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Autor: | Editorial:



Dios te ama. El poder del amor.
DIOS TE AMA

Dios te ama, aunque seas el hombre más pecador del mundo. Dios te ama, no porque te lo merezcas, sino porque eres su hijo y quiere hacerte feliz. Dios es amor y no puede menos de amar. El problema está en si tú quieres amarlo a Él. Dios te ha dado libertad para que lo ames, pero no quiere imponerte su amor. Él te ama desde toda la eternidad. Y te lo dice con claridad: Con amor eterno te amé (Jer 31,3). Por eso, no temas responder a su amor con tu amor. Ámalo con plena conciencia y libertad. Y sentirás la alegría de amar.

Sin embargo, hay muchos hombres, que aprovechando la libertad que Él les ha dado, la usan para ofenderlo y creen que pueden ser felices sin Él. Eso le pasó a aquel drogadicto de Haarlem, en Nueva York, que escribió, parafraseando el salmo 23:

La heroína es mi pastor,
de la que siempre tendré necesidad.
Me hace reposar y me conduce
hacia una dulce demencia.
Destruye mi alma y me lleva
por el camino del infierno,
por amor de su nombre.
Sí, aunque camine por valles
de sombras de muerte,
no temeré mal alguno,
porque la droga está conmigo,
mi jeringa y mi aguja
me llevan consuelo y paz.


Y es que muchos hombres se hacen dioses a quienes adorar y a quienes servir, alejándose del verdadero Dios, que es Amor. Y esos dioses materiales son exigentes y les exigen su vida y su alma a cambio de unos momentos de placer. Pero, si quienes están hundidos en el abismo de su propia miseria humana, levantan la cabeza y piden ayuda a este Dios Amor, Él responderá y su oración será escuchada y bendecida. Veamos un ejemplo. Hace unos años un joven, muerto en accidente de carretera, dejó escrito:

Señor, yo no soy capaz de rezar. Nunca me han enseñado a hacerlo. Ahora no sé qué cosa decirte: ¿Tú existes? Si existes, ¿por qué no te dejas ver de mí? ¿Acaso pretendo demasiado? El mar, las flores, los montes… todo habla de ti, pero yo no soy capaz de descubrirte. Dicen que el amor es una prueba de tu existencia. Quizás es por esto que todavía no te he encontrado, nunca he sido amado de modo que pueda sentir tu presencia. Señor, hazme encontrar un amor que me lleve a ti, un amor sincero, desinteresado, fiel y generoso, un amor que sea como un reflejo de tu amor. Señor, ayúdame.

No sabemos cómo terminó su vida. Pero esta breve oración, en la que pide ayuda, creemos que fue suficiente para hacer sonreír al Padre Dios, que lo recibiría en sus brazos con amor.

El ejemplo de Charles de Foucauld es también significativo. Él tenía un corazón inquieto y tenía sed de Dios. Sentía que le faltaba algo, pero no sabía qué. El 30 de octubre de 1886 hizo esta breve oración: Oh Señor, si existes, haz que yo te conozca.

Dios no le respondió con un milagro instantáneo, pero se sintió feliz de su hijo, que lo llamaba desde lo más hondo de su corazón. Por fin, estando en París, se fue un día a buscar al padre Huvelin, de la iglesia de san Agustín, y, hablando con Él, aclaró sus dudas y descubrió al Dios Amor. Y nos dice: Apenas creí en la existencia de Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él. Mi vocación religiosa nació en el mismo instante que mi fe. ¡Dios es tan bueno y tan grande! ¡Hay tanta diferencia entre lo que es Dios y lo que no lo es!.

Otro ejemplo. Jacques Fesh, francés, había sido condenado a muerte por un grave delito que había cometido. Un día de octubre de 1954, se encontraba en la cárcel y estaba especialmente triste. Sentía que su vida estaba vacía. Él dice: En ese momento, como pidiendo ayuda, grité desesperado: ¡Mon Dieu, mon Dieu! (Dios mío, Dios mío). Y, al instante, como si Dios estuviera presente a mi lado, esperándome, una paz inmensa me subió hasta la garganta… La alegría me invadió y sentí una gran paz. En pocos instantes, todo se hizo claro y sentí una alegría sensible y fortísima. Fue una conversión instantánea. Dios le había contestado con su inmenso amor, cuando más hundido y desesperado se encontraba.

El día de su ejecución en la guillotina (1-10-1957) escribió: Faltan cinco horas. Espero al Amor. Ha sufrido tanto por mí… Dios es amor. Tengo los ojos fijos en el crucifijo y mis miradas no se apartan de las llagas del Salvador. Quiero conservar su imagen en mis ojos hasta el final. Recitaré el rosario y las oraciones de los moribundos y, después, pondré mi alma en las manos del buen Dios. Dentro de cinco horas, veré a Jesús .

Jacques Fesch murió como un santo. Su Diario es tan impactante que el mismo cardenal Lustiger, arzobispo de París, desea iniciar su proceso de beatificación.

¡Es maravilloso cómo Dios nos espera con su infinito amor para hacernos felices, si le damos la oportunidad y nos dejamos amar! Si le pedimos ayuda, Él siempre está dispuesto a respondernos con amor. A veces, nos ama y nos manifiesta su amor a través de otras personas. Por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta decía de sí misma: Yo soy un pequeño lápiz en las manos de Dios, con el que Él escribe su carta de amor al mundo. Pues bien, seamos también nosotros pequeños lápices para que Él escriba su carta de amor a tantos que tienen necesidad de su amor. Eso fue precisamente, lo que hicieron dos buenos esposos norteamericanos, Clarissa Defeo y Rocco y su esposo, que querían compartir su amor con los más necesitados. Tenían una niña y, después, adoptaron un niño y una niña de Korea, de cinco y dos años respectivamente. Un día vieron la foto de otro niño coreano de seis años, que estaba necesitando adopción y lo aceptaron también, a pesar de que tenía una pierna gravemente desviada. Dos años después, adoptaron tres hermanitos de Filipinas de quince, diez y siete años. Por último, consiguieron una nueva niña en Tailandia. Y dice la esposa: Hemos celebrado, mi esposo y yo, treinta y un años de casados. Pero, si hubiera algún niño que estuviera esperando un nuevo hogar y una nueva vida, no le cerraríamos las puertas.

Sí, el amor no puede guardarse en el rincón oscuro del egoísmo, sino que debe compartirse. Por eso, pidamos a Jesús que nos llene de su amor para poder dar más amor a los demás. Y no olvidemos que Él, cuando nosotros damos un paso hacia Él, Él ya ha dado cien pasos hacia nosotros. Su providencia amanece antes que el sol y ya nos está esperando antes de nosotros despertar. Por ello, no es de extrañar que el gran místico musulmán del siglo IX, Bayezid Bastami, dijera: He estado buscando a Dios por treinta años y, cuando al fin he abierto los ojos, he comprendido que era Él quien me estaba buscando a mí.

Busca a Dios, si todavía no lo has encontrado. Busca su amor, si todavía no lo has experimentado. Déjate amar por Él y dile: Señor, quítame el miedo de dejarme amar por Ti. Quítame el miedo a amarte sin condiciones. Quítame el miedo a amar a los demás sin esperar recompensa. Quítame el miedo a la verdad, a la enfermedad y a la muerte. Quítame el miedo a tus exigencias. Y dame valor para dejarme amar por Ti hasta las últimas consecuencias y confiar en Ti hasta el punto de creer que tu amor y tu providencia velan continuamente sobre mí para darme siempre lo que más me conviene. Amén.


EL PODER DEL AMOR

El amor es la fuerza más poderosa del universo. Dios es amor (1 Jn 4,8). El sentido de nuestra vida está en el amor. Por eso, sólo por el amor podremos avanzar en el camino de nuestra realización personal y de nuestra felicidad. Dios ha hecho el mundo de tal manera que sólo el amor construye, mientras que el desamor destruye. El amor nos enriquece espiritualmente, mientras que el desamor nos hunde en un abismo interior de oscuridad y maldad.

El gran filósofo francés Henri Bergson (1859-1941) decía en su libro Las dos fuentes de la Moral y la Religión: Hemos sido llamados a la existencia para amar y ser amados y la energía creadora debe definirse por el AMOR. Sí, la energía creadora del universo fue el Amor y este universo todavía no está terminado, sigue su ritmo evolutivo hacia el Amor. Por eso, hasta que llegue el final de los tiempos y el universo material llegue a su fin, el amor seguirá siendo la energía poderosa, que va perfeccionando las cosas y, sobre todo, va santificando y espiritualizando a los hombres.

La providencia de Dios en el mundo se manifiesta a través de su amor omnipresente. Todo lo que sucede, incluso las cosas negativas, puede ser enderezado por Dios para la realización del fin último. En el mundo hay muchas enfermedades, accidentes y sufrimientos de toda índole, pero en las manos de Dios, cuando los hombres los aceptan con paz, vienen a ser como instrumentos que esculpen y pulen la piedra de nuestra alma.

La historia de los santos y, en general, de todos los personajes célebres por su inteligencia o su bondad, se halla llena de casos de los que vemos salir al hombre engrandecido, templado, renovado tras una prueba o, incluso, una caída, que parecían deber apocarle o derrotarle para siempre. Los fracasos y problemas de la vida desempeñan para nosotros el papel del timón de profundidad en el avión o, si se prefiere, de podadera para la planta. Canaliza nuestra savia interior, pone de relieve los componentes más puros de nuestro ser y nos hace ascender más y más rectamente (hacia Dios) .

El amor de Dios es el motor del universo. El amor divino empapa todas las cosas con su presencia, pues en Él vivimos, y nos movemos y existimos (Hech 17,28).

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