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Introducción
Introducción

Dado que los demás expositores de este Encuentro, se han ocupado ya y se ocuparán luego, del liberalismo; tanto como doctrina, cuanto de sus antecedentes históricos y filosóficos y también de sus actuales consecuencias, yo me ceñiré a tratar en mi exposición, no tanto del sujeto de esta proposición “el liberalismo”, sino del predicado: “es pecado”.

Y, respecto de este predicado, me permitiré precisar un poco más esta determinación del sujeto “el liberalismo”, modificando el predicado “es pecado” y afirmando, - demostración mediante -, que el liberalismo no es simplemente pecado, es decir, un pecado, sino el pecado. Pues, cuando decimos es pecado, podríamos entender que se trata de un pecado más entre otros mientras que yo afirmo que es el pecado por excelencia, raíz, suma y cima de todos los pecados, que Nuestro Señor Jesucristo llamó: la iniquidad.

Creo que con la precisión que introduzco, interpreto la intención última del Padre Félix Sardá i Salvany, que así tituló su obra: “El liberalismo es pecado”.

La tesis que expondré

Al explicitar que “El liberalismo es El pecado”, el pecado por excelencia, pretendo avanzar un paso más en la comprensión de qué tipo de pecado se trata y por qué el liberalismo lo es en forma plena y llana.
La tesis que voy a exponer, pues, es que: El liberalismo es el pecado, porque el liberalismo es la iniquidad: es el pecado contra el Espíritu Santo, es el rechazo del Hijo y la Rebelión contra el Padre.

El título y el tema de mi exposición, ahonda en el significado, o sea en el sentido en que debemos entender que el liberalismo es pecado. Es el pecado directo contra Cristo y el Padre. Es, por eso, el pecado contra el Espíritu Santo. Y a este pecado, como veremos, se le llama, en el Nuevo Testamento, La iniquidad.

En efecto, afirmo que el liberalismo no solamente es pecado, - un pecado-, sino que es el pecado, el pecado del Diablo, del que se dice en el libro de la Sabiduría que “por envidia, es decir: por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen” , cuando, se rebelan contra Dios, como el Diablo y, asociándose en un mismo “no serviré” aspiran a colocarse en el lugar de Dios.
Éste es el pecado, suma, suprema iniquidad cuya plena manifestación está reservada al fin de los tiempos y a la que San Pablo llama “El misterio de la iniquidad” (Mysterium iniquitatis) .

Toda mi exposición tiende a mostrar al liberalismo como manifestación del misterio de la iniquidad que san Pablo denuncia como actuando ya ocultamente en sus tiempos.
Y, aunque volveremos sobre ello, conviene adelantar que la iniquidad, consiste, según el Nuevo Testamento, en el rechazo de Jesucristo y de la revelación de Dios Padre, como vida y salvación del hombre. La iniquidad es la oposición del espíritu impuro al Espíritu Santo y, por eso, es el pecado directo contra el Espíritu Santo.
Este rechazo, puede ser explícito como el de los judíos y de otros que niegan validez a la revelación histórica cristiana, o implícito, como el de los ateos prácticos y los indiferentes, o de los que no se oponen a la verdad sino que simplemente la relegan distraídamente al terreno de los implícitos, que es muchas veces el terreno de lo que se considera innecesario explicitar, y a veces incluso inconveniente hacerlo.

Un ejemplo reciente:
Y pongo un ejemplo reciente para explicar a qué tipo de silencios, omisiones o bien olvidos, me refiero.
El Papa Benedicto XVI – así tengo entendido - introdujo una pequeña modificación en la letra del Tema de la Vª Conferencia del Episcopado en América Latina y el Caribe. El Tema que le presentaban era: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos tengan vida”.
El Papa agregó apenas un “en Él”: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”
Con este pequeñísimo agregado de dos partículas: en Él, el Papa explicitó algo fundamental, esencial. Algo que, de haber quedado implícito, habría podido cobijar un funesto equívoco en la comprensión de la expresión “tengan vida”.
Tener vida en Él, quiere decir tener la vida plena de Hijos, que Jesucristo viene a anunciar. La meta de la misión de los discípulos queda definida explícitamente por su finalidad: “para que tengan vida en Él”.
Con este agregado a la letra, que inspiradamente introdujo el Vicario de Cristo, no solamente el Tema de la Conferencia, sino la Conferencia misma, quedó vacunada contra la reducción gramsciana de la idea de vida del hombre, que la limita al existir puramente terreno. Una reducción inmanentista que tiene su raíz en el racionalismo, el naturalismo y el liberalismo, y culmina en el materialismo marxista.

Me daría por feliz y contento, si al final de mi exposición pudiera comprenderse la naturaleza del pecado del liberalismo, y comprender así mejor la naturaleza del peligro que conjuró el Papa, recordando a los pastores y fieles de la Iglesia católica en estas regiones de América Latina y el Caribe, que la meta de su tarea misionera y evangelizadora es procurar que estos pueblos tengan vida en Cristo mediante el anuncio del Padre. Es decir aquella vida, vida eterna, vida católica, que solamente se puede tener en Él. Aquella vida que consiste en entrar en comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo por obra del Espíritu Santo.

Notemos cómo en el fondo de la imprecisión, en el fondo de la vaguedad, en la raíz de la distracción que hubiera permitido implicitar algo esencial al evangelio; en la implicitación de que se trata de vivir en Cristo, como Hijos del Padre celestial, se dejaba lugar para que se agazapara, - en una omisión que sirve al silenciamiento, porque no lo disipa -, se dejaba lugar para que se agazapara, - decimos -, la infición liberal, que separa la vida del hombre de su vida en Dios. Una visión naturalista, para la cual, el último horizonte de la vida del hombre es la calidad de vida.

El silencio acerca de lo esencial sería particularmente dañoso si proviniese de un olvido de lo esencial y sería demoníaco si proviniese de una aversión acediosa a lo esencial.
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