos que hablan más a la sensibilidad que al espíritu - manifiestan un tipo de gozo que no es exactamente aquél que nace de las virtudes teologales, sino más bien una cierta excitación, entre extática y orgiástica, parecida a las que provocan las sectas, con sus manipulaciones y extorsiones deshonestas del sentimiento religioso.

Gozo y consolación

La Liturgia católica enseña a distinguir entre gozo espiritual y consolación sensible. La consolación sensible brota del gozo, pero no necesariamente. Ni es misión de la ceremonia litúrgica mover a consolación sensible de los fieles ni procurarla. En la celebración litúrgica puede - y debe poder - expresarse la multitud creyente en la unidad de la fe y la caridad, pero en la multiplicidad de situaciones existenciales: espirituales, anímicas y emocionales. De ahí - como enseñaba Romano Guardini en su "Espíritu de la Liturgia" - la necesidad, sabiamente reconocida y acatada por el rito romano, de mantener una gran sobriedad emotiva, y expresar, sin notable conmoción, las verdades capaces de conmover a quien se abra y las acoja.

En efecto, el conmoverse corre por cuenta del fiel, y de la acción del Espíritu Santo en cada alma. Sería injusto imponerle a la liturgia - ni pre ni postconciliar - la misión, ni cargarla con la responsabilidad o con la culpa, del entristecimiento o avinagramiento de la Caridad en amplios sectores del pueblo católico. Pero su inasistencia a Misa arguye de la pujanza del mal de acedia.

Habrá que reconocer deficiencias en el nivel festivo de las celebraciones dominicales; habrá que reconocer quizás su mayor o menor extensión y generalización; se podrá reconocer la parte que en la acedia del pueblo pueda haber tenido la acedia intracultual, o sea: la de la comunidad cultual y la del mismo celebrante. Pero lo que nos interesaba aquí, era diagnosticar como mal de acedia una de las principales causas, ya que no la única, del conocido síndrome de abstencionismo dominical o "apostasía del domingo".

Hechos los descargos y los descuentos, dadas muchas posibles explicaciones, el hecho pastoral está ahí. Y sin diagnóstico no hay tratamiento. Reconocerlo como acedia, permite orientarse en la elección de los remedios.

Algunos apóstatas del domingo, amparándose en una alegada probidad moral, de cuya carencia acusan a los que van a Misa, no sin cierta autosatisfacción y autocomplacencia soberbiona, se muestran agriados y desconformes con todo lo que tiene que ver con la misa dominical: liturgia, cantos, predicación, y con el mismo pueblo fiel, al que miran con un cierto asco y al que fácilmente descalifican moralmente, o motejan. Falsas razones, que esconden, o no les permiten ver incluso a ellos mismos, sus verdaderos motivos. Mejor dicho, los verdaderos impedimentos, para encontrarse, no con la misa, sino con el gozo del amor de Dios, que habita, mal que les pese, entre esos fieles a los que no logran abrazar gozosamente en su corazón con caridad de hermanos. San Pablo era muy clarividente respecto de las limitaciones de los miembros de la Iglesia, pero no se entristecía ácidamente, sino que se alegraba de que Dios hubiera elegido lo que no era nada a los ojos del mundo y de que brillase la gracia de la divina elección sobre tanta humana fragilidad.


4.6.) Las campanas del Domingo

Las campanas han sido secularmente medio de expresión de los gozos y de los duelos de la comunidad creyente. Que es tanto como decir los gozos y las tristezas de la caridad.

No es de asombrarse que al acedioso, que se rehusa precisamente al gozo y al llanto de la Iglesia, le moleste el toque de las campanas del templo vecino. Lo que hay detrás de sus reclamos, no es molestia por un ruido, sino por la manifestación de los sentimientos de la fe. No se molestará ni promoverá quejas o denuncias, por escapes libres, motos, buses, jets, altoparlantes ni discotecas.

Lo asombroso es que a algunos les haya bastado el reclamo de esas almas agrias para que, sin discernir los verdaderos motivos espirituales de la protesta, y con tanta facilidad que raya en ligereza, hayan reducido a silencio las campanas.

Han dado satisfacción a la acedia, pensando quizás que era un deber de buena vecindad o hasta un asunto de derechos humanos. Pero lo han hecho a costa de los derechos de los fieles, y sin reparar en sus sentimientos. Esta insensibilidad no sólo no excusa de culpa, la agrava. Porque esa ceguera para el bien de los fieles ¿no arguye un cierto grado de indiferencia y de complicidad con los motivos de la acedia? En efecto, los derechos de los fieles que han sido pasados por alto y postergados, son los de la Iglesia, y en último término los de Dios. La equidad exigiría dar a cada uno lo suyo con igual sensibilidad para las razones de la acedia que para las de la caridad. Y no parece que el silencio de las campanas, donde se ha impuesto, haya resultado de un juicio ecuánime.

Hablando de los malvados, enemigos de los justos, dice el libro de la Sabiduría: "ellos eran insoportables para sí mismos... todo los aterrorizaba y los helaba de espanto... hasta el silbido del viento y el canto de los pajaritos en la enramada." (Sabiduría 17,17-20)

Sería triste que el terror de los malvados impusiera silencio a los pajaritos. Y más triste que los pajaritos se aviniesen a quedarse callados por ceder al capricho tiránico de los avinagrados y a sus falsas razones. Como le pasó al zorzalito de la fábula de Castellani, ante la crítica del gorrión.


4.7.) Alrededor del Corpus y otras procesiones

"Yo me acuerdo y se me derrama el alma por dentro, cómo iba entre los gritos de júbilo y alabanza de la muchedumbre festiva." (Salmo 42,5)

Me digo lo del salmo, recordando las procesiones del Corpus Christi en mi juventud, cuando pasábamos alegres por la avenida l8 de Julio, la arteria principal de Montevideo. Una procesión que en tiempos heroicos había salido a la calle desafiando los gritos y las pedradas de los enemigos de la fe católica. En mis años mozos, todavía se dejaban ver algunos signos de aquella violencia.

Al llegar a l8 y Yaguarón, pasábamos cantando ante los postigos cerrados del diario El Día. Por supuesto, el diario no podía enterarse así de nuestro paso. Al día siguiente no lo mencionaba en su edición. A pesar de su deber profesional de informar, sus periodistas ignoraban una muchedumbre de miles de personas, donde desfilaban con sus estandartes todas las parroquias y organizaciones parroquiales, sus cofradías, los colegios católicos, algunos de ellos con sus bandas, la escuela de enfermeras católicas, los scouts, formados detrás del clero y de los religiosos, encabezados todos por el obispo, revestido de pluvial y humeral suntuosísimo, bajo el palio que llevaban los venerables prohombres del catolicismo uruguayo, miembros de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, quienes lo escoltaban como un grupo de apóstoles. Entre una nube de incienso, el obispo avanzaba, abrazado al Santísimo contra su pecho.

Ese día, cada año, intencionada coincidencia, tenía lugar el clásico de fútbol en el estadio Centenario. Y naturalmente tanto El Diario de esa tarde, como El Día, al día siguiente, se ocupaban del estadio e ignoraban la procesión. El clásico de fútbol servía de coartada para que los diarios pudiesen hablar de otra cosa. Eramos la mayoría ignorada.

¿No es éste un fenómeno verdaderamente extraño y asombroso? ¿A quién podía asustar o molestar aquella multitud pacífica y gozosa? ¿Qué oscuras tristezas - o terrores - removía su paso en aquellos corazones enfermos que se asustaban de los himnos cristianos como del canto de los pajaritos en la enramada? ¿Nos ignoraban o se escondían de nosotros?

Hoy y aquí, en Luján

Nos ignoraban de la misma manera que se quiere ignorar hoy, por citar un ejemplo actual, al millón de jóvenes que peregrina a pie a Luján. Alguien hay que organiza, aún hoy, porque eso no se organiza solo ni casualmente, la venida de Madonna y de Michel Jackson para ese mismo 8 de Octubre, como pude observar, estando en Argentina, en l993. Alguien dirige aún hoy, el manejo minimizante y superficial de la cobertura informativa sobre ese acontecimiento, a través de los medios de comunicación. Un millón de jóvenes a pie, caminando decenas de kilómetros, no se puede pasar a la página cincuenta y tres del tabloide, como estilan hacerlo, si no hay algún pretexto; algo con qué ocupar la primera página y las páginas centrales.

Además de arrumbada en las páginas de trastienda del tabloide, la noticia resbala por encima del significado, lo trivializa. Ciego para el acontecimiento espiritual, el periodista parliparla sobre los puestos sanitarios y las ampollas en los pies de los peregrinos. De modo que aún ocupándose del hecho, lo ignora con una mirada profana, no quiere verlo y oculta o descuenta su verdadera entidad. Mira desde afuera y sin ver, sin querer ver, como Mikal desde su ventana. Y al no contar lo que es, cuenta lo que no es.

Los Exploradores Eucarísticos

Hemos recordado en su lugar lo sucedido en el desierto con la recusación del testimonio de los exploradores, y lo vimos repetirse en el rechazo del testimonio de Jesús. Esos episodios son arquetípicos de la acedia de todos los siglos. Sirven para entender lo que sigue ocurriendo con las obras del Resucitado en su Iglesia y a través de su Iglesia; en sus fieles y por el ministerio de sus fieles.

Sin fe es imposible ver las obras del Resucitado y alegrarse de su acción. Peor aún: sin fe, es posible permanecer insensible o llegar hasta a empeñarse en combatir, como si fueran males, los bienes de la gracia, los carismas y los dones del Espíritu; oponerse a las obras de Dios; ponerse a pedir signos sin ver los que rompen los ojos y decir NO a las fiestas de Dios.

Y quiero dar un ejemplo concreto. Recuerdo el tiempo de mi adolescencia, por allá por el final de la década de los 40 y comienzos de los 50. En esos años de mi conversión, los fieles católicos, durante la Misa, y sobre todo después de la Comunión, se sumían, arrodillados y con el rostro entre las manos, en una fervorosa y profunda acción de gracias. Todo su porte daba testimonio. Desde que volvían de la barandilla del comulgatorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, o con las manos juntas delante del rostro inclinado; hasta que se hincaban en el reclinatorio o en el piso, en algún rincón del templo. Eran testimonios vivientes de un íntimo diálogo de fe y de oración con el Señor. Era posible "ver" al Señor hablando con ellos. Durante unos minutos se transfiguraban, convertidos en verdaderos ostensorios vivientes. Templos. Testigos mudos de su gloria interior. En ellos se hacía visible la comunión del cielo y de la tierra, del hombre y Dios.

Considero hoy, que aquél era un verdadero y auténtico "pentecostalismo" católico avant la lettre. En aquellos cenáculos, yo veía arder las llamas del amor divino, en los rostros iluminados y encendidos por el fervor, sobre las cabezas inclinadas de la asamblea eucarística, silenciosa y orante, a la vez reverente y recatada. Pienso que el movimiento pentecostal que vino después, nació de la nostalgia de aquel perdido camino del fervor. Y aún hoy no comprendo por qué ni cómo se pudo, y aún se puede, acusar de "sacramentalismo" a ese rico pasado eucarístico.

En los años durante los cuales se extinguió aquel fenómeno, yo ya no estaba entre los fieles del templo. Había ingresado en la vida religiosa y mi formación me llevó de un país a otro. No pude por lo tanto presenciar ni observar directamente el proceso de cambio. Tampoco comprendía lo que iba sucediendo, porque yo mismo estaba envuelto en las marejadas y los cambios. Fue sólo años después de la instalación del frío y de la creciente pérdida de la reverencia, que por obra de la misericordia, se me abrieron los ojos y comencé a preguntarme acerca del hecho y de sus causas.

La abolición de los reclinatorios en algunos templos y otros lugares, a veces contrariando los hábitos de oración que estaban aún extendidos entre muchos fieles, me han puesto a pensar. He encontrado sacerdotes - me viene a la memoria entre varios un afable párroco holandés - de trato amable y hasta exquisito, humanamente acogedores, cuya única arista dura, y a veces acerada, daba contra los fervores de los humildes. ¿Acaso el celo por retirar los reclinatorios viene de un secreto temor de que puedan volver aquellos extinguidos extáticos eucarísticos?

Considero que aquellos eran, sin embargo, nuestros exploradores eucarísticos. Exploradores de la gloria de la Presencia oculta bajo las especies.

Con su porte exterior, por más chocante que hoy resulte a los que llevamos el alma calada hasta los tuétanos por la llovizna cultural de la acedia, mostraban el Bien de la Tierra Interior, el Bien celestial, en el que entran y pueden contemplar los nacidos de lo alto. En ellos resonaba la voz del viento del Espíritu, que es audible, pero no se sabe de dónde viene ni a dónde va.

Me pregunto, no sin cierto temor, si a nuestra "generación", en sentido histórico y teológico, no se le aplicará también el reproche del Salmo - no sólo por éste, sino por tantos otros pecados de acedia -: "Despreciaron una tierra envidiable" (Salmo 105(106),24). "Vosotros no recibisteis el testimonio acerca de mí que daban mis exploradores eucarísticos, embriagados con el vino de Eshkol".

Hoy no sólo se han perdido formas del fervor sino también de la reverencia. Alguien podría pensar que se trate de una mayor confianza, cercanía y familiaridad con Dios y por lo tanto de un progreso. Pero la cercanía de Dios no se experimenta a costa de su distancia y su grandeza. La familiaridad verdadera tutela el respeto; y la comunión se espanta de la profanación. Es un real problema pastoral ese deslizamiento insensible que conduce a muchos a tomar en vano, ya no sólo el Santo Nombre, sino también el Santo Cuerpo y Sangre: "menospreciaron una tierra envidiable".

Me ha tocado observar recientemente, desde un confesonario, el retorno de los fieles a sus lugares después de la comunión. Y como no quiero juzgar que se haya extinguido en tantos el fuego de antaño, pienso que hoy, para adorar, bajan a su corazón como a una catacumba, mientras su porte exterior da cobertura a la obligada clandestinidad de Dios en esta cultura de la lluvia ácida, que gotea ya hasta dentro de nuestros templos.

La aversión hacia las muestras exteriores y sensibles de la devoción, de la consolación y del fervor, es una de las formas actuales de la acedia sociocultural, instalada incluso entre muchos dentro de la Iglesia. Se siente rechazo por las manifestaciones exteriores de la virtud de religión, por las exteriorizaciones del fervor o la devoción: en el rostro, en la voz, en la actitud o postura corporal, en el tono del predicador, en el velo de la mujer suprimido a pesar de la autoridad paulina y dos mil años de uso.

Hay en muchos ambientes católicos un embargo social para las manifestaciones exteriores, sensibles y emocionales de la fe. Y en cuanto esto significa un rechazo de la manifestación testimonial de una experiencia no sólo interior, sino "total" y que quiere expresarse en "todo el hombre", la considero en estrecho paralelo religioso con el descrédito de los exploradores de la tierra prometida, y del testimonio de Jesucristo acerca de "las cosas del cielo." (Juan 3,12-13)

Se desestima y descalifica esas manifestaciones de fervor. Sin embargo, ellas son "signos" de Dios que no se quiere ver, al mismo tiempo que se pide otros signos, allí donde uno caprichosamente desearía verlos (Marcos 8,11-15). Hoy se exige de Dios otros signos y de los fieles otros testimonios.

Y en esto, no en otra cosa, radica el fenómeno de la secularización.


4.8.) Acedia y persecución

¿También es acedia esta tristeza o indignación viendo al pueblo de Dios? Claro que sí. El bien espiritual de que se entristece la acedia, es Dios mismo, pero también las personas que le están de cualquier manera relacionadas, puesto que lo visibilizan.

Tales son por ejemplo las personas creyentes, piadosas o religiosas. Tales los predicadores, que inducen con su predicación o con su ejemplo (como es el caso precisamente del humilde pueblo fiel), a los bienes espirituales.

El pueblo católico es el portador de las gracias de Dios, de los dones del Espíritu Santo y de las Virtudes teologales y cristianas. En cuanto obra de Dios, la Iglesia, pueblo de Dios, es signo al que se contradice. Su imagen pública muchas veces se presenta enturbiada, intencionalmente deformada.

Acedia e imaginario católico

Existe una correlación muy estrecha entre la secularización y determinada imagen del mundo (o Weltbild), en oposición a otras imágenes del mundo posibles, entre ellas la católica, cuyo arte sacro, al igual que todas las demás dimensiones de su Mundo Imaginario, vienen a quedar expuestas eo ipso al ciclón de la confrontación cultural.

En el proceso de secularización convergen, en su oposición al imaginario católico, corrientes aparentemente tan dispares y opuestas como el materialismo antiteísta y el extremo trascendentalismo espiritual teísta. El proyecto de desmitologización, tan afín al nuevo Weltbild secularista, es de raíz protestante. Bultman emprende precisamente su proyecto de desmitologización con el afán pastoral de compatibilizar el Weltbild creyente con el del Hombre de Hoy.

Dado que las imágenes sagradas reflejan concretamente el imaginario creyente, ambos corren pareja suerte. Movidos e inspirados por el Espíritu Santo, estimulados por el magisterio, confirmados por el amén de los fieles; incomprendidos por los de afuera, acusados de idolatría, sometidos a detorsiones que los profanan o ridiculizan; considerados abusivamente como del dominio público y desprotegidos de los más mínimos amparos legales de que disfruta cualquier propiedad intelectual, son llevados y traídos por todas las corrientes e intereses no eclesiales o antieclesiales, con todos los fines, desde los comerciales a los antirreligiosos; simplemente torpes, o bien malévolos y hostiles. Agresiones semejantes se contienen en otros films como "El Pájaro canta hasta morir" que se aplica a demoler la imagen del sacerdote, el obispo y el cardenal, contaminándola en la imaginación. La ingeniería de la imagen los une, mediante asociaciones negativas, al terror en los thrillers, o a lo satánico en algunos conjuntos de rock, o a la perversión sexual y el impudor. La imagen sagrada y su imaginario quedan así expuestos a quedar apretados en la pinza de la agresión y el menosprecio por un lado, y la vergüenza y la autocensura por el otro.

Estos hechos sociales y culturales muestran que las imágenes y el imaginario creyente son también, como bienes de los que se goza la caridad, objeto de la acedia y blanco de la persecución proveniente del proyecto secularizador. Soneira reafirma lo dicho con la siguiente cita: "Los estudios de Martin, Fenn, mis colegas y yo, claramente demuestran que la laicización no es un proceso mecánico imputable a fuerzas impersonales y abstractas. Es, por un lado, llevada a cabo por gente y por grupos que manifiestan que quieren laicizar la sociedad y sus subestructuras. Pero por otro lado, estudios sobre profesionalización del bloque católico de la Iglesia en Bélgica y Holanda, dejan en claro que ciertas categorías (sociales) también, si no de manera explícita, están secularizando (laicizing) a los bloques católicos y cristianos. Una vez que aceptamos que la secularización, como un proceso de laicización, es el resultado de grupos opuestos de intereses, entonces el resultado es claramente un proceso no lineal." (K. DOBBELAERE "Secularization: A Multi-dimensional Concept" en Current Sociology, 29(l981)2, pp. 68-69). Soneira concluye: "O sea que el proceso de seuclarización no es un proceso necesario y lineal, sino más bien dialéctico, producto de actores, personas y grupos, con intereses concretos contradictorios. Por lo tanto, procesos de desecularización y resecularización son también concebibles" (L.cit.).


4.9.) Acedia y Mass Media

Los medios de comunicación de masas, que ignoran y menosprecian habitual y notoriamente al pueblo creyente, portador de la cultura del amor, y destinado a ser el protagonista en la construcción de la civilización del amor, son a menudo agentes de una anticultura del amor. Y en la misma medida en que hay en ellos tristeza por el bien de Dios, o por las obras de Dios, hay en ellos acedia y obran movidos por ella.
Pero no sólo padecen de acedia sino que además la siembran. ¿Cómo? De muchas maneras. Ante todo provocando a vergüenza a los "pequeños que creen en mí." Alejando además, a muchos, de la Iglesia, porque les siembran de prejuicios el camino hacia ella.

Este es el género de escándalos (piedras de tropiezo) que ponen en el camino del seguimiento de Jesús, los que, según él mismo declara, merecen, por eso mismo, ser arrojados al fondo del mar, con una piedra de molino atada al cuello.

Los Mass Media, no sólo ignoran por lo general el bien allí donde está, no sólo impiden reconocerlo, sino que contribuyen a oscurecer el juicio sobre el bien y el mal. (Isaías 5,20)

Esto lo producen magnificando el espectáculo del mal en el mundo, abrumando el corazón de los pequeños y de los débiles y provocando en ellos la tristeza y la desesperanza.

No sólo no se interesan por la virtud, ni la destacan: a menudo la declaran positivamente aburrida y no interesante. Con sus sensacionalismos y sus preferencias, magnifican la calamidad natural, el crimen nefando o macabro. Silencian el bien y gritan el mal. En las telenovelas, seriales y videos, se glorifica los siete pecados capitales, haciendo de ellos un espectáculo deleitable. Pero no se hace lo mismo con la verdadera hermosura moral de las virtudes. No digamos ya de las virtudes teologales, pero ni de las morales y humanas, que constituyen la verdadera hermosura y dignidad de la persona, según la simple y recta norma de una razón natural.

No son fácilmente excusables quienes son profesionales y conocen bien lo que es la psicopolítica y la psicología social.

Lluvia ácida

El inerme consumidor de los Mass Media, recibe así una visión distorsionada y a veces pervertida, de la realidad del mundo. Los Medios que lo informan, escamoteándole la visión del bien, le confiscan a menudo su capacidad de observación y de juicio, le enjuagan la memoria con un torrente de información. El hombre está cada vez más sobreinformado y cada vez menos enterado.

Por otro lado, la industria del entretenimiento le ofrece la posibilidad de la distracción perpetua, con perpetuo olvido de los sentidos últimos y de sus responsabilidades inmediatas. La acedia escamotea el recuerdo de Dios, fin último del hombre, así como la conciencia de que la dignidad del hombre reposa en, y dimana de, su condición de creatura, y que por lo mismo se realiza en su relación con su Creador, y en el asumir sus responsabilidades respecto de las demás creaturas.

Pero no sólo la prensa invade el tiempo dominical. Las ofertas de la industria del espectáculo, que es superfluo elencar, rivalizan ese día en conquistar el tiempo de grandes y chicos.

Los grandes ocultadores actuales del bien verdadero, los grandes propagadores de acedia, son comparables por eso a una lluvia ácida que se precipita permanentemente sobre la Humanidad.

Pero no se ha de extrañar, si se tiene en cuenta que el Dios que se revela en Cristo, ha elegido revelarse de tal modo que contraríe la soberbia del hombre, y consiguientemente lo entristezca, ya que los signos y los bienes que le ofrece, contrarían o no satisfacen sus apetitos.

Una pastoral de la acedia no puede excusarse de un enfrentamiento con los Mass Media y con los hábitos de consumo de prensa y radiotelevisión de fieles y no creyentes.


4.10. "No te avergüences del Evangelio"

Como se desprende de lo que venimos dibujando a grandes rasgos, la acedia reviste en nuestros días dimensiones culturales y puede llamarse en cierto sentido mal du siècle, o puesto que abarca ya varios siglos de historia, mal des siècles.

Ella está implicada en el fenómeno de la persecución, que Jesucristo anunciaba como infaltable a su Iglesia y que toma en cada época formas propias. En la nuestra, la persecución toma formas que venimos tratando de señalar, muy propias y particulares.

En otros tiempos "cuando se atacaba la religión se la atacaba como una cosa seria. Pero el siglo XVIII la atacó con la risa. La risa pasó de los filósofos a los cortesanos; de las academias a los salones; subió las gradas del trono; y se la vio en los labios del sacerdote; tomó asiento en el santuario del hogar doméstico, entre la madre y los hijos. ¡Y de qué, pues, gran Dios! ¿de qué se reían todos? ¡Se reían de Jesucristo y del Evangelio!"

Burla y menosprecio

La burla y el menosprecio - que como se ve no son de ahora - logran confundir a algunas conciencias creyentes, inquietándolas, como si aquello que en ellos es gracia y don de Dios, como por ejemplo su pertenencia eclesial, sus actos exteriores de piedad, de oración y de culto, fuesen algo torpe, malo o deshonroso de lo que debieran ruborizarse.

"En otros tiempos el mundo se escandalizaba del cristianismo - ¡cosa que tiene sentido! - pero ahora que al mundo se le ha metido en la cabeza que es cristiano y que se ha apropiado del cristianismo, sin notar para nada la posibilidad del escándalo, ahora, naturalmente, el mundo se escandaliza del verdadero cristiano. No cabe duda que será muy difícil salir de semejante engaño... El mundo sigue escandalizándose del cristiano verdadero, sólo que ahora, generalmente, la pasión del escándalo ya no es tan desenfrenada que pretenda exterminar al cristiano verdadero. [Permítasenos advertir aquí, que Kierkegaard se refiere al exterminio al modo del Imperio romano. Porque hoy, como hemos dicho, existen otras formas taimadas y ocultas de etnocidio que apuntan igualmente al exterminio por medios de políticas económicas y culturales]. Esta es una cosa bien explicable. En aquellos tiempos en que el mundo estaba convencido de que no era cristiano, había algo por qué luchar, algo en que jugárselo todo, a vida o muerte. Pero ahora que el mundo, de forma engreída y tranquilona, está convencido de que es cristiano, ahora, naturalmente, la exageración del cristiano verdadero, sólo es algo para tomarlo a la risa. La confusión, evidentemente es mucho más terrible que en los primeros tiempos del cristianismo. Desde luego, entonces era terrible, pero había sentido en que el mundo luchase a vida o muerte contra el cristianismo. En cambio ahora ¿no es algo lindante con la insensatez, esa sonrisa levemente sarcástica que tiene que soportar el verdadero cristiano de parte del actual irenismo superior de nuestro mundo convencidamente cristiano?" (S. Kierkegaard, Las Obras del Amor, I, p. 336-337.)

Esas burlas apuntan a provocar la vergüenza y el rubor acerca de aquello por lo que precisamente merecerían ser honrados y respetados, porque constituye en ellos la fuente de su dignidad y de su grandeza: su elección divina, su vocación, y su misión.

Debido a esas burlas y menosprecios, manifestados en forma de fría indiferencia, de afectada ignorancia, o de positivo escarnio, derisión o contumelia, se enturbia en algunos católicos la gloria de la propia pertenencia. Hasta el punto de que algunos pueden sentir la tentación de negar, disimular o hasta abandonar una pertenencia eclesial que es fuente de bochorno. La burla alcanza de este modo su objetivo, provocando un gravísimo daño. Hace tropezar a los pequeños en el seguimiento del camino de Cristo. Los aparta del pueblo de reyes, profético y sacerdotal, con menosprecio de la propia elección, vocación y misión divina.

Este crimen lo llamó Jesús: "escandalizar a los pequeños que creen en mí" (Marcos 9,42 y paralelos), y lo juzgó digno - como hemos dicho - de un durísimo castigo. Pablo tuvo que exhortar a Timoteo - nada menos - a no avergonzarse del evangelio, ni de las cadenas de San Pablo (2 Timoteo 1,8.12). Avergonzarse, o lo que se conoce como "respeto humano", es un término técnico de la teología cristiana del martirio, casi sinónimo de apostatar. El Evangelio lo remonta a la enseñanza de Jesús:

"El que se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Marcos 8,38)

La persecución, en cualquiera de sus múltiples formas, ha sido siempre causa de apostasía; también lo ha sido en sus formas de irrisión, de burla, de menosprecio o de ignorancia afectada. Más todavía cuando esas burlas son tenaces, generalizadas, sistemáticas, y continuas, como sucede con las que se convierten en hábitos culturales y cristalizan en costumbres y tradiciones sociales. Ante ellas la protesta cristiana, digna y mansa, pero infatigable, firme y clarividente, es un deber indeclinable.

La burla como persecución

La burla, como dijimos antes, sigue acompañando hoy a la Iglesia como bienaventuranza dolorosa y como forma de persecución.

Pensamos en el manoseo irreverente del hábito religioso por parte de agencias de publicidad en sus avisos publicitarios; en la distorsión de la imagen sacerdotal o de las religiosas en telenovelas que la manosean y ensucian, en shows o videoclips blasfemos que hacen de la profanación una industria y de la ofensa de la sensibilidad de los creyentes un negocio.

Afín a este mismo fenómeno espiritual, por otro extremo que sólo en apariencia le es opuesto, están las asociaciones negativas de los símbolos, objetos y personas sagradas en espectáculos del género de terror.

Esta industria no se detiene ni siquiera ante la profanación pornográfica y perversa. Detrás de esa manipulación destructora del imaginario creyente, a la que nos hemos referido (ver 3.7.), están la acedia y el odio: primero la tristeza y luego la bronca contra Dios, contra los creyentes y lo que ellos aman y consideran sagrado.

Como escalón previo al odio, la acedia prepara la persecución sangrienta. En efecto: la burla y el menosprecio, como descalificación social, son precursores de la sangre y son verdadera persecución.

Entre todas las formas de persecución, quizás sea la burla la más cobarde e innoble. Sin embargo, desde el Viernes Santo hasta el fin de los tiempos acompaña y rodea a la Cruz, al Crucificado y a su Iglesia: "peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios."

La irrisión se opone a la justicia

La justicia es dar a cada uno lo que le es debido. A cada uno se le debe un cierto grado o forma de respeto, honor y consideración, tanto en el trato interpersonal como en el social. El respeto y el honor debidos, son asunto de justicia.

En justicia, debemos los creyentes, la alabanza, la adoración y la glorificación al Dios creador y salvador. En justicia se debe a los progenitores el respeto y la honra. A todo ser humano se le debe el respeto que merece su condición humana, independientemente de sus méritos o deméritos personales. Respeto merecen el padre por ser padre, la madre por ser madre. Y respeto merece la virtud, y aún simplemente las canas. Respeto se debe a las autoridades, y también merecen el suyo los más humildes y desamparados. Cada uno merece honor y respeto, aunque todos en diversa forma, pues a cada uno se le debe el propio.

A cualquiera de ellos que se les escamotee el honor y el respeto debidos, se le infiere injuria, es decir: se le hace injusticia. La irrisión y toda otra manera de escamotear el debido honor y respeto, son pues actos contrarios a la justicia. Son pecados contra la justicia.

Se debe respeto al Pueblo de Dios. Por muchos motivos. El primero y principal, por ser obra de Dios mismo. Por eso, toda burla, ignorancia afectada o cualquier otra forma de discriminación que le escamotea el debido reconocimiento, es injusticia que se le hace. Tanto más grave injuria cuanto mayor es el respeto que se le debe y el escarnio que se le infiere. Pero es también injuria que se hace al mismo Señor ignorando y escarneciendo su obra.

Pero aún quien no crea y por lo tanto no reconozca el carácter divino de su dignidad, le debe por lo menos el mismo respeto que a cualquier otra convicción religiosa. Y parecería que es justamente con los católicos con los que hay patente de libre corso para la irrisión.

En este tiempo en que tanto se habla de los derechos humanos y de la justicia, parece olvidado el derecho al honor y al respeto, y parece perdida la conciencia moral en lo que toca al pecado de derisión y contumelia.

Piénsese en el manoseo del hábito de la religiosa y de su imagen, entrañable para los fieles creyentes, de virgen consagrada a Cristo, en telenovelas como "La extraña dama" o "Con pecado concebida", o en Videos como "Cambio de hábitos", imitado luego por la publicidad de un producto cosmético. La empresa Benetton, por ejemplo, mostró en inmensos affiches la imagen de un joven sacerdote de sotana negra besándose con una monja de hábito blanco. Y podía verlas el Papa en alguna de sus visitas, desde el emplazamiento del altar. Más recientemente aún, la empresa Volkswagen ha abusado del cuadro de la Ultima Cena de Leonardo da Vinci para promocionar una marca de autor. Bajo la imagen, se le hace decir a Nuestro Señor: ´Amigos míos, regocijémonos, pues ha nacido un nuevo Golf´. Felizmente, esta vez, el Episcopado de Francia ha reaccionado en defensa de la sensibilidad de los fieles. Los obispos desean que se abra de una vez por todas un debate público para establecer que no es adecuado el uso de temas religiosos con fines puramente comerciales y lucrativos. Los responsables de la agencia publicitaria DDB, André Bouchard y Jean-Denis Pallain, admitieron que al idear la campaña eran conscientes de que los avisos podían resultar chocantes para los creyentes, pero quisieron apelar igualmente al sentido del humor de la gente. El portavoz del Episcopado francés replicó que con esta campaña, los responsables ´se apropian de un patrimonio simbólico que hace a la esencia más íntima de millones de creyentes. Es inadmisible, sostuvo, que la empresa lo haga ´no con un interés artístico sino con fines puramente comerciales.´ Nosotros anhelamos que se reserven los símbolos religiosos exclusivamente a sus fines específicamente religiosos y se los considere propiedad religiosa, es decir sagrada, de los creyentes.

"El que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia"

En el juicio final de las naciones paganas (Mateo 25, 31-46), se dice que éstas serán juzgadas por su actitud misericorde o inmisericorde respecto de los "hermanitos míos más pequeños".

Se trata de los discípulos de Jesús.

Sería innecesario tener que decirlo y menos aún tener que argumentarlo y probarlo con textos, si la exégesis racionalista y kantiana, no hubiera reinterpretado filantrópicamente este texto, escamoteando así su naturaleza cristocéntrica y eclesiológica; y si esta interpretación no se hubiese divulgado después - por desgracia - hasta hacerse predominante, y hasta ser recibida incluso entre los predicadores y hasta entre algunos exegetas y teólogos católicos.

Son numerosos los textos evangélicos que enseñan esta ley de solidaridad e identificación entre Jesús y los que creen en El. En ellos Jesús se refiere a sus discípulos con el título de "pequeños". He aquí algunos tomados del mismo Mateo:

"Quien a vosotros recibe a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado...y todo aquél que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa" (Mateo 10,40.42)

"Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos... quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos... y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí... guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños... no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños" (Mateo 18, 3-6.10.14)

Esta ley de identificación nos enseña acerca del misterio de la acedia y de cómo, lo que se hace contra los amados de Dios, va dirigido contra Dios. "Las afrentas con que te afrentan caen sobre mí" confesaba el salmista. (Salmo 68,10) Los enemigos de Dios dicen del justo: "su sola presencia nos es insufrible." (Sabiduría 2,14)

La acedia tiene por objeto a Dios y a todo lo que tiene relación con El, los hombres con él vinculados, su lenguaje, los signos, símbolos y acciones simbólicas que expresan esa relación.

Por el contrario, la Caridad honra a Dios en sus creaturas, especialmente en sus amigos: "Tus amigos son por mí muy honrados, Señor" (Salmo 138,17)


4.11.) Acedia jurídica

La indiferencia por el bien ha invadido también la órbita jurídica de nuestra cultura. El derecho es celoso en amparar los bienes económicos como si fueran sagrados. Pero no toma en cuenta para ampararlos, los bienes sagrados. Parece que en estos asuntos el derecho se lava las manos como Pilatos.

Los hombres, pero particularmente los católicos, están hoy desamparados jurídicamente ante el abuso de sus símbolos sagrados, los cuales pueden ser escarnecidos, burlados, profanados públicamente con total impunidad. Pueden usarse en publicidad o en la industria del espectáculo como si fueran cosas del dominio público.

El orden legal vigente ampara la propiedad intelectual y las marcas comerciales. No hace mucho, la Compañía Walt Disney demandó a los organizadores del Oscar porque usaron la figura de Blanca Nieves sin su autorización. El personaje creado por Walt Disney es propiedad de la Compañía y su uso le pertenece. Es un derecho en el que lo protege la ley.

Pues bien, Blanca Nieves goza de mayor protección legal que un Crucifijo o que las personas mismas de Cristo y de María. Las imágenes sagradas de los católicos no están protegidas, no ya contra su uso, sino contra cualquier abuso. Se puede abusar de ellas para todos los fines imaginables y los católicos no tienen ninguna forma de oponerse y reclamar por caminos legales.

Se puede abusar del nombre de la Virgen como nombre de artista de una Vedette porno. Se puede hacer propaganda de un fiambre, presentando risible y burlescamente el sacramento y al ministro de la penitencia. Se puede presentar una marca de reloj con una parodia de la resurrección. Se puede presentar un cosmético usurpando el hábito de las religiosas. La figura misma del sacerdote y de la religiosa son llevadas y traídas, manoseando esas imágenes en telenovelas irreverentes. Con los nombres de nuestros dogmas de fe y los artículos del Credo se hace lo mismo. Habitualmente los símbolos sagrados católicos se asocian con imágenes terroríficas en el género de terror.

No hay amparo legal para este grupo humano cuyas imágenes son así manipuladas y destruídas por la más moderna y sofisticada ingeniería de la imagen, puesta al servicio de la acedia. No hay amparo legal para los sentimientos de los fieles así agredidos en su imaginario creyente. Y no estamos hablando de países musulmanes sino de países como Italia, España y Argentina, donde hay mayorías católicas ultrajadas por minorías despóticas.

El envilecimiento de la conciencia

Esta impunidad para el manoseo y para el insulto, trae como consecuencia lamentable, el acostumbramiento de un pueblo entero a ser objeto de persecución burlesca. La irreverencia crónica, el no ser respetado perpetuamente, el no ser considerado ni tenido en cuenta, introyectado y convertido en hábito, acaba embotando el sentido del propio respeto y dignidad. El pueblo termina por considerarse en verdad inferior y ridículo, en verdad indigno y nulo.

En esa situación, que es la actual, hay muchos fieles que, habituados al escarnio, habiendo perdido además el sentido de la sacralidad de sus símbolos y de la reverencia que ellos y los demás les deben, víctimas de estas acciones psicopolíticas, han perdido también la autoestima. Ya no son capaces de estremecerse con las profanaciones. Peor aún, llegan a celebrar, también ellos, los inventos blasfemos del corro de los burlones; festejan las humoradas que se hacen a su propia costa; a costa del pueblo santo y de su Dios.

Esa pérdida de la autoestima y del sentido de la propia dignidad, es ya una forma de la pérdida de la fe, del debilitamiento de su sentido de pertenencia eclesial. Es insensibilidad para un mal, y por lo tanto, como toda forma de apercepción del bien, como toda forma de dispercepción, tiene algo de acedia y es incoación de la apostasía.

En efecto: algunos creyentes, imaginando que así lograrán evitar las burlas de la acedia, toman distancia de la Iglesia y se suman al coro del mundo hostil. Asumen la autodenigración como forma de elegancia, de distinción; como sello o blasón de libertad de espíritu.

La lucha por el reconocimiento de los derechos de Dios es irrenunciable. Y también lo es la lucha por el reconocimiento de los derechos de la conciencia creyente a la propiedad de sus símbolos, de sus signos, de sus cantos y melodías, de sus imágenes sagradas, de su mundo imaginario. Y consiguientemente a la protección legal de esos bienes contra los abusos de la industria de la persecución.

Los símbolos religiosos cristianos pertenecen al pueblo de Dios, a la Iglesia, porque los ha producido. Y el pueblo creyente tiene derecho a ser amparado en el respeto a su propiedad espiritual, que es de orden muy superior a la intelectual y a la económica.

El orden jurídico y legal vigente desconoce el derecho del creyente a ser respetado en esa esfera religiosa. Es esta una laguna lamentable - por otra parte más artificial que natural - de la actual situación jurídica, que lo deja inerme ante las mencionadas formas de agresión. A esta situación de desamparo que acabamos de describir, y que es otra faceta más de la cultura y de la civilización de la acedia, creo que puede llamársela con justicia: acedia jurídica.

4.12.) Adiestramiento para la acedia

En nuestros tiempos muchos creyentes han tenido poderosos motivos para lamentar serlo. Los poderes de este mundo no le han hecho fácil la vida.

El comunismo soviético empleó el conductismo de Pavlof para cambiar el modo de pensar y la conducta de los creyentes, e invertir su apreciación del bien y el mal.

En los procesos que en los regímenes comunistas llevaban a cabo los tribunales del pueblo, se procuraba arrancar la autoacusación mediante halagos o amenazas. En cuanto apuntaban a arrancar la confesión de que había sido malo todo cuanto el creyente antes reputara bueno, estos procesos procuraban inducir la acedia y provocar la apostasía. El solo hecho de estar en la mira del aparato policíaco comunista y de sus crueles métodos disuasorios, eran motivos suficientes para que más de un creyente estuviera tentado de lamentarse de su fe.

Con el fin de lograr el "arrepentimiento" (una verdadera y propia re-conversión o apostasía), se aplicaron los lavados de cerebro, basados en los reflejos condicionados, como modificadores de la conducta. Dicho prontamente, se castigaba al creyente hasta disuadirlo, o se lo mandaba a morir al Archipiélago Gulag, como lo bautizó A. Soljenitsin. Se re-adiestraba al creyente, para recuperarlo y convertirlo en un buen ciudadano soviético.

No a todos era necesario enviarlos a prisión. Porque no todos eran pertinaces y recalcitrantes. Los procesos del tribunal del pueblo eran públicos porque tenían una finalidad de disuasión colectiva. Eran una amenaza para todo buen entendedor. No importa qué lejos estuviese el creyente medroso, así estuviese más allá de los mares, igualmente se lo intimidaba. Los procesos, locales, tenían efectos mundiales. Como sucediera otrora con la guillotina, hasta donde llegaba la noticia se expandía el terror.

Los estímulos condicionantes empleados por la ciencia del lavado de cerebros, se fueron sofisticando y se hicieron más universales y de amplio espectro. Se comenzó a usar estímulos menos violentos que los procesos y las prisiones.

La aprobación o la desaprobación, el halago cultural o editorial para el escritor que empleaba el discurso conveniente, o el silenciamiento. Se premiaba la autocrítica "espontánea" de los católicos, hasta que se fue convirtiendo en moda aplaudida y premiada, prestigiante, el decir todo mal de sí mismos.

Grandes editoriales, semanarios, periódicos, libros, sirvieron a la finalidad de un gigantesco operativo de brain-washing, para modificar la opinión pública católica, e imponer a los católicos una conciencia culpable; para lograr la confesión y autoacusación en gran escala; para que deploraran lo que habían sido y declararan que su pasado había sido global y radicalmente malo; para que rompieran con ese pasado, lo cual equivalía a romper con la obra de Dios en dos mil años de Iglesia.

Se inducía así una declaración de acedia y menosprecio no ya individual y privada, sino que afectaba la conciencia colectiva de la Iglesia suceda los que están empeñados en acusarla, y al acecho de sus confesiones para usarlas en su contra. Esas torcidas espectativas y esas manipulaciones, no crean precisamente las condiciones de libertad y dignidad que exige la confesión. Condiciones y espacios que sí se aseguran, dentro de la Iglesia, a los arrepentidos, de cuya confesión de culpa ésta no saca ninguna ventaja, de ninguna índole.

En otros tiempos, relativamente más felices, ocurría que algún que otro creyente envidiara, más o menos ocultamente, la suerte de los infieles, porque - por ejemplo - no tenían que guardar los mandamientos y demás obligaciones de la vida cristiana. Claro acto de acedia, o sea de tristeza por el bien propio; y, en este caso, por el bien de ese camino de sabiduría que son las Diez Palabras. Pero en comparación con eso, la calamidad que descargó en este siglo sobre los católicos, los presionó a maldecir de sí mismos y los acusó de gravísimos cargos, como enemigos de la Humanidad y del bien común, sólo parece comparable a la acusación neroniana. Aunque por lo masivo y artero de sus métodos, quizás no tenga igual en el pasado.

Tatiana Goricheva experimentó en carne propia lo que puso por título a uno de sus libros "Hablar de Dios resulta peligroso". Bien pudo decir, sencillamente, que era peligroso el mero hecho de creer en Dios.

La peligrosidad de la condición creyente, no la disimuló Jesús a sus discípulos, y ha de ser siempre parte esencial de la instrucción catequística. De lo contrario, la persecución, tomando impreparados, desprevenidos e ignorantes a los fieles, los precipita más fácilmente en el escándalo de verse rechazados de una manera inexplicable; rechazo cuya significación espiritual - faltos de la debida instrucción - no pueden comprender. Por los caminos de ese escándalo de la cruz, dan, sin capacidad de resistencia, en una fácil apostasía. Tanto más fácil, cuanto que no se los ha instruído tampoco sobre la gravedad de este pecado contra la fe. Quizás la generalización de la apostasía que presenciamos en nuestros días. Es a esos fenómenos, a los que tradicionalmente se los denominó, en el lenguaje de la fe, con el nombre de apostasía. Y en ese sentido tradicional usamos la palabra, conscientes de que existe alrededor de ella, como de otras tantas del vocabulario creyente, un tabú que inhibe de utilizarla, se deba a esas lagunas en nuestros programas de instrucción catequística. Toda catequesis debería recalcar e insistir en que seguir a Cristo es algo peligroso: "¡Ten cuidado de no empezar en seguida lo que has oído, a no ser que verdaderamente tu seriedad estribe en querer de veras negarte a ti mismo!"

Si advertir estas cosas no es tan necesario en regímenes totalitarios anticristianos, donde al catecúmeno le resulta obvio y archiconocido, lo es ciertamente en las engañosas situaciones del mundo occidental, al que todavía, de vez en cuando, aunque hoy con menos frecuencia que en otros tiempos, le da por llamarse cristiano.

Versión occidental

En la prosecución de los mismos fines, aunque con medios más refinados, la impiedad occidental, no le fue en zaga a la oriental, la cual no era, al fin y al cabo, sino una hija suya de carácter más cruento.

A este propósito, hablando en Harvard, A. Soljenitsin describía en estos términos la artera versión occidental de la censura soviética:

"El Occidente, que no posee censura, opera sin embargo una selección puntillosa al separar las ideas de moda de las que no lo son: y aún cuando estas últimas no se apagan por la fuerza de una prohibición, no pueden expresarse verdaderamente ni en la prensa periódica, ni en el libro, ni por la enseñanza universitaria. El espíritu de vuestros investigadores es libre jurídicamente, pero está investido por todas partes por la moda."

Este régimen de censura por silenciamiento y publicidad dirigida, promueve desde afuera pero en forma que se hace sentir también - ¡y cómo! - dentro de la Iglesia, mediante los medios e instituciones culturales de los que se vale el stablishment, la versión occidental de la autoacusación católica.

Así se puso de moda, predominantemente entre los cuadros intelectualizados del catolicismo, la autocrítica a ultranza, autodenigradora y autodemoledora. La meta de esta autocrítica es selectiva. No se trata, como en el mundo comunista, de liquidar, sino de reorientar, "purificando" a la Iglesia de lo que se considera "incompatible con el mundo de hoy"; o en lenguaje bultmanniano "incompatible con la moderna Weltanschauung".

Pero en el fondo se trata de lo mismo. En ambos mundos, cada uno con sus métodos propios, lo que se busca es la "reeducación", o sea una cierta domesticación de la Iglesia. Se trata sólo de versiones diferentes de un mismo sueño. La versión occidental del sueño marxista que aspira a las Iglesias católicas nacionales, domesticadas por el César, es una Iglesia "del mundo", dócil a los poderes políticos mundiales.

La nueva actitud, complaciente con el César y dura con el Papa, se ha extendido dentro de la Iglesia. He aquí cómo la ha descrito el Cardenal Ratzinger:

"A este autoanálisis flagelador, practicado por muchos contra la propia Iglesia católica, se unía una disposición poco menos que angustiosa a aceptar con absoluta seriedad todo el arsenal de las acusaciones contra la Iglesia, sin excluir una sola. Y esto significaba, al mismo tiempo, un cuidadoso esfuerzo por no volver a incurrir en nuevas culpas ante los otros, por aprender de ellos, y hasta donde ello fuere posible, por no buscar ni ver en ellos sino los aspectos positivos. Esta radicalización de la fundamental exigencia bíblica de la conversión y del amor al prójimo, desembocó en la inseguridad de la propia identidad, que se estaba cuestionando por doquier, pero sobre todo, en la profunda ruptura respecto de la propia historia, cuyas páginas se antojaban totalmente salpicadas de suciedad, de suerte que se hacía de todo punto impresincible un comienzo radicalmente nuevo."

Las palabras del Card. Ratzinger, describen una actitud de acedia: una disposición a dar por malos, indiscriminadamente, todos los bienes propios, y a declarar bueno todo lo ajeno.

Falsa e indiscreta humildad. Si bien la consideración de los propios defectos ayuda para evitar el engreimiento y dispone a la humildad, el despreciar los dones de Dios que uno posee, el ignorarlos o negarlos, el avergonzarse de ellos ante los hombres como si fuesen males, el ocultarlos por evitar ser motejados de arrogantes... todo eso no es humildad, sino falsa humildad, ingratitud y acedia.

A tan deplorable situación llegan algunos creyentes por no tener bien claro que - como ya lo prevenía Jesús mismo - "no se puede servir a dos señores". No es posible tener contentos a Dios y al mundo.

Al cristiano que vive en el mundo occidental hay que desengañarlo con palabras como las de Kierkegaard: "Cuando en este mundo un hombre se decida a cumplir, aunque fuera del modo más modesto, el deber de permanecer en deuda de mutua caridad, tendrá que enfrentarse irremediablemente con la dificultad definitiva y entrar en combate con la oposición mundana... ¡Ah, el mundo piensa muy poco o nada en Dios! A esto se debe el que no pueda por menos de interpretar al revés toda forma de vida cuyo pensamiento más esencial y constante sea cabalmente el pensamiento de Dios." Leo Moulin, un ateo y agnóstico, insospechable de parcialidad procatólica, dice en este mismo sentido, con la autoridad que le da su condición de catedrático de historia: "Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.

"Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de los que han venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis contritos ciertos sermones?"

Se ha de observar, por fin, que dado que en el ensañamiento autoflagelador y en la autoacusación sistemática ante los tribunales del mundo, hay una conducta de acedia, negadora del bien divino y de sus bienes derivados, el concepto de acedia es fundamental para encarar la cura pastoral de estas conductas compulsivas de autodenigración. Y debido a que son inducidas mediante manipulaciones y estímulos propagandísticos ocultos - se los ha llamado Hidden Persuaders: Persuasores Ocultos - de los cuales las víctimas no son del todo conscientes, se ha de ser cautos en pronunciarse precipitadamente sobre el grado de reponsabilidad moral de los que han sido sometidos a tales lavados de cerebro culturales. Pero no se debe subvalorar el daño objetivo que infieren y se infieren.


4.13.) Las "broncas" en la Iglesia

El tema de las compulsiones autoflageladoras, inducidas desde afuera de la Iglesia por los poderes de este mundo, nos lleva como de la mano a ciertas formas de acedia intraeclesiales.

Se hace difícil elencar exhaustivamente la variedad de formas en que existe la acedia de unos fieles contra otros fieles; es decir entre fieles, dentro mismo de la Iglesia.

El mal es tan antiguo como la Iglesia misma. Pero no se lo reconoce ni se lo diagnostica, en nuestros días, con la misma sagaz clarividencia pastoral de un Clemente romano:

"Dióseos toda gloria y dilatación y vino a cumplirse lo que está escrito: ´Comió y bebió y se dilató y engordó y recalcitró el amado´ (Deuteronomio 32,15) De ahí nacieron emulaciones y envidia, contienda y partidos, persecución y desorden, guerra y cautividad. Así se levantaron los "sin honor contra los honrados", los sin gloria contra los gloriosos, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos. La justicia y la paz huyeron lejos de vosotros, por haber abandonado cada uno el temor de Dios y dejar que se debilitaran los ojos de la fe en El. Ya no caminábais según las ordenaciones de sus mandamientos ni llevábais una conducta conforme a Cristo, sino que cada cual se extravió por las sendas de las pasiones de su corazón malvado, habiendo concebido dentro de vosotros una acedia injusta e impía."

Tampoco hoy, es oro todo lo que reluce, en lo que alguno, desprevenidamente, pudiera tomar como corrección fraterna, o como "crítica que viene del amor", o algún otro, dolosamente, pretendiera hacer pasar por tales. Aún en los casos en que los fieles se señalan, unos a otros, defectos reales e indiscutibles, hay a menudo, de contrabando, una secreta alegría de tener algo qué señalar, o una intención descalificadora en el hecho de buscarlos y señalarlos.

Otras veces, en el corregir al otro, hay un tácito alegato en pro de la propia justicia. Consciente o inconscientemente se descalifica al otro para calificarse a sí mismo. Ya sea ante los propios ojos, ya sea, con mayor frecuencia, ante la mirada del mundo, al que se mira de reojo, esperando su aprobación.

El modo de corregir de San Clemente no es éste. En su sabiduría y caridad pastoral, San Clemente no se coloca a sí mismo fuera de los males que corrige. Por eso es digno de ser tomado como maestro en su modo de corregir: "Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para amonestaros a vosotros, sino también para recordárnoslo a nosotros mismos, pues hemos bajado a la arena y tenemos delante el mismo combate."

¿Dónde están hoy - en cambio - los elogios al ser creyente? ¿Dónde los elogios al pueblo católico? La misma palabra católico va en camino de convertirse en nombre que avergüenza.

Se enciende fácilmente dentro, azuzado alegremente desde afuera, con la misma leña de la autoflagelación, un "todo contra todos" intraeclesial. La autoacusación no es acusación de sí mismo, sino de los demás católicos. La declaración de las culpas "propias" es en realidad a veces acusación de culpas ajenas. Se hace examen repartiendo culpas y golpeando pechos ajenos. Se "evalúa", pero a los demás: los fieles a sus sacerdotes, los sacerdotes a sus fieles, el obispo a todos y todos al obispo. Los reproches suben y bajan y se entrecruzan en todas direcciones, sin respetar ni al Papa. La acusación, la irritación, la burla, la vergüenza, la malquerencia, la descalificación. Y, si es posible, todo ventilado en público y agitado golosamente por la prensa y los medios.

Lo que decía ya San Pablo a sus Gálatas sigue teniendo hoy particular vigencia: "Si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros!" (Gálatas 5,15). Cuando se deja de mirar el bien que Dios obra y de gozarse en él, la acedia abre la puerta a la autocontemplación, a la necesidad de autojustificarse por las propias obras, a la discusión por el bien a realizar, o por el bien no realizado.

El partido del mundo

La persecución que viene desde fuera de la Iglesia, siempre agravó las divisiones intraeclesiales. Así lo enseña la experiencia histórica bimilenaria de la Iglesia. La persecución, no sólo produjo mártires, también produjo apóstatas. No sólo produjo solidaridad y consolidación de la comunión, también produjo desentendimientos, divisiones y partidos. No sólo fue ocasión de que brillara la caridad de unos, fue también causa del enfriamiento de la caridad de otros. No sólo alimentó fidelidades, también indujo a traiciones.

Pablo, en sus Cartas pastorales, escritas cuando ya se había desatado la persecución por parte del Imperio romano, advierte contra: "La enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin" (1 Timoteo 6,4-5) "Discusiones necias y estúpidas que engendran altercados" (2 Timoteo 2,23; ver Tito 3,9-11). Por lo visto, la persecución no suscitaba en todos la solidaridad y la cohesión, sino todo lo contrario en muchos.

Las discusiones producen, pues, según lo muestra tanto la historia como la experiencia, división y partidos. Y como consecuencia de la fragmentación de la comunidad, se disgrega la asamblea. La Carta a los Hebreos atestigua el abandono de la asamblea (Hebreos 10,25), en un contexto de persecución, apostasías y divisiones. Y la experiencia contemporánea del catolicismo, en países comunistas como Polonia o China, ilustra y confirma, con ejemplos de historia reciente, las enseñanzas de la historia antigua.

La deserción de las asambleas litúrgicas es otro síntoma del mismo mal. Y puede iluminarnos para comprender mejor las causas del ausentismo dominical: el enfriamiento de la caridad; la pérdida del gozo de estar juntos. Es que en tiempos de persecución parece prudente tomar distancia de los perseguidos.

A nadie le gusta la hostilidad del mundo ni la persecución. La irritación del mundo contra los fieles termina causando irritación entre los fieles. Algunos, queriendo evitarla, piensan equivocadamente que podrán bienquistarse al mundo dándole razón y cediendo a los pretextos de los críticos y de los perseguidores. Surge así un "partido del mundo", que aspira a la asimilación, y a través del cual la persecución se introyecta en la comunidad misma, con formas intraeclesiales de mundanidad mental, con diversidad de criterios y con críticas a los demás. Críticas que defienden puntos de vista mundanos con razones cristianas. Por eso, esta tentación del mundo internalizado, y defendido con etiquetas y argumentaciones "cristianas", es singularmente pérfida y engañosa.

Almas bienintencionadas, al ver que el mundo se escandaliza de la fe y de la vida creyente, sueñan con quitar el escándalo. Y se irritan contra lo que les parece rigidez en los que se apegan a sus fidelidades, como causantes de la persecución. Sin embargo el escándalo es inherente a la situación del cristiano en el mundo.

Romano Guardini ha captado y descrito, como vimos antes, en su libro El Ocaso de la Edad Moderna, el mecanismo mundano - pero internalizado por el "catolicismo crítico" - de oponerse al catolicismo en nombre de alguno de los propios valores cristianos. Jugar el cristianismo contra el catolicismo, contra la Iglesia. Oponer la parte al todo. La razón a la realidad. Mecanismo descalificador que nos hace recordar al que impugnaba la misericordia en nombre de la misericordia.

En este contexto surgen las discusiones nocivas a que alude San Pablo y de las que tenemos huellas en la restante literatura cristiana primitiva. Qué hacer, hasta dónde ceder, si readmitir o no a los lapsi (los que habían apostatado en la prueba), bajo qué condiciones. El tratado de San Cipriano sobre la Persecución es un ejemplo de esta situación de perplejidad eclesial, en el que la persecución proyecta sombras de irritación dentro de la Iglesia y acusaciones mutuas de rigorismo o laxismo.


4.14.) Permanecer en el amor fraterno

Vergüenza por el propio pueblo

Las persecuciones del mundo, las burlas y menosprecios, consiguen que algunos creyentes se avergüencen del pueblo católico al que pertenecen. Se enfría así el gozo que la caridad encuentra en los hermanos por la misma fe - alegría que canta el salmista: "Ved qué paz y qué alegría convivir los hermanos unidos" (Salmo 132,1) - y sobreviene la acedia.

Es algo feo, como avergonzarse de los propios padres. Suele suceder que la fe que se recibió en un ambiente humilde, o de personas muy humildes, ya no prestigia más al promovido intelectual, social y económicamente.

Desde la altura a la que lo catapulta su nueva autoestima mundana, se avergüenza y reniega de los pobres de Yahvé de los que recibió la fe, así como también de esa misma fe, que él identifica con su abyección. Se avergüenza de la tía María que le enseñó a persignarse, le explicó el crucifijo y le anunció, cuando era niño, las creencias que ahora esconde en el desván.

Dado que esos humildes son fieles - y son capaces de permanecer fieles precisamente porque son humildes - son conservadores. Fastidiosamente conservadores. Se empeñan, aferrados a sus fidelidades, en conservar cosas que resultan anticuadas e irritantes a los ojos del mundo del progreso. Cosas que los promovidos piensan que hay que olvidar.

Tratan pues, a veces, de "aggiornar", reeducar y promover a los fieles humildes. O, en el mejor de los casos, los explican y justifican como una variante popular de lo católico: catolicismo o religiosidad popular.

Ríos de tinta "culta" han corrido para tratar de hacer potable y permitir tragar la oblea de lo que se dio en llamar con esos nombres para defenderlo de quienes simple y llanamente querían liquidar el fenómeno. En ese sentido hay que reconocer mérito notorio a los que defendieron desde la teología pastoral, al pueblo creyente de los santuarios, el agua bendita, las velas, las imágenes y los sacramentales. Porque donde no existió esa defensa o bien fue débil, la acedia secularista arrasó sin piedad con todo o casi todo.

En realidad, lo que se ha dado en llamar religiosidad popular o catolicismo popular, no es una forma inferior de catolicismo, sino que es el catolicismo verdadero, tal como lo ha conservado y lo vive el pueblo de Dios que es la Iglesia. Y, por el contrario: lo que sí es una subespecie degradada, o una forma algo sincrética de catolicismo, es esa que podría llamarse religiosidad intelectual.

Es esa una forma de catolicismo que, si se analiza atentamente, reedita hoy fenómenos teñidos de gnosticismo, maniqueísmo, racionalismo, jansenismo y otros prejuicios anticatólicos, de origen protestante e ilustrado. Una forma de catolicismo en la que se han desdibujado, diluído y perdido, rasgos específicamente católicos, que sí se conservan precisamente entre el humilde pueblo fiel.

El catolicismo intelectualizado es de tendencia iconoclasta, racionalista, enemigo de signos, símbolos y sacramentales, puritano y enemigo del gozo popular. Tiene tintes maniqueos, por su menosprecio de lo sensible, lo corpóreo y lo material, cuando se trata de fe; ya que fuera del ámbito religioso no opone mayores objeciones contra cuerpo, sentidos, dinero y materia.

Abundan en su actitud, en su pensamiento y expresiones, lo que San Ignacio de Loyola llamaría "razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias", con las que hielan, en el corazón del pueblo fiel, la alegría y el gozo que viene de Dios.

Creo que lo que sigue ayudará a comprender hasta qué punto se equivocan en su mirada sobre el pueblo creyente.

¿Pueblo Supersticioso o Pueblo Sacerdotal?

El pueblo fiel acude a sus santuarios a pedir bautismo para sus hijos tanto como trabajo, pan, salud, ayuda en situaciones económicas y afectivas, laborales y familiares. Todo, en fin, lo que toca a sus vidas humanas. Viven todo esto religiosamente y creyentemente. Ellos no han tenido que esperar ni al Concilio Vaticano II, ni a la Christifideles Laici, para hacer lo que Dios les manda y la Iglesia les enseña: "consagrar las realidades temporales". En eso de tomar amorosa, religiosa y obedientemente la tierra, el trabajo, la mujer y los hijos, son como Abraham.

Sin embargo, ¿quién no ha escuchado la acusación de que la suya es una religiosidad interesada, materialista, comercial, mágica, mezclada de supersticiones e impurezas? Y curiosamente, en boca de quienes, por otro lado reclaman la promoción del laicado y reivindican para él la vocación de consagrar las realidades temporales. Quizás este doble discurso se explique porque, desconformes con el laicado que hay, aspiran a otro que se sueñan a su imagen y semejanza.

Concediendo que haya impurezas en esta religiosidad de los pobres, no serán ciertamente de origen filosófico, ni ilustrado, ni -menos que menos - maniqueas.

Por el contrario, en los altivos y despectivos reproches que se les hacen, sí que hay regustos de herejías: maniqueo-cátara ("la materia es mala"); o luterana ("la naturaleza humana está totalmente corrompida"); o de un espiritualismo desencarnado, muy del gusto de la aristrocracia jansenista ("pureza de ángeles y soberbia de demonios"). En fin, sabores todo menos que católicos.

En el airón altivo y la razón aparente, en el dedo acusador contra la plebs sancta, se traiciona un mismo aire de familia con Aquél que "acusa a nuestros hermanos delante de Dios día y noche" (Apocalipsis 12,10). El mismo aire familiar que tiene la antes citada especie de los que fustigan a "esos que van a Misa", como si cualquiera fuera mejor que ellos por el solo hecho de no ir. El mismo aire de los que se tienen o se dan a sí mismos por la aristocracia moral autojustificada, y se apartan, para no mancharse, de una comunión con gentes condenables y de nefasta reputación.

Estos críticos practican, sin advertirlo, una curiosa forma de autoexcomunión por motivos de virtud. Son ellos mismos quienes se apartan de la comunión y pertenencia: "Salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros, si hubieran sido de los nuestros habrían permanecido entre nosotros" (1 Juan 2,19). "Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín que, siendo del Maligno, mató a su hermano... todo el que aborrece a su hermano es un asesino." (1 Juan 3,11-12.15)

Prohibidísimo pues, enajenar acediosamente el corazón contra la plebs sancta y aborrecer a los hermanos en la fe. Pues de ellos habla Juan.

Después han venido los interesados en sacar patente de corso contra los hermanos en la fe, y han embrollado la palabra "hermano" entendiéndola - como hemos visto - en brumoso sentido filantrópico. Pero en esto: "apartan sus oídos de la verdad." (2 Timoteo 4,4)

"Con aspecto de piedad, niegan su eficacia"

En la historia de la Iglesia, los que menospreciaron a los fieles "del común", en nombre de una fe mejor y más ilustrada, se llamaron a sí mismos gnósticos. Diríamos hoy: ilustrados, instruidos, poseedores del conocimiento y la ciencia de Dios.

San Pablo arroja sobre ellos acusaciones graves, afirmando que se mueven por motivos de codicia, que son fautores de desastres en muchas familias, y que van halagando las pasiones de mujerzuelas. Cualidades nada recomendables para reconocerles liderazgo ni magisterio moral o religioso. Pablo pone en guardia a Timoteo contra ellos diciendo: "siendo más amantes de los placeres que de Dios, tendrán la apariencia de la piedad, pero desmentirán su eficacia" (2 Timoteo 3,5)

He aquí, en dos pinceladas, un retrato espiritual que es una radiografía. Estos hombres no aman el gozo de la caridad, el gozo de Dios: son más amantes de los placeres que de Dios. Su piedad, por lo tanto, es fachada. Es sólo apariencia hipócrita, que conviene a sus fines terrenos. Pero de hecho se oponen a los efectos de la verdadera piedad, los descalifican, los desdicen y hacen con ellos todo lo que la acedia les dicta. Porque son, como lo muestra la radiografía paulina, acediosos disfrazados de devoción, capaces de sorprender la buena fe de Timoteo.

La pintura corresponde a los gnósticos. Gente a quienes sus conocimientos - reales o fingidos - y su labia en temas religiosos, les da apariencia de devoción y de entendidos en las cosas de Dios. Pero ellos llevan el agua espiritual a su molino. El perfil espiritual del gnóstico es el del "mago" Simón, personaje arquetípico que dio nombre al pecado de simonía (Hechos 8,9-24). Ellos buscan sus intereses y no los de Cristo (Filipenses 2,21). Ananías y Safira, a su manera, inauguran un abuso del mismo estilo, queriendo traer a Dios a sus fines (Hechos 5,1-11). Y esta actitud espiritual es la misma que Jesús reprobaba en los escribas, quienes recababan honores y ganancia de su saber religioso (Marcos 12,38-40)

Los gnósticos se gloriaban de su ciencia. Pero la suya era una ciencia sin caridad, conocimiento sin amor. En su ejemplo brilla el mecanismo de la acedia: menosprecian a los simples fieles, a quienes consideran ignorantes. Son ciegos para la fidelidad y la caridad que hay en ellos sin tanto alarde de teologías. Gnosis es acedia, es ciencia que extingue el gozo de la caridad. Al estilo de las razones de Judas.

Conocimiento sin amor es el fenómeno demoníaco por excelencia. En el Evangelio, los demonios son los primeros en reconocer y proclamar a gritos que Jesús es el Hijo de Dios. Pero eso no los alegra, sino que los entristece y los hace temblar (Marcos 1,23; 3,11; 5,7; Santiago 2,19)


4.15.) La corrosión del lenguaje creyente

Es un hecho en que se repara poco, pero al que bien vale la pena atender, para comprender sus causas, entenderlo y ubicarlo.

¿Por qué las palabras más hermosas y dignas del lenguaje creyente, precisamente las que designan las realidades más bellas y santas relativas al amor a Dios y al prójimo, es decir a la Caridad, están como manchadas y profanadas?

Beato y beatitud, devoción y devoto, fervor, gozo, caridad, limosna, misericordia, virtud, tradición, católico...

Beato; devoto.

Las palabras beato y devoto, por una asociación despectiva y descalificadora: "viejas beatas, viejas devotas", se usa justamente para denigrar a un grupo humano digno de todo honor, entre otros motivos porque brilla en él el don y la gracia de la perseverancia en la fe (CIC 162), y de la fidelidad a través de las pruebas de toda una vida. Y como si eso fuera poco, tienen con frecuencia el carisma de la oración, el espíritu de intercesión, el don de piedad, la virtud de la religión.

¿Dónde está el motivo para despreciar esos dones y obras de Dios en sus fieles humildes? ¿Qué importancia tienen estos pequeños, estos pobres de Yavé, para que merezcan ser tenidos en cuenta para descalificarlos cuando sería suficiente ignorarlos? ¿Qué motivo sino la acedia puede trastocar así en motivo de desprecio lo que debería ser motivo de aprecio? ¿Qué crimen tan grave puede hallarse en estas almas, para descalificar tan grandes dones del Señor? ¿O por qué la falsedad de algunas, puede dar motivo a descalificar a tantas? Por acedia.

La acedia se impone al gozo de la caridad, y hace prevalecer la calumnia y el desdoro sobre esta categoría del pueblo fiel.

Hay que advertir, entender y cortar este abuso del lenguaje, con firmeza y justa indignación.

Fervor, gozo, virtud

También se da entre los fieles, y aunque parezca absurdo especialmente entre los religiosos, el desprestigio del fervor, del gozo y de la virtud. El desprestigio tanto de las palabras como de las realidades que ellas nombran. Porque el desprestigio de las palabras proviene del desprecio de las realidades, y no viceversa. Es la mente la que mancha el lenguaje; la acedia la que lo corroe y aherrumbra. Es necesario vigilar y rechazar el uso de las palabras en su falsa y viciosa acepción: virtud por gazmoñería o tontería. Hay que rechazar su desviación irónica.

Las palabras santas y nobles, empiezan a usarse en sentido perverso, significándolo con un sonsonete, y así comienza el proceso de su corrupción. Y lo que inicia la acedia malévola, continúa usándolo el desprevenido. Hay, en esto, descuidos culpables. Debemos sabernos y ser, reponsables del uso del idioma. Porque el uso del lenguaje no es neutro sino eficaz. En su uso se realiza la virtud de la veracidad. Y esta virtud aborrece denigrar con los términos propios de la alabanza.

Aunque la perversión de las palabras provenga de la perversión de los juicios, es verdad que una vez pervertidas las palabras, ellas arrastran y llevan detrás de sí, sembrándola, la perversión de la opinión y del juicio. Y de la perversión del juicio es de donde manan, como de mala fuente, todas las injusticias.

Caridad

La palabra Caridad es otra de las víctimas ilustres. Su corrupción tiene su raíz en el rechazo acedioso de la Caridad. La acedia se entristece por el orden de la Caridad, que es el recto orden o jerarquía de los amores, y lo rechaza.

La Caridad es "Amor a Dios sobre todas las cosas y de las creaturas por amor a Dios." (CIC 2093)

La acedia propone, por el contrario, que es mejor amar al otro por sí mismo que amarlo por Dios. Y el acedioso quiere ser amado por sí mismo, no por amor a Dios. Se impugna la Caridad como un amor indirecto, de segunda. Esta impugnación reposa sobre un gran error o sobre una gran distracción, y en todo caso sobre una gran ignorancia de la Verdad sobre el amor.

Lo que se presenta como una defensa del derecho a ser amado por uno mismo, sin relación a su Creador o Salvador, es, en realidad, desentenderse del orden de la Creación y de la Redención, y por ese camino, desentenderse de un hecho de fe: que el Amor de Dios es fuente y garantía de todos los amores, y que, por serlo los fundamenta, los posibilita y los rige.

La Caridad es el amor a la creatura, más fiel a lo que ella es; es el amor más veraz y fiel a su verdad. Porque la creatura es relación a su Creador y Salvador. Ignorar esa relación es ignorar su verdad. La creatura viene de Dios, va a Dios, ha sido comprada y rescatada por la sangre de Cristo. ¿Quién puede pensar que la ama respetando su verdad, si aspira a la vez a ignorar sus relaciones constitutivas con su Creador y Salvador? El que rechaza esas relaciones como motivos de amor, no sólo se pone al margen de la caridad, sino que está ya al margen de la fe; no sólo está lejos del buen amor, sino lejos de la verdad.

Pretender amar a los demás por sí mismos, sin tener en cuenta su verdad de creatura redimida, no sólo no es amarlos mejor, sino es, en realidad, odiar lo que son y rechazar su auténtico bien, que es su relación con Dios.

Ya hemos visto que el descrédito y el menosprecio de la Caridad tiene sus raíces culturales. Nos hemos ocupado del combate histórico entre la Caridad y la Filantropía (Véase 4.4.). Se quiso oponer a la Caridad la Filantropía, como amor del Hombre al Hombre por sí mismo, sin referencia a su relación con Dios, ignorada o negada en forma más o menos explícita. Pero si amar es querer el bien de alguien: ¿cómo se puede pretender que se lo ama si uno se desentiende de su mayor bien que es Dios?

La respuesta a esta pregunta pondrá de manifiesto hasta qué punto la oposición a la Caridad en nombre de la Filantropía provino de la acedia, que considera malo al bien de la creatura. El culto de la Filantropía reposa sobre el fundamento de la negación de Dios como bien del Hombre.

El enturbiamiento y el desprestigio de la palabra Caridad tiene su origen histórico en esas impugnaciones.

Limosna

Una degeneración semejante ha sufrido el uso de la palabra limosna. Hoy es sinónimo de "dádiva humillante". Pero sólo puede llegar a entenderse así esta hermosa palabra, si antes se ha malentendido y malpracticado la hermosa realidad que ella designa según la tradición.

Limosna, del griego eleemosyne, quiere decir "misericordia". Eleemosyne es la palabra griega con que los Setenta, tradujeron el término hebreo Tsedakáh, que quiere decir justicia. En hebreo no andan lejos los conceptos de justicia y misericordia, como que son atributos divinos.

La limosna cristiana, como misericordia, es fruto de la Caridad. La doctrina tradicional enumera tres frutos de la Caridad: paz, gozo y misericordia. Mal puede dar humillando el que ama y se apiada.

Pero además, en la misericordia se realiza la plenitud de la justicia, porque en ella da lo que no es debido quien no lo debe, no ya por obligación, sino por liberalidad amorosa y caritativa. En la caridad se realiza la plenitud de lo debido, como dice Pablo: "con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor" (Romanos 13,8)

La limosna es, pues, sinónimo de misericordia y por lo tanto abarca el mismo amplio espectro de obras que la misericordia: espirituales y corporales. Un amplio espectro de formas de salir al encuentro de las necesidades del prójimo para auxiliarlo. La Caridad es la que aproxima, aprojima, hace prójimos a los que, si no fuera por consideración al amor que Dios les tiene, no nos sentiríamos ni obligados, ni movidos a compadecer ni socorrer.

Hay tantas formas de limosna o misericordia como hay necesidades humanas que socorrer. El Catecismo de la Iglesia Católica enumera: Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar, sufrir con paciencia, dar de comer, dar techo, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos (CIC 2447). En la lista tradicional, tal como se encuentra en la Summa de Santo Tomás, se enumeran las corporales: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar al enfermo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos; y las espirituales: enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita, consolar al triste, corregir al equivocado, perdonar las injurias, sufrir pacientemente las adversidades y orar por todos.

La eleemosyne o limosna es, pues, más que una determinada obra, una actitud del corazón ante el prójimo, que no es ciega ni insensible, sino que ve su necesidad y trata de ponerle remedio. Es la perfección de la justicia cristiana, como lo enseña Jesucristo: "Bienaventurados los misericordiosos" (Mateo 5,7), poniendo como ejemplo la conducta misericordiosa del Padre (Lucas 6,36). Y como lo enseña también Juan Pablo II en su Encíclica Dives in Misericordia (=Rico en Misericordia). Se trata nada menos que de la justicia cristiana en cuanto debe exceder a la de los escribas y de los paganos (Mateo 5,20.46-47), incluyendo el amor a los enemigos.

La devaluación de esta palabra toca por lo tanto al corazón mismo del ser cristiano y priva al lenguaje creyente de un vocablo esencial para expresarse a sí mismo en lo que tiene de más propio y diferencial. ¿Cómo no deplorar esta obra de la acedia que desacredita las virtudes teologales y las hace despreciables y por fin odiosas?

Hay que reconocer que no habría corrupción del lenguaje cristiano si no hubiera corrupción de la vida cristiana. La corrupción del lenguaje es consecuencia del pecado. Ese es un hecho evidente. No es tan sabido en cambio el rol que desempeña la acedia en ese deterioro de los instrumentos de expresión.

Católico, catolicismo

Los términos ´católico, catolicismo, Iglesia católica´ tienden cada vez más a evitarse y a ser reemplazadas por ´cristiano´ y otras formas más o menos circunlocutorias, aún dentro de la Iglesia católica y por parte de sus líderes. Para la ideología liberal, según la cual todas las religiones son iguales y con mayor razón son iguales todas las iglesias cristianas, la sustitución de ´católico´ por ´cristiano´, fija, en el uso del idioma, la tesis de la indiferencia religiosa, y contribuye a difuminar lo propio y diferencialmente católico. Lo específico católico se reduce por subsumción en lo genérico cristiano. Y si esto se diluye todavía en lo ´occidental-cristiano´, la muerte o desaparición lingüística se ha consumado. Pero a esta tendencia lingüística más propia de las mentalidades y hábitos mentales liberales, se suma otra, más propia de la vertiente ideológica de izquierda. Esta, preferencia reservar el uso de los términos católico-a, catolicismo, Iglesia católica, para los caso en que se señalan los ´abusos católicos´ y todas las leyendas negras de la historia de la Iglesia, como precisamente opuestos a los principios y la conducta cristiana. Por este camino, la palabra ´católico-a´ terminará por irse cargando, en un futuro, como ha ido sucediendo con otros términos, de connotaciones negativas. El liberalismo practicó sobre todo durante el siglo pasado, la sustitución de sentido de lo ´católico´ por lo reaccionario, oscurantista, opuesto a la ciencia y al progreso. Y hoy, los autores ´postmodernos´ vuelven a hacerlo.

El desprestigio de este grupo de palabras tiene serias consecuencias para el sentido de identidad de los católicos, porque son los términos que designan directamente su identidad, su ser diferencial.

Hemos dado una serie de ejemplos, pero uno puede preguntarse: ¿qué palabra hay que no haya sido manchada en el vocabulario de la comunidad creyente? O, como deploraba el Concilio Vaticano I ya en el siglo pasado ¿qué nombre de los venerables misterios de nuestra fe no es profanado con sentidos ajenos y aún contrarios al propio?

Resulta que tenemos un lenguaje pero que no podemos usarlo libremente, porque se ha desdorado y manchado tanto, que a menudo nos autocensuramos, apelamos a circunloquios, echamos mano de términos del lenguaje común (decimos amor en vez de Caridad, por ejemplo), o tenemos que volver a explicar una y otra vez el sentido y la definición correcta de cada término.

Afortunadamente, no faltan nunca en la Iglesia los modelos y ejemplos vivos, que basta señalar, para remitir a las acepciones vivientes del lenguaje de la fe. Porque así como la corrupción del lenguaje cristiano es efecto del pecado, su purificación es obra de la santidad, que nunca falta en la Iglesia. Y el remedio al mal que aquí nos ha ocupado, no es tanto una tarea escolar o académica, ni siquiera doctrinal y catequística, cuanto un asunto de santidad.


4.16.) La corrosión de los signos

El lenguaje creyente no consta solamente de palabras, sino también de signos, símbolos, imágenes, acciones simbólicas o ritos, mediante los cuales los fieles se expresan ante Dios y se comunican entre sí.

La fe, la esperanza y la caridad hacia Dios, se expresan exteriormente en mil formas de adoración, de alabanza y de acción de gracias. Es lógico que la acedia se entristezca también con ese tipo de exteriorizaciones del gozo de la Caridad, tradicionales en la Iglesia católica. Y en efecto ha sucedido así a lo largo de la historia de la Iglesia.

La reforma protestante recapituló en gran parte lo que se había impugnado tantas veces a lo largo de siglos. San Ignacio de Loyola elenca, en sus Reglas para Sentir con la Iglesia, los bienes impugnados, saliendo al paso de una dolencia ácida que ganaba en su época dimensiones sociales, culturales y políticas.

En sus reglas, San Ignacio aconseja alabar las prácticas sacramentales, cultuales, rituales y devocionales del pueblo fiel católico. Son de alabar la confesión y comunión frecuentes, el oir misa a menudo, los cantos, salmos y largas oraciones en los templos y fuera de ellos, los rezos, cantos del Oficio Divino, la vida consagrada en religión con votos de obediencia, castidad y pobreza, la veneración de reliquias de santos y el invocarlos como intercesores, visitas y estaciones de iglesias, peregrinaciones, indulgencias, candelas encendidas, ayunos y abstinencias, penitencias interiores y exteriores, ornamentos y edificios de iglesias, imágenes de santos y del Señor, preceptos de la Iglesia, etcétera.

Lo que la Reforma impugnó primero desde dentro y luego desde afuera, lo internalizaron más tarde de nuevo las tendencias jansenistas en la Iglesia, continuando sus impugnaciones desde adentro. De ahí que la lista de San Ignacio no haya perdido significación con el paso del tiempo, porque las mismas cosas siguen siendo impugnadas hoy, y sigue siendo hoy bueno el alabarlas.

También hoy es conveniente y aconsejable alabar imágenes en los templos; reclinatorios para que puedan arrodillarse los fieles por devoción; agua bendita en las pilas en los templos y en casa de los fieles; alabar el ornato de los templos, el cultivo del sentido de lo sagrado y de su expresión incluso física; el respeto del silencio dentro de los templos; alabar hábitos religiosos y veste clerical, velo de las religiosas y mantillas o velos de las mujeres dentro del templo; alabar música, cantos e instrumentos sagrados; alabar venerables tradiciones y memoria de los que nos precedieron en la fe, como son monumentos, placas conmemorativas, aniversarios recordatorios, conservación de sus escritos y documentos, que expresan la caridad con los que fueron y gratitud al Señor por ellos. Alabar en fin todo aquello en lo que se goza la Caridad.



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