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El pecado es la iniquidad
El pecado es la iniquidad

El liberalismo es, pues, una manifestación histórica del espíritu del Anticristo que prepara, incoándolo en la historia, el reinado final del Anticristo. “Misterio de la iniquidad” cuya irrupción en los últimos tiempos profetiza san Pablo en un texto sobre el que volveré en su momento (2ª Tes 2,7).

Pero antes de hablar del misterio de la iniquidad paulino, volvamos a ocuparnos de la Anomía exponiendo cuál es su esencia según la expone la Sagrada Escritura. Y comencemos por la Primera Carta de San Juan.

Afirma el Apóstol San Juan en su primera Carta: “El pecado es la iniquidad” . Nos conviene atender y tener en cuenta el contexto en que se engarza esta afirmación:

“1 Ved qué [gran] amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados [por Él] hijos de Dios, y ¡ya lo estamos siendo! Por esto el mundo no nos está reconociendo [nos está ignorando] a nosotros porque no le [re-] conoció a él [lo ignoró a él].
2 Carísimos, desde ahora estamos siendo hijos de Dios, aunque todavía no se ha revelado lo que seremos. Sabemos que, cuando se revele, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.
3 Y todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como Él (Jesús) es puro .
4 Todo el que comete el pecado (ten hamartían) comete también la iniquidad, (ten anomían) y el pecado (ten hamartían) es la iniquidad (ten anomían) .
5 Y sabéis que Aquél se reveló para quitar los pecados y en él no hay pecado.
6 Todo el que permanece en él, no anda pecando . Pero todo [el que es] pecador no le ha visto ni le ha conocido.
7 Hijitos, que nadie os engañe (planáto). Quien practica la justicia es justo, como él es justo.
8 Quien comete el pecado ése es del Diablo, porque el Diablo peca desde el principio. Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo.
9 Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque la simiente de Dios esté en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios.
10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”. (1ª Juan 3, 1-10)

En este denso pasaje, Juan opone a los hijos de Dios y los hijos del Diablo. Dos generaciones, en el sentido de dos progenies o razas humanas. En toda la carta enseña a discernir quiénes pertenecen a la una o a la otra.

Discernimiento necesario y arduo por dos motivos. El primero es que aún no se ha manifestado lo que serán los hijos de Dios. El segundo es que, siendo la raza de víboras, o la generación de la serpiente, o los hijos del Diablo, - todo es lo mismo - descendencia del Mentiroso desde el principio, ellos ¡Mienten! ¡De pensamiento, palabra y con la vida! Son hipócritas consumados que se hacen pasar por hijos de Dios. Más aún, se arrogan el ser los verdaderos hijos de Dios y acusan y condenan a los verdaderos. Y sus mentiras son como el ensordecedor canto de las ranas del pantano. Son el clamor del pantano.

La Iniquidad o anomía

Vamos a extendernos más en la interpretación del sentido de la anomía o iniquidad en las Sagradas Escrituras a través de sus textos. Porque la comprensión de su naturaleza, revelada en las Escrituras, nos permitirá entender lo que es el pecado del mundo, que vino a quitar Jesucristo. Y de ese modo, entender cómo y por qué el liberalismo es la iniquidad, tanto en sus formas radicales, jacobinas, anticlericales rabiosas y desenmascaradas, como en las formas que han sido llamadas secundarias, parciales o mitigadas, pero que son en el fondo formas hipócritas, suaves solamente en apariencia.

Tomada etimológicamente, la palabra griega anomía, [de á-nomos] significa literalmente falta de ley, negación de ley, sin ley.
Lo que la Vulgata tradujo por iniquidad, vendría a significar la falta de ley, la negación de la Ley. Y en este sentido, anomía sería un calificativo adecuado al liberalismo con toda justicia y verdad, puesto que éste se desvincula de la ley divina y de toda ley exterior al individuo, haciendo, de la voluntad de cada individuo, ley para sí mismo. Así se lo hemos oído decir a Kant en su manifiesto de la liberación de la moral.
Por este relativismo moral, el liberalismo redivivo ha dado lugar en nuestros días, entre otros errores, por ejemplo, a lo que en teología moral se conoce como “moral de situación”.
Contra el relativismo moral moderno, engendrado por el liberalismo, ha tenido que luchar Juan Pablo II. Entre muchas de sus intervenciones le dedicó una, severa y memorable, en su encíclica Veritatis Splendor, en la que defiende la objetividad de la ley natural y del mal moral, contra el relativismo y el subjetivismo moral. Si, como le hemos oído decir a Kant, el hombre no necesita que venga Dios a decirle lo que es bueno, porque él tiene la ciencia del bien y del mal… entonces…
Benedicto XVI no cesa de señalar, refutar y combatir sin cuartel, el relativismo moral, que invade hoy cátedras y parlamentos, como a una de las bestias negras del mundo actual, de cuya infición no está libre la academia moral católica.

Sería pues exacto decir que el liberalismo es pecado debido a aquélla iniquidad, aquella anomía, consistente en sacudirse, más o menos artera y mañosamente, la sujeción a toda ley, y principalmente la ley de Dios, negando todo límite a la autodeterminación de la voluntad del individuo, o de la sociedad.

Si lo entendemos según el pensamiento de Mircea Eliade, diríamos que la anomía es prescindir de la ejemplaridad divina en la configuración de la vida humana.

Cuando San Juan afirma, que: “El pecado es la iniquidad” su afirmación tiene un sentido específico muy particular que, sin negar la oposición a la ley que la palabra anomía expresa generalmente en griego, la predica en especial de la negación de Jesús, que no ha venido “a abolir la ley sino a darle cumplimiento”.
Considerando esta perspectiva cristiana, es obvio afirmar que quien rechaza a Aquél que lleva la ley a su cumplimiento, rechaza la plenitud de la ley. Quien ignora, desconoce o prescinde de Aquél que lleva a su cumplimiento y perfección la ley, comete la anomía total, última y extrema. Incurre en la máxima iniquidad, en el Pecado más radical y perverso. Y por lo tanto el más funesto y mortal para sí mismo y para la humanidad.


La anomía según san Juan consiste, pues, en el rechazo de Jesucristo, revelador, hijo obediente que vive y pone por obra la voluntad del Padre. Jesucristo, el Hijo, Plenitud de la Ley, que revela plenamente, mediante su comportamiento filial, cuál es la voluntad del Padre: “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna” (Juan 6, 40).
Quien no cree en el Hijo, quien lo ignora o lo desconoce, ignora y desconoce la voluntad del Padre y comete la anomía, se rebela contra la voluntad del Padre, excluyéndose a sí mismo de la vida eterna por negarse a cumplir la justicia filial.

En resumen: para san Juan el pecado es: la anomía, la iniquidad, Y la iniquidad es la incredulidad, la negativa a creer en Cristo. Es la negación del Hijo y del Padre, el rechazo del único camino para ingresar en la comunión de vida con ellos.
Negarse a creer es negarse a ingresar y a participar en el Nosotros divino humano. Por lo tanto es el rechazo de entrar en la comunión, o peor aún, es la apostasía, el abandono de la comunión en la que se había ingresado, o en la que vivieron los antepasados.

La iniquidad, es principalmente la apostasía. Que suele hacerse visible cuando el rechazo de la comunión eclesial, la desvinculación a la pertenencia eclesial, se pone de manifiesto públicamente como un apartarse de los hermanos, a los que, previamente se ha enjuiciado, acusado y condenado.
En este apartarse del amor a los hermanos de la Iglesia se pone de manifiesto que se ama más al mundo que al Padre, más a las propias pasiones y al mundo que a Dios como Padre.
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