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Investigaciones en torno a la Sábana
Al cerrar la introducción se hablaba de la posibilidad de que desde el espacio nos llegue hoy el rayo de una estrella situada a años-luz de nosotros, y de que sea vista por quien está mirando al cielo. Ciertamente en estos últimos treinta años muchos estudiosos han seguido dirigiendo sus telescopios hacia la Sábana, con resultados a veces distintos e incluso opuestos, como sucede en astronomía, al profundizar en el conocimiento de los cuerpos celestes objeto de sus estudios.

Frente a quien, convencido por las múltiples pruebas a favor, se declara defensor de la plena autenticidad de la Sábana como lienzo fúnebre que envolvió el cuerpo de Cristo después de su muerte en la cruz, surge de vez en cuando alguien que, sintiéndola como un cuerpo extraño, intenta por todos los medios rechazarla, poniéndola entre las más celebres falsificaciones que se hayan dado en la historia.

Veamos, por el contrario, una síntesis de las pruebas que aseguran la autenticidad de la Sábana Santa. Da confianza y conmueve la seriedad con que la ciencia del siglo XX se acerca a los interrogantes que rodean al hombre en general y en particular a éste de la Sábana. Si no está al servicio de una ideología, el científico de hoy camina de puntillas, con humildad, alrededor de realidades que le sobrepasan. Podemos confiar en que el científico auténtico no esconderá nada, y no afirmará nada antes de haber verificado cada hipótesis. Las opiniones personales cuentan más bien poco.

Este es el motivo por el que conmueve la humildad del científico digno de tal nombre. Y da tranquilidad pensar que podrán surgir nuevos interrogantes, pero la ciencia, que ya ha admitido el encontrarse delante de un misterio, digno del máximo respeto y de la más atenta consideración, sabrá cómo responder también a las nuevas preguntas.

Desde 1898, hasta hoy, las más variadas disciplinas del saber humano, como la anatomía, arqueología, exégesis bíblica, química, física, electrónica, fotografía, se han aplicado con creciente perfección al análisis de este documento; de modo que, como señala oportunamente una experta en los estudios sobre la Sábana, hoy su autenticidad no se encuentra en discusión (M. E. Patrizi, La macro-fotografia nello studio della Sindone, en «Il Tempo», 30-III-1978).

Tejido

Comencemos por el tejido de la Sábana. No es en realidad nada más que una tela tejida a mano de Linum usitatissimum, es decir, de lino común, como lo demuestra el hecho de que las primeras gotas de metal fundido que cayeron en el interior de la caja metálica traspasaron inmediatamente la Sábana, doblada en varios pliegues.

Ahora bien, ¿por qué no sucedió lo que inevitablemente tenía que ocurrir, vistas las premisas? ¿Cómo es que un trozo de tela normal puede resistir al calor proviniente de dos metales con un punto de fusión de 960’8 grados para la plata y 1.100 grados para el cobre? ¿Cómo puede competir con dos substancias metálicas que, obedeciendo a las precisas leyes de la naturaleza, empiezan a pasar del estado sólido al magmático o semi–fluido, muy parecido a la lava que sale de un volcán en erupción? ¿Cuándo se ha visto que un tejido puesto en contacto con planchas ardientes saliera intacto?

Sabemos que las leyes naturales son férreas e inmutables; actúan según lo establecido por el Creador, sin admitir por propia iniciativa excepciones con nadie. Ahora bien, el caso del incendio de Chambéry es una gran excepción –y, como dice San Ambrosio, lo que va más allá de la naturaleza procede del Autor de la naturaleza–. Además, como cada efecto exige una causa proporcionada, tal causa debe buscarse por encima de la sencilla naturaleza, y esto es signo de que la Sábana de Turín está verdaderamente en el corazón de Alguien. Alguien que puede modificar las leyes inflexibles, Alguien que ordenó a éstas suspender su poder en beneficio de aquella realidad singular que Él quería proteger, salvaguardándola de la inexorable función destructiva de las llamas.

Con estas consideraciones se pone de relieve que la necesidad –por razones de lógica, no de fe– de una intervención por encima de las leyes naturales confirma la autenticidad de la Reliquia. En aquella Sábana, verdaderamente había quedado envuelto, por tres días, el cuerpo martirizado del Hijo, y de ahí había resucitado, dejándonos la imagen fiel de la propia realidad del Hombre, del Verbo que se había encarnado por nosotros y para nuestra salvación. No es creíble, en efecto, que tal intervención superior se hubiera producido para cuidar y defender una... falsificación.

Es, por tanto, una prueba más a favor de quien tiene el convencimiento de que la Sábana Santa de Turín no solo es auténtica, sino que además lleva consigo misma un mensaje de gran elocuencia para creyentes y no creyentes: el mensaje de la existencia de un Dios Omnipotente, infinitamente inteligente y genial, capaz de dirigir los lugares, los tiempos y los modos de revelarse al género humano, movido por un amor sin límites y salvador.

[J. Kilmon, en www.historian.net/shroud. htm, explica que del examen físico de la Sábana se deriva que se trata de una tela que mide 4’6 x 1’1 metros, correspondiente a la medida estandar de 8 x 2 cúbitos filetáricos utilizada en Palestina durante el siglo primero. El dibujo del tejido es probablemente sirio, del siglo primero; contiene algodón de una especie de Oriente Medio que no se encuentra en Europa, el Gossypium herbaceum. Se concluye, pues, que la Sábana fue confeccionada en el Oriente Medio, con mucha probabilidad en Siria, con un diseño utilizado en el siglo primero, aunque bastante raro y costoso].

Anatomía

En el ámbito de la interpretación médica de la fotografía, el doctor Robert Buckley, uno de los mayores expertos en esta especialidad, médico en el Instituto de Medicina Legal de Los Angeles, destaca que la Sábana Santa «en el examen de las heridas, constituye un caso particularmente interesante: en vez de examinar un cuerpo humano real, disponemos de las huellas fotográficas de ambos lados del cuerpo, que tienen señales de heridas de varios tipos, tan claras y detalladas que es posible hacer un examen legal... La edad de este hombre parece estar comprendida entre los treinta y los treinta y cinco años; su cuerpo tiene señales de una serie de heridas que van desde simples golpes a zonas grandes de heridas profundas por donde ha habido pérdida de sangre» (Debate televisivo en Italia 30-III-1978).

[De acuerdo con el resumen que hace el Centro Español de Sindonología en loc. cit. de las investigaciones realizadas desde el punto de vista de la medicina legal, el primer cirujano que comprobó la absoluta exactitud anatómica de esas heridas fue, como hemos visto, el profesor de Anatomía comparada de la Sorbona Yves Delage. Para él no existía la menor duda de que sólo un hombre que hubiera padecido los tormentos físicos de Jesús podría haber dejado tales huellas.

Son ya una multitud los médicos que a lo largo del siglo XX han corroborado estas afirmaciones, desde los pioneros como Pierre Barbet –cirujano del Hospital de San José de París– o Giovanni Judica-Cordiglia –profesor de medicina legal de la Universidad de Milán–, hasta los más próximos a nosotros, que han podido comprobar sobre la propia tela sus afirmaciones, como el Dr. Robert Buckley –médico forense, patólogo del Hospital de Los Angeles, California–, el Dr. Rudolf W. Hynek – de la Academia de medicina de Praga– o el Dr. Pier Luigi Baima Bollone –profesor de medicina legal de la Universidad de Turín–.

En resumen, de sus resultados se deriva que la distribución de las heridas en la Sábana es anatómicamente perfecta y que refleja muchos detalles desconocidos en la Edad Media. Son muchas las lesiones que se muestran en la Sábana con plena exactitud. Han ido apareciendo a lo largo del relato de la pasión en la Sábana Santa:

–El cartílago de la nariz, que aparece roto y desviado a la derecha, efecto de un bastonazo o de una caída, pues se han encontrado restos microscópicos de tierra de las mismas características físicas que la de Jerusalén en esa zona de la nariz y también en la rodilla izquierda y en la planta de los pies.

–Una gran contusión que aparece bajo la región malar derecha, efecto de un bastonazo propinado con un palo corto y redondo de 4-5 cm. de diámetro.

–Diversas escoriaciones en la mejilla derecha y la región frontal; llagas sobre los arcos supraorbitales, tumefacción del arco ciliar derecho.

–Las marcas sangrantes de más de 50 orificios de la corona de espinas, correspondientes las más importantes con venas y arterias reales.

–Las heridas y contusiones a lo largo de todo el cuerpo, más de 600, y las marcas de azotes, unas 120, idénticas a las que dejaría el instrumento de flagelación utilizado por los romanos, el flagrum taxillatum.

–La herida del costado, de forma elíptica, del mismo diámetro, 4’4 x 1’4 cm., que las lanzas romanas que, a diferencia de las demás heridas, se infirió post mortem.

En relación con las afirmaciones de que la Sábana sea una falsificación hecha en la Edad Media, vemos en ella elementos anatómicos que no se conocían en esa época, como el halo de suero alrededor de las manchas de sangre –no apreciable a simple vista–, las salpicaduras y sinuosidades de los regueros de sangre, la hinchazón del abdomen, típico de la asfixia.

Por otra parte, algunos aspectos de la imagen contradicen las representaciones de Cristo corrientes en la Edad Media, ajustándose perfectamente, en cambio, a la realidad de la muerte del Crucificado, como la corona de espinas en forma de casco, los clavos de las manos en el carpo y no en las palmas, la lanzada en el costado derecho y no en el izquierdo. Hay que destacar también que representar a Cristo completamente desnudo hubiera supuesto un escándalo en aquella época.

Sobre el grupo étnico al que podría pertenecer el hombre de la Sábana, hay coincidencia entre los antropólogos. Así, T. Dale Steward, del Museo Smithsoniano de Ciencias Naturales, afirma que los rasgos faciales son «los propios del grupo racia judio o semítico»].

Sangre

No se puede negar, pero tampoco afirmar, que la Sábana Santa haya estado en contacto con un cuerpo ensangrentado. Ha pasado mucho tiempo, y en dos mil años –edad que se presume de la tela examinada– profundas alteraciones físico-químicas pueden haber actuado sobre la estructura de los glóbulos rojos y de la fibrina que caracterizan la sangre.

Y no solo eso. Hay que tener en cuenta que el microscopio óptico ha escudriñado la superficie de la tela, es decir, la parte externa, la más expuesta al desgaste. En un futuro no lejano dispondremos de sistemas capaces de hurgar mas a fondo, entre los mismos hilos del tejido. Instrumentos como el EMA –Electrón microprobe–, el IMA –ion microprobe– y el ESCA –espectroscopio electrónico para análisis químicos–, que se encuentran en los laboratorios Mc. Crone de Chicago, éstos sí que sabrán responder ese interrogante. Además de que de los estudios de residuos microscópicos de cristales y minerales fáciles de encontrar en la Sábana Santa puede que vengan otras interesantes confirmaciones de su autenticidad.

[J. Kilmon expone en loc. cit. las pruebas realizadas en relación con el tema de la sangre en la imagen de la Sábana. Mc Crone, uno de los investigadores más respetados en análisis de partículas, sostenía que la imagen era una pintura. Detectó partículas de óxido de hierro en la Sábana, sobre todo en las supuestas manchas de sangre de la imagen, utilizando sólo técnicas ópticas y las atribuyó a técnicas de pintura. El debate sobre la autenticidad de la Sábana se centró en determinar si la presencia comprobada de óxido de hierro era la causa de la imagen de la sábana y las manchas de sangre, así como en el origen del óxido de hierro.

Parte de la respuesta a esto vino por el análisis con fluorescencia de rayos X, realizado por científicos del STURP, que determinó que no había correlación entre las concentraciones de partículas de óxido de hierro y las diferentes densidades de la imagen, concluyendo que el óxido de hierro no era responsable de la imagen de la tela. Estos descubrimientos estimularon un mayor interés en las manchas de sangre de la tela. ¿Se trataba de verdaderas manchas de sangre o habían sido pintadas con alguna clase de óxido de hierro que contenía pigmento rojo?

Este tema fue desarrollado por Heller y Adler, expertos en análisis de sangre, que investigaron más allá del simple estudio óptico de McCrone. Aplicando diversas técnicas determinaron que, mientras los pigmentos de los pintores contienen óxido de hierro contaminado con manganeso, niquel y cobalto, el óxido de hierro de la Sábana era relativamente puro. Descubrieron, investigando los procedimientos de elaboración del tejido de lino, que es normal que aparezca óxido de hierro puro en el proceso de fermentación del tejido en grandes barriles abiertos de agua. Por tanto, el óxido de hierro, abundante en el lino de la Sábana, no es obra de pigmentos de algún pintor. A continuación se procedió a aplicar el análisis microespectrofotométrico a las partículas de sangre de una de las fibras de la Sábana identificando infaliblemente hemoglobina, porfirina, bilirrubina, albúmina y proteina. Así pues, las manchas del tejido no son pigmento de pintor, sino sangre verdadera, y estas manchas impregnaron el tejido antes de la formación de la imagen.

Por otra parte, trabajando con una mayor variedad de muestras de sangre de las fibras de la tela, el patólogo P. Baima Bollone, utilizando inmunoquímica, confirmó los descubrimientos de Heller y Adler e identificó la sangre como perteneciente al grupo sanguíneo AB, prevalente en los judíos. Es significativo que el análisis del tejido muestra altos niveles de bilirrubina, lo que concuerda con los golpes y azotes que se muestran en la imagen del Hombre de la Sábana].

Monedas

Desde otra vertiente, hay estudiosos que en estos años han indagado sobre la cuestión de las monedas que, puestas el Viernes Santo sobre los párpados del cadáver que estudiamos, han dejado su propia huella, a modo de un posterior sello de autenticidad.

En 1979, el estadounidense Francis Filas, estudió las letras que aparecían en la impronta de la moneda situada sobre el ojo derecho, U-CAI, integrantes de la inscripción griega tiberiou kaisaroi, y consiguió encontrar en el mercado de antigüedades especializado dos monedas con el mismo error de acuñación: en vez del regular kai, el aproximativo cai. Esta moneda se llamaba dilepton lituus.

En 1996, Baima Bollone y Nello Ballosino identificaron sobre la ceja izquierda un lepton simpulum, acuñado bajo Pilatos en honor de Julia, madre de Tiberio, muerta en el año 29 d. C. Whanger y Haralik pusieron de manifiesto la existencia de 74 puntos de correspondencia entre las imagenes de las fotografías de la Sábana Santa y la moneda de Pilatos, localizando otras dos letras.

«Todo esto nos lleva a la conclusión de que, efectivamente, sobre los párpados del Hombre de la Sábana Santa estuvieron dos pequeñas monedas coloniales romanas, pertenecientes a la época del imperio de Tiberio, alrededor del 29 d. C.» (F. Pastore Trossello, Alcune considerazioni sulla questione delle monetine, en Sindon, Turín 1989, 103).

Imprimación

Entremos ahora en el ámbito más problemático del universo sindónico, el inherente a la génesis de las huellas y de aquellas particulares impresiones que presenta la Sábana de Turín. Se ha explicado según varias teorías.

La primera consiste en afirmar que se trataría de un cuadro, de una reproducción realista del cadáver de un hombre, previamente sometido al proceso que va desde la tortura a la crucifixión, del que hablan los Evangelios. Tal hipótesis resulta excluída del modo más absoluto: se encuentra con varias dificultades no resueltas, como la incongruencia del estilo pictórico con la época de su supuesta elaboración, así como la total ausencia de huellas de pinceladas.

Los misteriosos falsificadores podrían haber acudido al eventual recurso propuesto por el doctor Rodante, ya explicado; se habría podido envolver dentro de una sábana un cadáver, anteriormente sometido a torturas y después crucificado, poniéndole después áloe y mirra, y exponiendo luego la tela en cuestión a la luz del sol. Pero también esta hipótesis hace aguas por todas partes, sea porque la presencia catalizadora del fluido luminoso debería ser simultánea la acción de los ungüentos y bálsamos, y no posterior; sea porque los desconocidos falsificadores habrían debido tener la inadmisible precaución de procurarse, algunos siglos antes del descubrimiento de la polinología, los pólenes fosilizados, de origen prevalentemente palestino o medio-oriental, que la Sábana Santa presenta como incorporados dentro de las propias fibras.

Por otra parte, la teoría pictórica no explica la exactitud milimétrica de aquellas tres pequeñas heridas en la frente del Hombre de la Sábana Santa, con una perfecta simetría, correspondientes a las venas y arterias de las que salió la sangre. La ausencia de estas micro-garantías de autenticidad hace que no se pueda sustituir la Sábana de Turín por la Sábana reproducida en Siracusa por el doctor Rodante.

Otra objeción insuperable acerca del origen manual de la Sábana Santa de Turín proviene de las siguientes preguntas: dado que dicha impresión del hombre se encuentra en las condiciones que podríamos denominar aproximadamente negativo fotográfico, ¿qué pintor y por qué, dotado de capacidades geniales como para poderlo comparar con Miguel Angel o Leonardo de Vinci, habría decidido ofrecer a sus contemporáneos y a los postreros una imagen por sí misma incomprensible, en vez del habitual modo positivo y verdadero, con las facciones de aquél que por todas las circunstancias, sería Jesús de Nazareth? Mientras no tengamos una respuesta convincente, nos sentimos ampliamente autorizados a preferir nuestra tesis: la Sábana Santa conservada en Turín es auténtica y verdaderamente tuvo entre sus pliegues a Cristo muerto y resucitado, como nos induce a creerlo el conjunto de pruebas que así la avalan.

[De la investigación realizada en 1978 por el STURP, equipo de científicos estadounidenses que solicitó y obtuvo permiso para realizar una exploración sobre la Sábana en Turín se derivan importantes conclusiones sobre la formación de la imagen de la Sábana Santa.

Este equipo pudo trabajar directamente con la Sábana durante 120 horas, utilizando las técnicas de investigación más avanzadas, de entre las cuales pueden destacarse:

–unas 5.000 fotografías normales y con rayos infrarrojos y ultravioleta;

–análisis computerizado de la imagen con el aparato VP8, capaz de obtener el relieve del cuerpo que estuvo envuelto por la Sábana;

–microscopía, macroscopía, microdensitómetro y espectroscopio;

–pruebas químicas, más de 1.000, de las mancas de sangre, agua y otros restos, así como de otros pigmentos orgánicos e inorgánicos, que aparecen en la Sábana.

Sus principales conclusiones fueron:

–Las manchas de sangre de la Sábana son realmente sangre.

–La imagen contiene al menos nueve características que obligan a excluir todas las técnicas conocidas para realizar la imagen (tintura, tinte, polvo, contacto directo, vaporigrafía, vapor y contacto). Esas características son: absoluta superficialidad, extrema pormenorización, plena estabilidad térmica y química, comprobada ausencia de pigmentación de cualquier clase, estabilidad al agua, no direccionalidad, negatividad y tridimensionalidad].

El doctor Rodante, de Siracusa, ha dado la respuesta más plausible, por el momento, a la cuestión de cómo se formó la imagen de la Sábana, después de más de veinte años de investigaciones en laboratorio. Ya en 1978 presentó en el ámbito del XI Curso de medicina y moral en Roma, los resultados de sus primeros experimentos sobre las impresiones de la Sábana Santa, obtenidos recurriendo a catalizadores como el sudor y el sangre. Realizó los experimentos en las catacumbas de Siracusa, lo que indicaba ya una primera intuición: elegir un ambiente lo más análogo posible al específico del Sepulcro de Jerusalén, con un determinado nivel de humedad, dato indispensable para lograr la experimentación.

Un año después de la pretendida nueva datación de la Sábana Santa, acorde con la prueba del carbono 14, en 1989, Rodante presentó sus descubrimientos en una contribución titulada Formación natural de las impresiones de la Sábana Santa; sudor y sangre, áloe y mirra, y la datación medieval.

Sus investigaciones en el laboratorio empezaron por una fortuita o providencial intuición, la de haber encontrado en una superficie tratada con aloe y que había estado expuesta a la luz del sol, una zona no oscurecida, correspondiente a un lugar en que se había impedido la acción de dicha luz. Ello era signo evidente de la acción oxidante producida por el sol.

Partiendo de la reproducción fotográfica del Hombre de la Sábana Santa, tratado con sangre, sudor, áloe y mirra, y agujereada con un alfiler común, con paciencia infinita, para intentar reproducir la porosidad de la piel humana, Rodante continuó sobre esta pista, fotografiando sistemáticamente los resultados obtenidos. Después tuvo la oportunidad de trabajar con un material utilizado en los procesos serigráficos. Del latín seri(co) –de seda–, y del griego gráphein –escribir–, la serigrafía es un procedimiento de estampación que consiste esencialmente en hacer pasar una capa de tinta a través de la malla de un molde de tela con poros muy pequeños.

Rodante estaba convencido de que sustituyendo la sustancia líquida de la tinta por aquélla, todavía más fluída, constituida por un flujo de luz solar, una determinada figura tratada con los elementos citados, tendría que haber dejado su propia impresión en negativo. De hecho, así es como sucedió; primero el rostro del Hombre de la Sábana Santa, después toda la figura. Al terminar el tratamiento, que duró alrededor de treinta y seis horas, en el ambiente húmedo de las catacumbas siracusanas, atravesando con un flujo luminoso el finísimo material serigráfico –lo más parecido a la permeabilidad de la piel humana–, quedaron estampados en otra tela o cuadro de estampación, con un altísimo índice de semejanza; prácticamente del cien por cien. De hecho, llevando al revelado fotográfico aquella impresión negativa, se asemeja a un positivo del original de la Sábana Santa, y casi no es posible distinguir la copia del original.

Radiación

Queda sólo hablar del rayo de luz necesario para fijar en la tela la imagen que nos interesa. Ya hemos hecho referencia a los rayos mitogénicos de Gurwitch. Considerando como hipótesis razonable que la Sábana Santa de Turín haya sido efectivamente aquella en la que en su interior estuvo el cadáver del Cristo crucificado hasta el instante de su resurrección, habría bastado a Dios, inventor y padre de las leyes de la naturaleza, utilizar esos rayos mitogenéticos y sacar de aquel cuerpo que volvía a estar no sólo vivo, sino además en plenitud de vitalidad sobrenatural, la cantidad exacta de luz necesaria para fotografiar sobre la tela de la Sábana la imagen del Resucitado.

En el proyecto divino, parece que ha habido esta secuencia de fases: ofrecer a la fe sencilla de los creyentes, desde el inicio de la era cristiana hasta el final del ochocientos, la propia imagen en negativo y de forma aproximada, pero suficiente para sustentar la devoción; después una segunda fase, desde 1898 en adelante, en la época caracterizada por la civilización de la imagen, mostrar su verdadero aspecto corporal, en positivo, el mismo que fue familiar para María, los Doce, los discípulos y sus contemporáneos palestinos, griegos y romanos.

De entre las varias hipótesis adelantadas, desde la pictórica hasta la hemática, desde la de la fluorescencia hasta la de la radiación atómica, la más convincente en plano teórico y avalada por los resultados del laboratorio es aquella que podríamos denominar de la difusión luminosa de irradiaciones residuales secundarias, presentada por el doctor Rodante en el III Congreso Internacional de Estudios sobre la Sábana Santa, en un informe complementado con numerosas diapositivas demostrativas. El informe se llamaba Un relámpago de luz en el umbral del tercer Milenio. Ahora bien, mientras Rodante recurre a la luz del sol, penetrando desde el exterior al interior, en el caso de la Sábana Santa original el flujo debió haber salido del interior del cuerpo resucitante de Jesús o, mejor aún, de un fulgor que lo envolviera por todos lados.

[El padre Jorge Loring, jesuita, autor de La Sábana Santa, dos mil años después (Planeta, Barcelona 2000), escribe: «Esto fue un descubrimiento de los doctores en ciencias físicas de la NASA americana Jackson y Jumper. Ellos opinan que la imagen se produjo por una radiación. Cuando expusieron su descubrimiento en el Congreso científico internacional sobre la Sábana Santa, en Turín, siempre que hablaban de esta radiación añadían: “radiación instantánea”. Yo le pregunté a Jackson el porqué, y él me contestó: “Porque los hilos no están carbonizados, sino superficialmente chamuscados, y por la penetración de la quemadura podemos medir la fracción de segundo que duró la radiación”. Esta radiación se produjo en el momento de la resurrección. No hay explicación más aclaratoria. Ningún cadáver de la Historia ha dejado su imagen grabada a fuego en el lienzo que lo cubre. Si yo envuelvo un cadáver en una sábana, dejará manchas de sangre, si tenía; de sudor, si tenía; de excrementos quizás. Pero es cierto que ningún cadáver de la Historia graba su imagen a fuego en el lienzo que lo cubre. Cristo grabó su imagen porque resucitó: no hay otra explicación»].

Historia

Y hay otro capítulo juzgado más bien débil en la cadena de las verdades de la Sábana Santa, el relacionado con su historia, y en particular con la del primer milenio que va desde el día de la resurrección de Cristo hasta aproximadamente el mil doscientos. Siempre se ha sostenido que la casi total falta de documentos y de indicaciones relacionadas con la Sábana a lo largo de los primeros diez-doce siglos de la era cristiana constituye un elemento contra su autenticidad.

Ahora bien, reuniendo los resultados de sus cuidadosas investigaciones en un volumen editado en 1997, la historiadora y arqueóloga María Grazia Siliato parece dar el paso necesario en este tema, igual que de algún modo el doctor Rodante ya lo había dado refiriéndose a la génesis de la más famosa imprimación de la historia. Siliato, desde el punto de vista histório, responde que no ha existido nunca ese pretendido vacío de documentación para la Sábana en esos siglos. Lo que ha sucedido es que se había buscado siguiendo una dirección equivocada, en Occidente, mientras que casi durante todo el milenio de que se habla, ella ha podido verificar la presencia de la Sábana en el Medio Oriente.

Ella recorre las etapas puntualmente: desde el alba de la Pascua, en la que la preciosa reliquia cristiana es entregada al príncipe de los Apóstoles, para después pasar, mientras crece la hostilidad hacia la Buena Nueva predicada por Cristo, de comunidad en comunidad, del valle del Jordán al de Siddim, el valle donde en un tiempo pasado surgían las ciudades de Sodoma y Gomorra; desde Palestina hasta Edessa, en la actual Turquía, donde queda escondida hasta el año 540, tiempo del rey Cosroe I.

Después de haberla encontrado de nuevo en un pequeño hueco en las murallas de la ciudad, más tarde, pasa a Constantinopla.

[J. Kilmon, en loc. cit., se refiere a que la cara del Hombre de la Sábana y sus rasgos únicos han sido pintados en la iconografía fechada en esos siglos. La superposición de la cara de la Sábana con un icono del siglo VI del monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, muestra 170 puntos de congruencia. También aparecen varios detalles semejantes en una ilustración de Jesús envuelto en la Sábana encontrada en un libro de oraciones de 1192, en Budapest, que demuestran que tuvo como modelo la Sábana Santa].

A primeros del siglo XII, atraviesa el estrecho brazo de mar que enlaza Grecia e Italia, hasta llegar a Marsella, en la Francia confinante con los Alpes Italianos. En las memorias del arzobispo de Troyes, Pierre d’Arcis, escrito hacia el final del siglo XIV, relata la presencia de la Sábana en Lirey, en Borgoña, siendo el primer documento escrito proviniente de Occidente. Encontramos así el eslabón que faltaba, mediante el cual la vida sumergida de la Sábana Santa en Oriente se enlaza con Occidente. Resumiendo, el trayecto se ha desarrollado tocando estas etapas fundamentales: Jerusalén, Edessa, Constantinopla, Atenas, un salto imprecisado de Atenas hasta superar los Alpes, Lirey, Chambéry y por último Turín.

Polen

Recordemos, por último, los estudios de polinología realizados por Max Frei sobre la Sábana Santa, altamente favorables a la autenticidad de la misma.

[J. Kilmon, en loc. cit., ateniéndose a las investigaciones aludidas, asegura que la Sábana contiene polen de 58 especies de plantas, 17 europeas y la mayoría indígenas, algunas exclusivamente, de las zonas del Mar Muerto y Turquía].

Carbono 14

La fecha de origen de la Sábana se ha investigado también estudiando la radiación del carbono 14 o C-14 que en ella se contiene. El C-14 es un isótopo del carbono normal o C-12.

[Esto quiere decir que es un elemento con las mismas propiedades químicas del carbono, pero de diferentes propiedades nucleares, ya que tiene el mismo número de protones y de electrones, pero dos neutrones más, lo que le confiere un mayor peso atómico. Se forma en las capas altas de la atmósfera con neutrones libres que entran en contacto con el nitrógeno de la misma. Oxidándose con el oxígeno da lugar al anhídrido carbónico, CO2 radioactivo, el cual entra en el círculo de la normal fotosíntesis de la clorofila, viniendo a formar parte de las sustancias orgánicas que constituyen la materia viviente de animales y plantas. Mientras un organismo está vivo, existe un recambio continuo de CO2 entre el organismo mismo y la atmósfera. A su muerte, el recambio se para y desde ese momento en los restos del organismo el nivel del C-14 empieza a disminuir al decaer la radioactividad. Se puede demostrar que si ahora tenemos x gramos de C-14, dentro de 5.650 años nos quedarán x/2 y pasados otros 5.650 años nos quedarán x/4 y así sucesivamente].

De este modo es posible saber, al menos en teoría, la edad de los restos de organismos confrontando su actividad en carbono 14 con la de los organismos actualmente vivos.

Con estas premisas, hay que precisar que son numerosos los errores que pueden producirse, por varias causas, en la aplicación del método. Algunos de ellos derivan de las alteraciones del nivel actual del carbono 14 debido a factores antropo-geoquímicos. Otros derivan de la contaminación, de variada naturaleza, a la que pueden estar sometidos los materiales a fechar. Otros pueden depender de los instrumentos y métodos utilizados en la investigación.

En cuanto a la triple categoría de causas que pueden alterar el resultado de los experimentos, he aquí un cierto número de casos en los que se ha demostrado que el resultado de la datación con C-14 era erróneo: una antigua momia encontrada en 1984 dio sucesivamente tres fechas distintas: 300, 100 y 400 años d.C.; cáscaras de caracoles vivos resultaban tener una antigüedad de 26.000 años; a la momia conocida como de Manchester se le atribuyó una edad anterior a las vendas de 800-1.000 años; una foca marina, recién muerta resultó muerta en 1700; la piel de un mamut de hace unos 26.000 años, resultó fechada por el C-14 con solo 5.600 años; algunas hojas de árbol arrancadas en el momento, resultaron tener al menos 400 años, mientras que un mantel de unos cincuenta años se consideró como hecho a mano hace 350 años.

El 21 de abril de 1988 se extrajo un fragmento del sagrado lino –8’1 x 1’6 cm.–, repartido después en tres fragmentos que se enviaron a otros tantos laboratorios de datación con el método del carbono 14: Tucson, Oxford y Zurich. Sus trabajos se desarrollaron en absoluto silencio, hasta que en conferencia de prensa, el 14 de octubre, los tres responsables de los citados laboratorios dieron al mundo una noticia que para los creyentes pareció increíble. El carbono 14 trasladaba la fecha de la Sábana, que hasta ahora se consideraba de la época de Cristo, a la Edad Media, entre los años 1260 y 1390, deduciéndose, en consecuencia, que era una falsificación. Quienes rechazan la autenticidad de la Sábana ven en estos resultados de su datación con C-14 la prueba definitiva para sus afirmaciones. Para D. Sox, que fue secretario de la British Society for the Turin Shroud y posteriormente se manifestó en contra de la autenticidad de la Sábana, «Dios no actúa de este modo», por lo que la historia de la Sábana no es más que un invento ridículo de los sindonólogos (D. Sox, The Shroud unmasked, The Lamp Press 1988. Cfr. también O. Petrosillo y E. Marinelli, La Sindone. Un enigma alla prova della scienza, Rizzoli, Milano 1990, 65 y 101).

Recordamos las palabras de Alberto di Giglio, en relación a las impresiones que tal anuncio, dado en el nombre de la ciencia, determinó en el mundo católico: «desconcierto, confusión, rabia».

Confieso que también yo tuve un sentimiento de amargura, que duró solo un instante, desapareciendo cuando me pregunté a mí mismo: «ahora bien, ¿los laboratorios habrán descontado la cantidad de carbono que la Sábana ha debido ir absorbiendo indudablemente a lo largo de los 19 siglos transcurridos, carbono procedente de las velas, de la respiración de los fieles...?»

Por otra parte, la elección como método de análisis del método del acelerador en lugar del método del cálculo proporcional pareció enseguida a muchos expertos el menos indicado para muestras pequeñas como las analizadas de la Sábana, porque en cada uno de los pasos de este método existe la posibilidad de que se añada carbono a la muestra, alterando consiguientemente su datación. Habría que esperar, pues, a que la ciencia perfeccione el método del carbono radioactivo y sobre todo encuentre el modo de aislar el carbono correspondiente a la edad de la Sábana del añadido a ella posteriormente.

[Tomamos de las explicaciones resumidas por el Centro Español de Sindonología en loc. cit. algunos datos sobre el estado actual de la cuestión de la datación con C-14 de la Sábana. Frente a quienes dieron la cuestión por terminada con las tres pruebas realizadas en 1988, otros muchos investigadores siguieron preguntándose por la razón de la discordancia entre ese dato y todos los demás resultados científicos anteriormente explicados. Con sus investigaciones se ha avanzado mucho en la explicación de las causas que pueden haber distorsionado la edad de la Sábana según el método de datación por carbono 14, e incluso del modo en que pudo haberse formado la imagen de la Sábana:

–El doctor Garza Valdés, investigador del Instituto de Microbiología de San Antonio en Texas, ha comprobado también experimentalmente que sobre la tela de la Sábana –igual que sucede en otros objetos que contienen sangre– abunda un compuesto biológico formado por hongos y bacterias, que no fue eliminado con los tratamientos de limpieza a que fueron sometidas las muestras analizadas con el método del carbono-14.

–El doctor D. Kouznetsov, premio Lenin de Ciencias y Director del Laboratorio de investigación de biopolímeros E. A. Sedov, de Moscú, ha realizado un experimento que puede tener una enorme trascendencia. Adquirió una tela de lino originaria de Israel, datada según el C-14 en el año 200, y la sometió a un calor intenso, en presencia de plata, similar al padecido por la Sábana durante el incendio de Chambéry, después de lo cual fue datada trece siglos más tarde.

–J-B. Rinaudo –investigador en medicina nuclear del laboratorio de Biofísica de la Facultad de Medicina de Montpellier–, ha aportado su experiencia para formular una hipótesis que explicaría al mismo tiempo cómo se formó la imagen monocroma que nadie ha logrado hasta hoy explicar ni reproducir, y por qué ante el carbono 14 la tela fue rejuvenecida en 13 siglos. En resumen, él parte de suponer que se produjo en el cuerpo muerto del crucificado una irradiación de energía desconocida, con un número igual de neutrones y de protones. La irradiación de los protones produciría una quemadura superficial, oscureciendo la tela por oxidación de la celulosa, mientras que los neutrones enriquecerían la tela en carbono 14 y la rejuvenecerían. Realizados los experimentos correspondientes en un acelerador de partículas del Centro de Estudios Nucleares de Grenoble y en el reactor de la Central de Energía Atómica de Soclay, la hipótesis del doctor Rinaudo se ha verificado exactamente].

Fundamentados en tantas pruebas científicas coincidentes, podemos, pues, considerar ciertamente la Sábana Santa como una reliquia, como un icono de Cristo, como un puente ideal y al mismo tiempo real entre nuestra época y la de Jesús. Debemos atender a la expresión salida de sus labios: «Si no queréis creerme mí, creed al menos a mis obras» (Jn 10, 38).

La infinita sabiduría, poder y providencia de Dios encarnado ha demostrado repetidamente que está presente en la ideación y génesis de la imagen de la Sábana, en su conservación y en la presencia en ella de tantos sellos que garantizan su autenticidad. La Sábana ha demostrado ampliamente que es una de las maravillosas obras de Dios, que nos confía en ella un mensaje para que lo transmitamos a los hombres, especialmente a los actuales.


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