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Católicos liberales
Católicos liberales

La parábola de la cizaña puede ayudarnos a tomar posición frente al fenómeno del liberalismo religioso.

Es bastante obvio que el liberalismo, y más en su versión religiosa, ha escandalizado a muchos. Es decir, ha hecho tropezar a muchos cristianos. Ha inducido a confusión. Ha sido causa de extravío para muchos católicos, sin excluir clérigos ni obispos, desviándolos por los caminos del catolicismo liberal.

Y es también obvio que esto ha sucedido especialmente con los cristianos más sensibles a los halagos del mundo y más temerosos de sus condenaciones o persecuciones.
El Padre Félix Sardá i Salvany, observa cómo la iniquidad liberal instalada en la mente de sacerdotes y obispos se convierte en motivo de escándalo, es decir de tropiezo, de los fieles que, por ese motivo, terminan por encontrar aceptables las opiniones liberales.

A los fieles que se espantan de que algo así pueda suceder, les dice:
“Sí, amigo lector, sí, puede haber también, por desdicha, ministros de la Iglesia liberales, y los hay de esta secta fieros, y los hay mansos, y los hay únicamente resabiados. Exactamente como entre los seglares. No está exento el ministro de Dios de pagar tributo a las humanas flaquezas […] ¿Y qué tiene esto de particular, cuando no ha habido apenas herejía alguna en la Iglesia de Dios, que no haya sido elevada o propagada por algún clérigo?” .

A aquellos hombres de Iglesia que han sucumbido al contagio liberal le son aplicables las palabras de Jesús: “vosotros por de fuera parecéis justos a los hombres, mas de dentro estáis repletos de hipocresía y de anomía” .
La gravedad de la hipocresía, lo que la convierte en anomía, en iniquidad, es precisamente el impedir a los hombres entrar por el camino filial y llegar al Padre: “¡Ay de vosotros, porque cerráis [el acceso] al Reino de los cielos delante de los hombres, y ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están por entrar!” (Mateo 23, 13).
Puesto que el Reino de los cielos no es otra cosa que la condición filial por la que se accede a la comunión con el Padre en calidad de hijos, la hipocresía es iniquidad, porque aparta de la fe en Cristo y por lo tanto del ingreso a la comunión con el gran Nosotros divino – Humano. Y la iniquidad es escándalo, porque hace tropezar y caer en el camino al Padre, que es el seguimiento de Cristo.
A esos adalides de la oposición a Él, en todos los tiempos, Jesucristo los considera y los llama hijos de Satanás, Raza de víboras, generación perversa. “Serpientes, raza de víboras, ¿cómo vais a escapar al juicio de la Gehenna?” .

Volvemos a encontrarnos aquí la misma oposición que vimos antes en el texto de la primera Carta de San Juan, entre los hijos de Dios, puros como el Cordero, y los hijos de Satanás opuestos al Hijo y autores de la anomía, que es el Pecado.

La Iniquidad según san Pablo

La enseñanza de San Pablo sobre la iniquidad prolonga la doctrina que se desprende de los textos de San Mateo y de San Juan. El pasaje más significativo que contiene esa enseñanza dice:
“1 Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos,
2 que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.
3 Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre del pecado [anthrôpos tês hamartías], el Hijo de perdición [ho huios tês apôléias],
4 el Adversario [ho antikéimenos] el que se levanta [ho huperairómenos] sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto [la religión], hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios.
5 ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?
6 Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno.
7 Porque el misterio de la iniquidad [mysteríon tês anomías] ya está operando [êdê energéitai]. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene,
8 entonces se manifestará el Impío [ho ánomos], a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida. 9 La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos,
10 y todo tipo de seducción de injusticia [apatê adikías] en daño de los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado.
11 Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira,
12 para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la injusticia [tê adikía] .
13 Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad” .

El Misterio de la Iniquidad - mysterion tês anomías

Estamos ya en plena predicción esjatológica, en plena doctrina apocalíptica. Y por eso podemos vincular al liberalismo con aquella iniquidad esjatológica que, invocando los misterios cristianos se opone a ellos y sin embargo los parasita, obrando prodigios en su nombre. Prodigios de eficacia, por ejemplo, que se atribuyen a sí mismos para recomendarse, aumentar su prestigio y engañar a los elegidos con su hipocresía.

Romano Guardini: el fraude y doblez de la Modernidad

Romano Guardini ha sabido describir la perplejidad del cristiano frente a la Edad Moderna en estos términos que muestran sus rasgos comunes con el misterio de la iniquidad:
“El recuerdo [que tuvo el cristiano] de la rebelión de la Edad Moderna contra Dios fue demasiado vivo; su forma de poner todas las esferas de la actividad cultural en contradicción con la fe y a ésta misma en una situación de inferioridad, fue excesivamente sospechosa. Además, se produjo aquello que hemos llamado el fraude [la hipocresía] de la Edad Moderna, aquella doblez, que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de ese orden y de esa doctrina. Esto hizo que el cristiano se sintiera inseguro en sus relaciones con la Edad Moderna: por todas partes encontraba en ellas ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, pero que, sin embargo, eran presentados como pertenecientes al patrimonio común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio cristiano, que, sin embargo se volvían contra él” .

Es un hecho digno de ser reflexionado ulteriormente. A mí se me ocurre repensarlo a la luz de las observaciones de Mircea Eliade. Si pensamos en la situación del cristiano en un medio liberal, y donde también existe un liberalismo religioso ¿qué le sucede a ese cristiano cuando vive en un mundo que él no puede configurar religiosamente de acuerdo a sus arquetipos divinos, sino que le es impuesto construido por otros según las configuraciones anárquicas del hombre irreligioso? ¿No se sentirá tentado de conciliar lo inconciliable, la configuración del mundo irreligioso con los arquetipos religiosos de su fe? ¿No ingresará así en un estado de confusión? ¿No podrá escindirse en él la fe religiosa por un lado y un sentido común liberal o secularizado por el otro?
Es un asunto para pensar. Pero vengamos ya al pensamiento del Padre Leonardo Castellani, con el que voy a dar por finalizada esta exposición.
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