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Autor: | Editorial:



La rebelión contra el Padre
La rebelión contra el Padre

He querido subtitular esta exposición: “La Rebelión contra el Padre”.
La cita de San Juan que aduje antes, nos enseña que, en último término, el pecado, la iniquidad, consiste en el rechazo de Dios Padre, en la rebelión contra un Dios Padre. Un rechazo y rebelión que se manifiesta en el rechazo del Hijo, enviado por Dios Padre, y de aquéllos discípulos a quienes el Hijo envía. No se quiere al Hijo porque se rechaza al Padre, y se rechaza al Padre, porque no se quiere estar sujeto al Padre por la obediencia filial.

El rechazo de la obediencia y de la sujeción al gobierno de la vida humana por Dios, no lo olvidemos, es de antiguo abolengo bíblico. Recordemos al pueblo de Israel queriéndose sustraer de la guía de Moisés , o reclamando a Samuel que les diera un rey como el de los pueblos vecinos. Dios interpreta este pedido de un rey como un intento de secularización de la vida política, una especie de temprano sarampión liberal: “No te han rechazado a ti – le explica a Samuel – me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” . Y, efectivamente, la monarquía será una historia de infidelidades del pueblo elegido a su Alianza con Dios, encabezado en la apostasía por los reyes que ellos quisieron darse como guías.

Pasando al Nuevo Testamento recordemos la parábola de los viñadores homicidas, que matan al hijo para desposeer al dueño de la viña y apoderarse de ella.
Recordemos algunos de los dichos de Jesús: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado” . E inversamente: “Quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al [Padre] que me ha enviado” .
El rechazo de Dios en el Antiguo Testamento continúa en forma de rechazo de Dios Padre en el Nuevo.

Las herejías de cuño liberal

El liberalismo produjo, dentro del mundo cristiano, sin excluir al mundo católico, formas de liberalismo religioso. Este liberalismo religioso, fustigado en su momento por el Cardenal John Henry Newman, produjo desviaciones y herejías teológicas que implican el rechazo del Dios-Padre y que padecemos aún hoy.
Una de ellas fue el así llamado deísmo, que acepta a un Dios creador, Supremo Arquitecto, pero que una vez construida la casa, la deja en manos de sus habitantes y ya no mantiene con ellos ninguna relación de comunión o cercanía. El deísmo fue un rechazo naturalista, racionalista, de Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un rechazo del Dios de la revelación cristiana, afirmando a un Dios creador pero no comunional e incomunicado.
El Cardenal Pie diagnosticó sagazmente que este rechazo de la comunión con un Dios que invita a ella “no es, en última instancia, sino el miedo que produce el vértigo de las alturas a que Dios nos ha llamado” .
Miedo a la vinculación, que invadirá luego todas las dimensiones de la vida humana, produciendo el individualismo liberal, la dialéctica del amo y el esclavo en sustitución de la fraternidad cristiana, la lucha de clases, y por fin la dictadura de los envidiosos que impondrá el odio al mejor y la tiranía del igualitarismo con el nombre de democracia.

Del Jesús sin Padre al Jesús contra el Padre

Otro resultado del liberalismo religioso ha sido la reducción jesuánica de la figura de Cristo, al estilo de la propugnada por David Friedrich Strauss, que hemos citado más arriba.
Este jesuanismo consiste en presentar a un Jesús histórico separado del Cristo de la fe, y sin referencia al Padre, como horizonte último del anuncio evangélico.
En el discurso teológico y pastoral que de allí dimana, el Padre queda relegado al silencio de los supuestos que solamente se explicitan a pedido.
De ese jesuanismo contemporáneo ha dicho el Padre dominico Le Guillou que: “Sitúa […] a Cristo no con el Padre, sino en lugar del Padre. De ese modo se ve diseñar vagamente una especie de cristicismo o de jesusismo (dejando en silencio generalmente el nombre del Padre) que trata de hacerse pasar por el verdadero cristianismo” .
Como dice San Pablo: “¿cómo invocarán a aquél [en este caso al Padre] en quien no han creído? ¿cómo creerán en aquél [el Padre] a quien no han oído? ¿Cómo oirán si no se les anuncia?” . Lo que no se predica no se cree. Y si el Padre queda implícito, va cayendo fuera de la conciencia del predicador y de los creyentes.
Este hecho lo ha señalado Monseñor Paul Josef Cordes en su obra: “El Eclipse del Padre” en estos términos: “Cuando se pregunta a grandes teólogos contemporáneos de ambas confesiones (protestantes y católicos) por el Padre de Jesucristo, se obtiene una perspectiva sorprendente: los investigadores piensan más frecuentemente y más expresamente en ‘Dios’ que en el ‘Padre eterno’; si se hace una estadística sobre las veces que en la relación Padre-Hijo utilizan en sus investigaciones la palabra ‘Padre’, ésta queda desconsoladamente relegada” .
¿A qué se debe esto? a que la infección liberal contagia el sentido común de una cultura y termina refluyendo sobre los creyentes y afectándolos, sin excluir a los predicadores. Sucede así que, glosando a San Pablo, podría decirse de la incapacidad del predicador liberal para anunciar al Padre: ¿cómo predicarán si no creen?

El jesuanismo, o cristicismo pastoral, es frecuente en la propuesta de las sectas y comunidades protestantes. Pensemos en lo que se oye predicar en algunas carpas y audiciones radiales de predicadores protestantes, donde todo se queda en el anuncio de Cristo tu salvador personal, sin referencia al Padre ni a la entrada en comunión con Él, como punto de llegada de la salvación que se anuncia.
Pero el mismo mal se ha venido extendiendo y penetrando también en el sentido común de los católicos, sacerdotes y teólogos incluidos. Los remito a su experiencia propia como oyentes de la predicación habitual en nuestros templos.

Personalmente, me ha llamado la atención en el Mensaje final de la Conferencia de Aparecida, - nótese bien que no me refiero al estupendo Documento final de la Conferencia, sino al Mensaje final, de alguna manera provisorio, redactado por una Comisión ad hoc – me ha llamado la atención, digo, que, en ese Mensaje, a diferencia del posterior Documento, el Padre ha quedado relegado a la región de los implícitos en toda la primera parte, la doctrinal-kerygmática, en la que se habla de Jesús (10x) o Señor Jesús (1x) o Jesucristo (4x). En el Mensaje se nombra al Padre solamente tres veces. Nunca se lo nombra en la primera parte donde se presenta a Jesucristo, sino recién después de pasado el momento doctrinal-kerygmático, en un contexto parenético, en los números cuarto y quinto. De modo que Jesucristo es presentado sin referencia explícita a su Padre, y predominantemente como Jesús.

El contraste con el discurso inaugural de Benedicto XVI, es llamativo. Porque allí Benedicto XVI nos anuncia reiterada y explícitamente al Padre como la meta del proceso evangelizador al que convoca la Conferencia de Aparecida y se refleja, efectivamente, en el Documento final.
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